Un amor caído

En agosto del 2016 Rosángela descubrió que su pareja le estaba siendo infiel. La indignación recorrió cada partícula de su cuerpo. “Hice de todo por mantener esta relación a flote. No me merezco esto”, pensó, como quien, sin darse cuenta, se responsabiliza a sí misma por los errores del otro.   

La verdad es que, tras dos años de relación, este engaño la tomó por sorpresa, aunque, de vez en cuando, él se perdía, y ambos llevaban siete meses sin ningún tipo de intimidad. Ella pensó que se trataba de una crisis de pareja, de esas que llegan tras pasar la etapa de absoluto idilio.

Entonces, en medio de su rabia, tomó una rara decisión. “Le voy a demostrar que yo también puedo conseguirme a otro, aunque ahorita mismo no lo tenga”, se dijo. Para eso, decidió utilizar a Carlos, un amigo de ambos, lo cual, sin duda, causaría una herida aún más profunda en su infiel pareja.

Carlos no vivía en la ciudad, pero ambos fingieron, a través de las redes sociales, que entre ellos existía un potente jujú. Acto seguido, su novio se olvidó de la amante y empezó a pedirle explicaciones mientras planteaba novedosas ideas para “acomodar las cosas” entre los dos. Justo entonces, ella lo mandó al carajo, con esa brevísima satisfacción que nos otorga la venganza, por muy estéril que sea. 

Tras lograr sus objetivos, ella le agradeció a Carlos su valiosa ayuda. Pero, en medio del agradecimiento, le reveló todo lo que había pasado con su expareja. Él la escuchó pacientemente y, desde entonces, luchó por convertir el show 2.0 en una realidad. Se llamaban a diario, hablaban de todo y de nada a la vez, anhelaban verse, pero tenían cierto recelo.

Con el paso de los días, las llamadas se hicieron cada vez más frecuentes y las conversaciones mucho más intensas. Él vivía en Maracay y ella en Guarenas, pero, a veces, el amor no sabe de distancias. Al menos no cuando son tan cortas.  Él le pagó el pasaje y, con todo el riesgo que eso implicaba, ella partió a su encuentro.

Se acostó a la 1 de la madrugada, se paró a las 5 de la mañana, se puso su mejor pinta, sonreía de oreja a oreja. Era feliz y absolutamente nada podría perturbarla. Ni siquiera el estatus del recoge loco que le tocó abordar, ni las impertinencias del pasajero de al lado que terminó cabeceando y babeándose sobre su hombro. Era ella prendida en candela. Una mujer rumbo a encontrarse con el amor. 

Al llegar, él estaba ahí. Hubo un micro segundo de silencio hasta que ella se lanzó sobre sus brazos, ignorando que se encontraban en uno de los terminales más peligrosos del país. Tras el embeleso decidieron ir a almorzar, pero antes, él —que era abogado y tenía un pequeño despacho— debía pasar brevemente por su oficina a resolver un tema pendiente.

Ya en la oficina, totalmente solos, conversaban de forma fluida, y bromeaban sobre la conexión de amor casi instantánea que había surgido entre ambos, cuando, de repente, él empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza. Se lo hizo saber de forma relajada, pero ella se puso muy nerviosa. “Tranquila, estoy bien, mi cielo, estoy perfecto”, le dijo, pero cuando se paró a buscar un analgésico, cayó al suelo.

En este momento, Rosangela sintió el peso del mundo sobre sus hombros. Estaba sola, con un hombre del que se estaba enamorando, pero al que apenas conocía, en un pueblo que no era el suyo, sin saber que hacer. Llamó a un amigo en común, él llamó a otra pana, y finalmente la familia de Carlos llegó a la oficina.

En el hospital más cercano, lo rechazaron. En el segundo, lo ingresaron, pero la máquina de resonancia no estaba activa. Llamaron a una ambulancia que tardó más de 90 minutos en llegar para trasladarlo a una clínica privada, donde se confirmó lo que todos temían: se trataba de un ACV hemorrágico con un coagulo de sangre que le ocupaba una cuarta parte del cerebro.

Rosangela se quedó esa noche en su casa, pero sin él. Al día siguiente, volvió al hospital, estuvo a su lado toda la mañana. Al mediodía del lunes, en medio del dolor y la desesperación, le tocó volver a su trabajo en Guarenas. “Quédate ahí, espérame, volveré el fin de semana”, le susurró al oído antes de partir.

A los dos días, el miércoles 21 de septiembre del 2016, ella supo, por unos familiares, que él estaba estabilizándose. Pero, horas después, un amigo en común la llamó para informarle que Carlos había sufrió dos paros respiratorios y el último, no lo resistió. Su mundo se volvió a caer al suelo.

Ella tenía esperanzas, pensó que él podía salvarse, creyó que sus ojos volverían a reconocerse. Fue la última persona que lo vio con vida, con vida de verdad. Volvió a Maracay, estuvo presentó en el velorio, certificó que las amigas de Carlos sabían quién era ella, su mamá la presentaba como “la muchacha que estaba en la oficina con mi hijo el día del ACV”.

Se acercó a la urna, lo vio fijamente, le volvió a susurrar: “Fueron días hermosos, te voy a extrañar”. Él, en corto tiempo, la ayudo subir su vara: le enseñó que clase de hombre quería en su vida y la hizo prometerse a sí misma que jamás volvería a estar con alguien que no mereciera su amor.

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