Un chat terapéutico

El mes pasado, me uní a un “chat terapéutico”. El grupo se llama “Bien Estar“, funciona bajo el eslogan “no estás solo(a) con tus problemas” y ofrece “recursos terapéuticos gratuitos” para hacerle frente a las situaciones que nos agobian, “buscar soluciones, empezar a sentirnos mejor, empoderarnos de nuestras vidas y comenzar un proceso de autosanación”.

Se trata de una iniciativa del psicólogo, experto en Programación Neurolingüística (PNL) e hipnosis, Miguel Posani, quien cada martes a las 7:00 pm cambia los ajustes del grupo de Whatsapp para permitir que los más de 300 participantes interactúen sobre el tema de la semana: consecuencias de la pandemia, miedo, ansiedad, autoestima, el ego, etc.

Como se imaginaran, los que escriben son pocos (y creo que casi siempre los mismos). Pero yo creo que todos –o al menos los que realmente andamos interesados en sentirnos cada día un poquito mejor en nuestra piel, con nuestra historia– escuchamos o leemos con atención, así sea a destiempo, cada interacción.

Confieso que me he escalofriado ante las líneas de quienes le expresan a un montón de desconocidos (aunque quizás esa sea una de las claves) su profunda depresión, sus pocas ganas de vivir.  Ante esto, algunos –y no solo Miguel– han escrito “sus recomendaciones”.

Ya saben: las cosas que en algún momento les funcionaron y creen, de buena fe, que pueden funcionarle a otros. Uno de esos consejeros dijo que cuando nos sentimos “así” debemos buscar “cosas que nos hagan bien y hacerlas”.

Sus palabras me hicieron “clic” porque yo me la paso en eso: haciendo listas de vainas que me reconectan con la vida, que me devuelven las ganas. Es decir, enumero lo que amo, lo que me ha salvado, aunque a veces no sean cosas que debo “hacer” sino simplemente apreciar y a pesar de que algunas parezcan, a simple vista, una soberana tontería.

Y ojo, no creo que esto sea suficiente para que alguien salga de una depresión crónica, profunda. Para eso, están los profesionales y sus herramientas. Además, también sé, entiendo y respeto, que cada persona posee individualidades, que no siempre necesitamos o nos funciona lo mismo, no pensamos ni reaccionamos igual.

Sin embargo, la vida también me ha enseñado que siempre (o casi siempre) hay un “punto común” en nuestras historias. De hecho, esa es la razón por la que mi nuevo libro se titula ‘Nada es tan personal como parece’ y también por eso mismo me animaré a compartir con ustedes lo que más se repite en mis listas de “cable a tierra”:

Los amaneceres y atardeceres, la magia de saber que ocurren diariamente, casi a la misma hora, y aún así, nunca se repiten; la primera taza de café del día, las palabras (escribir a mano, leer), la música que no me canso de escuchar o las películas que podría ver mil veces.

La amabilidad o la sonrisa de un desconocido el día en que casi dejo de creer en la humanidad; el mango, los aguacates y el plátano maduro; los pajaritos que cantan durísimo o los que se dejan contemplar un ratico antes de echar a volar despavoridos.

Hornear algo, lo que sea, echarle vino si es salado o canela si es dulce (saborear, oler, que a veces lo segundo es hasta más poderoso que lo primero); eso: los olores y sabores que son recuerdos; hacer ejercicio aunque no tenga “ganas” para luego sentirme satisfecha, eso: cumplirme a mi misma en metas pequeñas, diarias.

Ese ser querido capaz de notar que “a ti te pasa algo”, la gente que te escucha sin mirar su celular, limpiar la casa “a profundidad”, encontrar algo que creía perdido, los planes que se cumplen o las veces que aparece mi capacidad de aceptar/improvisar aquello que no salió como yo quería, saber que tengo a qué renunciar y a qué asirme, que puedo cambiar de opinión y no pasa nada.

Las personas que no menosprecian mis malestares pero consiguen darle paso al mejor antídoto: la risa; eso: reírme aunque no todo esté bien (aunque sepa que nunca TODO estará bien); tener a quien llamar “hermano” sin que importe la consanguinidad, las risas estruendosas/contagiosas.

Perdonar a quienes no me han pedido perdón o lo que es igual: liberarme; el instante en que se me ocurre algo que parece ser una buena idea (da igual que pase después con ella), bañarme con agua caliente y echarme cremitas, los días en que me siento sexy. Bailar, cantar, decretar “hoy voy a descansar sin sentir culpas” y cumplirlo.

La playa serena, los ríos fríos, la montaña verdecita, los árboles milenarios (ese momento en que alzo el rostro para mirarlos y sentirme tan diminuta como afortunada), las ganas de aprender algo nuevo sin que el “hacerlo bien” sea lo importante, lograr hablarme bonito, confiar en mí, decir ‘no’, relacionarme con lo opuesto/lo contrario, percibir que ya no soy esclava del qué dirán (después de haberlo sido tantas y tantas veces).

Decir o escuchar un “estoy orgulloso de ti”, soltar las culpas, respirar profundo (lo rico de retener el aire, ver el cuerpo expandirse y luego soltar), sentir en mis adentros que lo estoy haciendo lo mejor que puedo, celebrarme, ser como Pessoa: encontrar en nosotros y los personajes cotidianos que deambulan por nuestros días el material necesario para imaginar, creer, amar.

Por: Jessica Dos Santos

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