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Se casó con su hijastra

Se marcharon juntos y unos meses después, contrajeron matrimonio. Feliciano se había casado con la joven que años atrás había “adoptado”.

Mercedes, una buena amiga, se animó a compartir conmigo los detalles de su nuevo romance. Se trataba de Feliciano, un “madurito” que la llevaba loca.

En realidad, era un viejo en buenas condiciones. Escritor, amante de la ópera y hacedor de la mejor pasta carbonara que ella había probado en su vida.

Estaba divorciado, vivía solo y sus hijos tenían la edad suficiente para que su nueva relación no representara ningún drama existencial. Entonces ¿por qué esa cara? Algo no le convencía. “Es que me da mucha pena”, susurró.

De repente, su pudor se vistió de silencio. ¿Qué fue? ¿Tiene un lado oscuro? ¿Estuvo preso o es muy perverso?, le dije, riéndome.

Pero sus labios se habían sellado. No se trataba de un caso de sadomasoquismo sino de un verdadero conflicto ético-moral.

Año atrás, Feliciano inició un romance con una mujer a quien amaba con locura. Era una madre soltera, contemporánea, profesora.

Con el paso del tiempo, empezaron a vivir juntos y él terminó convirtiéndose en una suerte de “padre adoptivo” de aquella niña. Eran una familia tranquila, feliz. Los años pasaron y parecían no traer mayor novedad.

Pero una tarde —entre llanto, gritos y un montón de objetos partiéndose por los aires— aquel matrimonio llegó a su fin: Feliciano le confesó a su esposa que se había enamorado de su hija adoptiva, quien ya era mayor de edad y, además, correspondía a su sentir.

Se marcharon juntos y unos meses después, contrajeron matrimonio. Feliciano se había casado con la joven que años atrás había “adoptado”. Por si fuera poco, tendrían una hija.

Así, sin más, su primera esposa se había convertido en la abuela de una hija de su ex. Aquello poco o nada le interesaba, ella decidió romper sus vínculos con ambos.

Feliciano, su esposa e hija estuvieron juntos durante muchos años más, pese a la incomprensión y el repudio de sus amigos y familiares.

Al momento, no supe que lectura darle a todo esto. Solo alcancé a decir torpemente: “debieron quererse mucho… porque debe ser horrible que tu mamá te odie y pasarte todos los días pensando qué le dirás a tu hija cuando sea mayor”

Mi amiga no paraba de llorar: Es enfermizo, me enamoré de un monstruo y lo peor es que sigo con él. La abracé sin saber qué más hacer. Esa misma noche, indagando al respecto, me tropecé con la historia de Woody Allen.

Cuando el cineasta inició su romance con Mia Farrow, ella tenía una hija adoptiva, de 9 o 10 años, llamada Soon-Yi.

A los 16 años, Soon-Yi se rompió un tobillo. Woody la llevó al médico y desde entonces, empezaron a compartir más y más. Cuando ella cumplió 20 o tal vez 21, empezaron un amorío secreto. Tiempo después, se casaron.

25 años, siguen juntos. “Resulta irónico que mi matrimonio con ella, que muchos vieron como algo de lo más irracional, sea para mí la única relación de mi vida que ha funcionado; después de muchos años aquí estamos, felices y con dos hijas maravillosas”, escribió él.

La historia de Woody Allen y Soon-Yi, al igual que la de Feliciano y sus ex, solo les pertenece a ellos, pero cómo reaccionamos ante ella, lo que nos hace pensar o sentir, nos interpela de forma directa a nosotros.

Mi amiga no pudo con tanto. Finalmente lo dejó y aún cree que es “un sádico”. Ustedes ¿cómo lo ven? ¿Una aberración absoluta o algo que podría pasarle a más de uno?

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