Una aplicación de amor

Rafael había salido de una relación profundamente dañina, donde dejó de amarse a sí mismo y, por ende, se convenció de que nadie más lo haría. 

Durante las noches, se consideraba un desahuciado del amor, aunque en el día procuraba olvidarlo: trabajaba, tenía una rutina de autocuidado, se leía todos los libros de Walter Riso, procuraba disfrutar de su soledad y apreciar la presencia de los otros.

Pero, en medio de la pandemia, los relojes se confundieron, y su soltería empezó a pesarle. Entonces, entre la pensadera y el ocio, decidió descargar una aplicación de citas, aunque solo fuera para charlar y asesinar al tiempo, algo más común de lo que se cree. Son millones las personas que persiguen el amor en Tinder, Bumble, Badoo, Happn o Grindr. De hecho, buscar pareja por Internet está mucho más aceptado culturalmente hoy que hace diez años.

Pero también existen los usuarios que, como Rafael, pretenden amistades o conseguir compañeros para realizar una determinada actividad. Él sabía que en estas apps no todo es color rosa. Por el contrario, son muchos los peligros y las precauciones que se deben tomar. Sin embargo, en medio de la pandemia, representaban su posibilidad de conversar con gente nueva y hacer “click”.

Durante semanas, chateó con muchos hombres. Algunos le hablaron sobre el amor propio, los beneficios del desapego, la importancia de sembrar respeto para cosechar sus frutos y, sobre todo, la necesidad de sanar sus heridas para no lastimar a otros. “Si queremos ser tomados en serio debemos empezar por nosotros mismos”, concluyó.

Al cabo de unos meses, cuando logró sentirse mejor en su propia piel, supo que era el momento de abrirle las puertas a las citas y, sin duda, ya tenía al candidato: David, un carajo que apareció cuando él estaba apuntico de eliminar la app.

David, al menos en fotos, era muy atractivo. Cada palabra que escribía vaticinaba su carisma. Las conversaciones fluían de una manera impresionante. Ambos sintieron la emoción inigualable de haberse tropezado con un buen interlocutor. Finalmente, no hay nada más de pinga que empezar a conocerse sin tener que someterse a odiosos interrogatorios.

Una tarde, entre risa y risa, hicieron una apuesta. David perdió, por lo cual Rafael podría escoger un premio… el que fuera. Rápidamente consultó con amistades qué coño pedir. La verdad, nunca antes había conocido a alguien por internet y no sabía si limitarse a un trofeo virtual o lanzarse al agua con todo y ropa: “Una pizza, presencial, ¡para dos!”

Al otro día, David lo buscó a las 2:00 de la tarde. “Dios mío, que lunares más lindos”, pensó Rafael. Se moría de nervios, pero presentía que algo bueno estaba por llegar. Escogieron la mejor de las pizzas y se fueron a comer al mirador de Valle Arriba, donde horas después se vacilaron un atardecer de tonalidades rojizas con destellos amarillos.

El tiempo fue raudo y veloz.

Pronto, había llegado la hora de retornar a casa.

“Quiero volver a salir con él”, pensó Rafael durante el trayecto.

“Podríamos repetir esto algún día ¿no?”, preguntó David al llegar.

Desde entonces, se multiplicaron las conversaciones y se repitieron las salidas. A la quinta, se dieron el primero beso y un tiempito después decidieron formalizar la relación.

Rafael aún no se cree su suerte: “Confieso que he llorado de felicidad. También le agradezco a Dios por haberlo puesto en mi camino. Me gusta verlo feliz. Amo su sonrisa. Pero, lo más importante, es que siento que de verdad lo conozco”.

Para algunos, su afirmación podría ser una “tontería”, pero para aquellos que hemos descubierto los múltiples rostros que puede albergar una misma persona, sentir que “conocemos” a alguien (sea cierto o no) es una fortuna. Se trata, finalmente, de recuperar nuestra capacidad de confiar en los demás.  

“David es feliz. Yo también lo soy. Tal vez, por eso nos gusta tenernos el uno al otro y juntos procuramos cuidar la energía que hemos creado. Las historias de amor no son solo historias de amor, son relatos de aprendizaje y crecimiento. Trabajar en el amor propio nos permite coincidir con las personas correctas”, escribe Rafael.

Tal parece que la pandemia nos arrebató a personas y dinámicas que amábamos, pero también unió más de un destino.

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