¿Qué harías tú si fueras yo?

Nos encontramos un domingo como a seis de la mañana en los torniquetes de la estación del metro de Capitolio. Ese solía ser nuestro punto de partida para grandes aventuras. Sin embargo, ese día solo íbamos a tomar un carrito por puesto hasta La Guaira.

Era la primera vez que íbamos juntas y por esa vía a la playa. Agarramos la primera camionetica que se apareció, sin conocer muy bien su destino. De repente, estábamos entre un montón de tipos, empanadas de carne mechada y anís a temperatura ambiente.

Recuerdo que había un imprevisto en la autopista y el chófer, con todo su ímpetu de fin de semana, decidió agarrar la carretera vieja. En algún punto, creo que tuvimos miedo. No lo dijimos pero estoy segura que nos emanaba por cada poro.

Quizá por eso íbamos hablando de todo y de nada para hacer más corto el camino.  Actuar “tipo normal” era nuestra receta infalible para cuando nos sentíamos en apuros. Apenas divisamos un paisaje medianamente azul le dije «aquí mismo es marica, bájate».

Enseguida el peluche me frenó, «mami, la primera siempre es el meadero público». «No importa, mi rey, a nosotras nos encanta el agua tibia». En efecto, la playa no era la más bonita que han visto mis ojos, pero con 18 ó 19 años aquello que puede importar.

De hecho, a pesar de ser blancas como la leche, ni siquiera alquilamos un toldo. Aplicamos la filosofía del pollo en brasa: “vuelta y vuelta» bajo el sol del mediodía. Yo sin protector solar y mi amiga con un aceite de canela que la hacía lucir como la amante de Lucifer.

Al poco rato de haber llegado, hizo acto de presencia «el parchitero». Un carajo que vendía unas guarapas de parchita que parecían endulzadas con brujería. El sabor era realmente adictivo y de vaso en vaso se esfumaron los pocos bolívares que teníamos para el almuerzo.

El alcohol le venía bien a mi despecho. A esas alturas, ya yo era oficialmente la caraja que “no pega una” con los tipos. Mi amiga, en cambio, tenía el novio más perfecto del mundo. El tipo había estudiado medicina, siempre andaba con su bata de lo más pulcra, era responsable y buenmozo, el típico chamo que cualquier mamá adoraría.

A veces, me parecía demasiado serio para una amiga tan hippie y amante del reggae como Andreina, pero de tanto vivir al borde de los abismos amorosos, yo empezaba a creer que los equilibrios son necesarios para que las vainas perduren. Además, ella era feliz.

Tras algunos tragos, mi amiga intentó decirme algo pero era obvio que no sabía cómo hacerlo. Los hombres suelen creer que las mujeres nos contamos todo con pelos y señales, pero no siempre es así, menos cuando se trata de nuestra vida íntima.

De hecho, nos cuesta demasiado exponer algo que consideramos privado. Tal vez por esa razón, solemos atravesar, en profunda soledad, algunas etapas de frustración que son producto de un montón de concepciones falsas en torno al amor o la sexualidad.

Al cabo de un rato, rompí las cavilaciones: ¿qué pasa con el tipo? Casi entre lágrimas, en un susurro, mi amiga me dijo que el pana «lo tenía chiquito». Confieso que no supe bien cómo reaccionar. Era la primera vez en mi vida que una mujer me contaba algo así, pero aquello, sin duda, la afectaba.

En su mente, era una porquería que un tipo tan perfecto tuviese “semejante defecto”. Entonces, traje a colación la frase que alguna vez le escuché al Cazador Novato, mientras era cuestionado por salir con una mujer muy joven: “es que a mí todavía me funciona la lengua”.

Ella sonreía con tristeza y yo seguía: hermana, los estudios señalan que solo el 18,4% de las mujeres logran el orgasmo durante el coito, que si 1 de cada 5 carajas.  Además, tienes como 8.000 terminaciones nerviosas y existen decenas de innovaciones en el mercado.

Mi amiga me contó las negativas y los arrecherones de su novio ante cualquier propuesta. Yo escuchaba, en silencio, con atención, evitando cualquier expresión facial que resultará contraproducente, pero al final ella lanzó su cuestionamiento: chama, ¿qué harías tú si fueras yo?

Empecé con un discurso que apuntaba a que el problema no era de centímetros sino de actitud: “para ellos también es difícil, los hombres fueron educados para ser toros, sementales”, pero mi borrachera terminó diciéndole «ay, si su machismo no le permite ver más allá pues bórralo”.

Recuerdo vagamente que ella disertó por horas sobre si el acto sexual te conducía al amor o viceversa, cuál de los dos era más importante. Yo solo defendía que si el tipo no la escuchaba en eso probablemente no la escucharía en nada y si ella se frustraba justo en ese aspecto, difícilmente tendría confianza en sí misma en otras áreas de su vida. 

Ella lloró, quizás yo también lo hice, lloro cuando veo a alguien llorar o cada vez que bebo demasiado. Al final de la tarde, agarramos nuestro autobús para Caracas. Nos bajamos en Parque Carabobo. Su galán la estaba esperando, impoluto y bien perfumado, como siempre.

Me limite a saludar  y sonreír. Él nos miró feo por nuestro completo estado de ebriedad, me dijo que mi insolación iba a requerir atención médica hasta que mi amiga interrumpió su explicación con un contundente «vámonos, tenemos que hablar».

Yo me despedí rauda y veloz. En cada paso pensaba «no vomites», «no te desmayes», «ya este pana va a creer que lo están dejando por mi culpa». Sí, he conocido decenas de tipos que realmente consideran que una mujer los dejó por lo que una amiga dijo. Hay mil y un formas de no ver más allá.

A las horas, mi insolación necesito atención médica, pero ya mi amiga no estaba empatada con el doctor que podía ayudarme.

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