Seis décadas de amor

Corría el año 1974, Eloy apenas tenía 18 años y fue “flechado” por el amor. Ella tenía un año más. Ambos, en medio de la revolución hormonal, iniciaron una apasionada relación, sin papeles ni el visto bueno de la iglesia. Parece común, pero hace 47 años no lo era tanto.

En medio de aquella rebelión, producto del amor y el descuido, un embarazo no planificado llegó a sus vidas. Eran mayores de edad, pero aún estaban muy lejos de alcanzar la anhelada “independencia económica”.

Fue entonces cuando los padres de ella decidieron que lo mejor sería separarlos, acabar con ese embarazo y recluir a la joven a un internado en la ciudad de Caracas.  Eloy, mientras tanto, fue enviado a culminar sus estudios en Los Andes del país. Día tras día, lloraron su separación e intentaron, sin éxito, dar con los rastros del otro.

Pero la vida es irónica y maneja sus propios tiempos. Tras tres años de separación, el camino los encontró nuevamente. Y se juraron “volver por encima de las dificultades”. Mantuvieron el contacto mediante un sinfín de cartas, acordaron encuentros tanto en Mérida como en la capital, donde la joven ya había empezado a trabajar.

En aquel tiempo, ampliaron sus promesas, planificaron una vida en conjunto, soñaron con un hijo, que fuera anhelado por ambos. Con ese objetivo definido, a meses de empezar los años 80, y después de culminar sus estudios universitarios, Eloy se muda a Caracas.

Sin embargo, parece que su pareja había cambiado de idea. Ausencia, silencio, ni un papelito ni medio recado. Fueron seis largos meses sin saber nada de ella. Cuando por fin la encontró, la sentencia era definitoria: tengo otra pareja y me casaré con él.

¿En qué momento lo conoció? ¿Lo amaba más que a él? ¿Qué pasó con sus planes? Después de tanta épica… ¿Iban a morir en la orilla? No hubo respuestas. Ella se negó a ofrecer explicaciones, tampoco buscó en que escudarse. Ese era el escenario actual y Eloy solo podía transitar el camino de la aceptación o morir en el abismo del rencor.

“Me tocaba aceptar lo que no quería aceptar. No pude. Germiné mi dolor y con el tiempo cultivé una inmensa rabia. Lo que más me atormentaba era no encontrar las razones, no haber tenido la oportunidad de entender la causa de ese cambio”, recuerda un hombre que por años estuvo azotado por los mismos pensamientos.

Pero, ya saben, de acuerdo con nuestro protagonista, la vida es irónica y maneja sus propios tiempos. En 1993, ella volvió. Tenía 38 años, dos chamos y una “derrota amorosa” a cuestas. Pero, para entonces, Eloy había logrado —por encima de sus heridas— construir un hogar estable con su esposa y un pequeño hijo.  

No obstante, ella abrigaba la esperanza de poder reconquistar su amor y darle continuidad a una historia que, sin explicaciones, dejo a mitad de camino. Verla removió todos sus sentimientos —incluyendo el amor y el odio que albergó en igual medida— pero a estas alturas, Eloy no estaba dispuesto a cambiar su presente.

Durante meses, rechazó sus llamadas, obvio sus recados, huyó de cualquier posible reencuentro. “Debía dejarla definitivamente en el olvido” y así fue. Ella dejó de insistir. Ambos sobreentendieron que era el punto y final de la historia que los unió… o al menos eso parecía.

Pero, agrega Eloy, la vida también es una ruleta: “gira y a veces se detiene en el mismo sitio”.

Semanas atrás, cuando esta columna ya había nacido, ella volvió. Ahora con el peso y la libertad, en simultaneo, que genera tener 66 años. Hoy es una mujer que ya no le tiene miedo al “fracaso” amoroso, pues, finalmente, salió airosa de varios. En cambio, no ha podido superar el error que cometió al alejarse de Eloy.

¿Podríamos al menos morir juntos?, le preguntó.

No obstante, Eloy seguía con la misma esposa del 93, la única mujer que consiguió devolverle las ganas de vivir, después de que ella —sin motivos aparentes— rompió su corazón. Su esposa, dice, merece lealtad. Por eso, se mantendrá firme en su decisión.

“Hoy solo quiero que le cuentes a la gente que el amor de toda la vida, las almas gemelas, sí existen. Aunque, a veces, es una porquería. Te enamoras para siempre de una persona con quien nunca logras estar bien. El tiempo te brinda la posibilidad de comprender las cosas, pero no siempre te deja corregir la historia, volver, hacer que funcione”, me relata.

¿Será que si Eloy —a principios de los 80— se hubiese casado con su “alma gemela”, seguiría enamorado de ella? ¿o tal vez la imposibilidad de su historia es justamente lo que la ha convertido en eterna?

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