“Tengo que dejarlo”

Una madrugada Sara se levantó con un sólo pensamiento: tengo que dejarlo. Nunca hubo agresiones físicas, pero ella estaba repleta de heridas invisibles.

Las palabras de su esposo rondaban su mente: eres una inútil, ¿de verdad crees que esa ropa te queda bien?, si sigues así te voy a dejar.

No era un accionar puntual y aislado sino una conducta sostenida en el tiempo.

Con los años, Sara terminó creyendo que se merecía todos esos maltratos porque, en el fondo, tal vez él tenía razón y ella “no servía para nada”.

Por eso soportaba cada una de las infidelidades que le descubría, lo perdonaba una y otra vez, porque no tenía otra opción, porque ella había “provocado” cada engaño. Especialmente por la escasa e insípida vida sexual que sostenían.

“Reclamar solo empeorara las cosas”, se repetía, como quien está más cansada de los gritos e insultos que de las propias traiciones.

Además, como decía su esposo, puede que todo fuera producto de “su imaginación, su capacidad de exagerar, o su extrema sensibilidad”.

Por eso también lloraba en silencio, respiraba profundo, tragaba grueso y sonreía. Si, sonreía, porque a los ojos del mundo ella debía lucir como una mujer feliz. Para todos, ellos eran la pareja del año.  “Los fracasos” nunca se comentan. Además, ante familiares y amigos, su victimario era persona de buenos modales, inteligente, amable, cariñoso.

Este contexto anulaba su capacidad de reacción, aunque, a veces, de forma repentina, emergían los cuestionamientos: “Tienes dos títulos universitarios, Sara. ¿por qué te dejas anular por este tipo?”, se preguntaba. Pero, no eran ínfulas de superioridad. Al contrario, ella dudaba de su propia inteligencia.

Al investigar el perfil de “las otras” hallaba siempre un factor común: “eran mujeres vulnerables”, es decir, de escasos recursos.  ¿Pero y ella? ¿Por qué seguía ahí? Si tenía todas las herramientas para huir.

“Es que no todos los días él es así, algunas mañanas es amoroso”, se respondía.

Se casaron un 14 de febrero, a petición de él. Tienen más de 20 años juntos.

A veces, salían. Pero el paseo se convertía en tortura, pues su esposo casi siempre arremetía contra todas las conductoras que se tropezaba en su camino: “las mujeres no deberían manejar”, sentenciaba una y otra vez.

Sara lucha por recordar si alguna vez su esposo se había expresado con admiración o cariño sobre una mujer, pero no. Él no era respetuoso ni cuando de su propia madre se trataba.

Por eso, una madrugada, en medio de la cuarentena, y como si de una revelación divina se tratara, ella comprendió que tenía que dejarlo.  Lo primero que hizo fue mudarse de cuarto. Después, entre las dudas, el miedo y la “vergüenza”, Sara apeló a la solidaridad femenina y se sinceró con sus dos mejores amigas.

Con el apoyo de ambas, recurrió a una psiquiatra para controlar la inmensa depresión que la embargaba. Fue medicada, pero, al tiempo, abandonó las pastillas e hizo del conocimiento su mejor medicina. Sara vio decenas de videos y leyó centenares de artículos sobre el maltrato psicológico. Supo que no estaba sola y hasta se sorprendió al descubrir que mujeres reconocidas, incluso con altos cargos públicos, habían sido víctimas de la violencia de genero.

“Muchas veces él le daba fuerte a la pared, tiraba el celular o le daba duro a la puerta.  Luego entendí, que esa pared pude haber sido yo”, me escribe.

Entonces, se animó a buscar asesoría legal y sobre esa base, empezó a reclamar sus derechos e inició el papeleo para su divorcio. Pero, aún no ha logrado que su agresor abandone el hogar, aunque se lo ha pedido incansablemente. “No es fácil convivir con él, he tenido que llenarme de valor, ya no dejo que me grite, puse límites y condiciones”.

En medio de esta lucha, Sara intenta rescatar un amor que si vale la pena: el de sus hijos, uno de 19 y una de 17, quienes, confiesa, también “han sido víctimas de la ira de su padre”.

Ella sabe que falta mucho por andar, pero celebra sus primeros pasos: reconocer su problema, buscar ayuda, aprender a valorarse y no permitir ni una ofensa más.

Sin embargo, a estas alturas, su pelea requiere también del apoyo estatal. Ojalá, por ejemplo, Sara y sus hijos, pudieran dormir sin que su agresor repose —acechante— en el cuarto de al lado.

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