¿Siempre nos quedará París?

Era el año 2012. Ambos estudiaban Comunicación Social, pero no juntos ni en el mismo nivel. Sin embargo, un día, Alejandra presenció un alboroto en la sala de exposiciones de la universidad y su curiosidad la obligó a entrar para saber que ocurría.

En el salón, estaban varios estudiantes presentando la vida y obra de algún artista. Al final del lugar, se encontraba la exposición más despampanante. Una muestra creativa de la obra de su pintor favorito: Salvador Dalí.

Se trataba del mismo artista que le había tocado a ella un año atrás. Pero, la presentación del Alberto denotaba mucho más esmero y pasión que la suya. Con el tiempo, ella entendería que él era así en todos los aspectos de su vida. 

Ese día, él cargaba una cámara Nikon colgando de su cuello, y por supuesto, le tomó una foto, lo hizo con todas las personas que fueron a visitar aquel tarantín creativo. Pero, a los días, se la entregó impresa en un breve encuentro de pasillo.

Alberto se desenvolvía con facilidad. Alejandra, como todos los venezolanos que abandonan sus pueblitos natales, se había ido “a la capital” a buscar “un mejor futuro” y estaba desconcertada, del timbo al tambo, aprendiendo cómo mover sus alas y esforzándose por direccionarlas a buen puerto.

Justo en esos momentos de incertidumbre y desasosiego, este joven caraqueño le tendió su mano, la motivo a seguir, le presentó la otra cara de una ciudad tan violenta como tierna, la hizo reposar en sus plazas y alzar la vista para disfrutar de atardeceres inigualables.

Empezaron a salir cada vez con más frecuencia, ninguno de los dos hizo o aceptó una solicitud formal de noviazgo, pero un día se descubrieron besándose en los alrededores del cafetín del Teatro Teresa Carreño. Y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, su relación arribó a los siete años. Él le brindó un pedazo de su cama, de su armario y de su vida. 

Nunca estimaron sus posibilidades de futuro, pero dieron por sentado que estarían siempre uno al lado del otro.  Hasta que un día, de forma impredecible e inesperada, a ella le ofrecieron la posibilidad de irse a Francia. No había nada qué pensar. Era una de esas oportunidades que no suelen repetirse y una aventura que ella deseaba vivir.

Cuando tuvo el pasaje en mano, renunció a su trabajo y, fue solo entonces, cuando los días se impregnaron de una extraña mezcla de tristeza y alegría. Horas antes de partir, Alejandra barajeó la posibilidad de quedarse. “Si quieres, me quedo”, le dijo. Pero, él no quiso cortar sus alas, a pesar del inmenso dolor que aquella despedida le estaba causando.

Podría soportarlo todo pues, según sus planes, él la alcanzaría en París al cabo de unos meses y juntos emprenderían una nueva vida. En noviembre del 2018, ella se fue. En el aeropuerto, solo estaban él y su madre. Ambos la vieron partir con los ojos empapados en llanto y el alma convertida en un delgado hilo lleno de nudos.

Ella, por su parte, estaba en shock. Era la primera vez que se subía a un avión. Pero, en medio del miedo, alcanzó a preguntarse: ¿Qué estarían sintiendo las dos personas más importantes de su vida? ¿Se habrían abrazado su madre y su novio? ¿Qué pensarían realmente sobre su decisión? ¿Les estaría destrozando el corazón?

Pronto, aterrizó en su nueva vida, pero sin deslindarse de la anterior. Todos los días pensaba en Alberto, le mandaba miles de fotos, se imaginaba a su lado caminando por lugares que, estaba segura, le iban a gustar. Quería mostrarle París con la misma pasión con la que él le presentó a Caracas.

Esa esperanza despejaba su tristeza y la animaba a esperar con paciencia el transcurrir de los días. En julio del 2019, ocho meses después, su amor aterrizó en Francia. En teoría, llegó para quedarse definitivamente a su lado, empezaron a estudiar francés, visitaron nuevos lugares, conocieron gente amable, comieron sabroso. Alejandra hizo todo lo posible para que él se sintiera feliz.

Pero, cuando mira hacia atrás, reconoce que se le olvido un pequeño detalle: Ella nunca pensó qué deseaba realmente él, nunca se preguntó sobre sus anhelos, quizás cualquier persona soñaría con vivir en Francia, pero ¿y él?, tal vez migrar es el plan de la mayoría, pero ¿era el suyo? 

Al pasar los meses, Alberto le mostró las respuestas. Su cuerpo estaba en París, pero sus pensamientos se encontraban en Caracas. Su mirada, siempre perdida, con un halo de profunda tristeza, revelaba su arrepentimiento por haber partido. No sé hallaba. No era feliz fuera de su país.

Llegado el momento de la inevitable conversación, ni él mismo consiguió explicar lo que sentía. ¿Por qué le afectaba tanto estar fuera de Venezuela? ¿Qué lo hacía aferrarse así a su caótico terruño? Aún sin responderse, decidió volver. Se amaban, pero sus deseos ya no iban de la mano. ¿Era más fuerte el sentido de pertenencia a un lugar que el amor que sentía por ella?

Alejandra se resignó a no hallar las respuestas. Intentó respetar su decisión y dejar a un lado su egoísmo. Finalmente, cada uno tiene derecho a soñar sus propios sueños. Decidieron asumirlo así, pero aún les cuesta. Siguen en contacto. Se cuentan su dolor. Son conscientes de que tal vez no haya una próxima vez para el reencuentro, ni una próxima vida para ese amor.

Hoy parece no existir marcha atrás. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, a ellos “siempre les quedara París”. Aquellos momentos donde la compenetración fue total y a sus pies no les dolía andar por un mismo camino.

“Siempre nos quedará París”, le diría Rick a Ilsa en una de las secuencias cruciales de la película Casablanca. La frase ha quedado en la memoria colectiva cinéfila como una suerte de antídoto contra la melancolía. Frente al triste horizonte, quedan los recuerdos de los buenos tiempos.

Rick —en esa memorable interpretación de Humphrey Bogart—, supo ver con claridad lo más importante: No todo en esta vida tiene un “buen acabado”, pero lo compartido no se borra; lo dado y recibido permanece eternamente.

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