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Se casó con la chaperona

Corrían los años 50 cuando Juan, un muchacho oriundo de Pregoneros, Táchira, se abocó a amasar dinero contrabandeando bultos repletos de medicinas, cobijas y algunos muebles de Colombia hacia Venezuela a través de las altas y frías serranías que nos conectan.

Con la plata que conquistaba en sus aventuras comerciales, Juan se enfocó en pretender y enamorar a Martha, una jovencita acaudalada que habitaba La Laguna de García, un caserío enclavado en plena montaña a 2.100 metros sobre el nivel del mar.

Total, como dice la canción, “las palmas son más altas y los puercos comen de ellas”. Para lograrlo, Juan visitó durante largas temporadas a su pretendida.

En aquella época, las visitas —en la entrada o sala de la casa— eran supervisadas por una chaperona, cuya presencia buscaba impedir interacciones subidas de tono entre los enamorados.

El término derivado del francés chaperon significa “capa”, algo que debes cargar siempre encima. Por eso, si llegaban a salir, a la vigilante del amor también le tocaba pasear.

Generalmente, se trataba de alguien mayor. Pero, en el caso de Juan y Martha, la única chaperona disponible era Teresa, la hermanita menor de la prometida.

Al cabo de algunos años, nuestro protagonista se trasladó hasta aquellos aposentos a solicitar de forma oficial la mano de su amada. Pero tras reunir a la familia, y para sorpresa de todos, el hombre terminó pidiendo en matrimonio a Teresa… la chaperona.

En ese instante, Jesús le confesó a Teresa su amor a primera vista y ella le confirmó que sentía lo mismo. Al igual que Pedro y Tita De La Garza en ‘Como Agua para Chocolate”, nuestros protagonistas enfrentaban “un calor inexplicable” cada vez que se veían a los ojos.

Pero esta vez, a diferencia de la novela, los padres de la joven aceptaron la propuesta de Juan, a pesar del inmenso dolor que esto le causaba a Martha, la expretendida.

Desde entonces, Martha habló poco y de forma cortante. No era fácil para ella tropezarse con los tortolitos en su propio aposento. Con los años, consiguió un nuevo amor, pero ni esto fue suficiente para aplacar su rencor.

Por su parte, Juan y Teresa colocaron siempre su vista en el porvenir. El paso de los años les permitió ver nacer y crecer a sus 16 hijos y juntos convertirse en abuelos una y otra vez. Sin embargo, siempre fue difícil explicarles la fractura generada en la familia materna a causa de su amor. A veces toca escoger.

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