Una década de apego

Se conocieron en junio del año 1994. Era una típica mañana merideña, cuando ella se le acercó y para romper el hielo, le comentó que había soñado con él la noche anterior. Él, tras escucharla, se volteó y le dijo: “eres divina e insolente”.

Kitty aún no cumplía los 20 años y apenas comenzaba su vida universitaria, mientras que él, un trujillano pretencioso, estaba a punto de graduarse como ingeniero de sistemas.

Corrían los días de la nueva ola bolerista, la época en que una nueva generación de músicos, encabezada por Luis Miguel, retomó el género favorito de nuestros padres para crear boleros más modernos.  Juntos, cantaron todas sus canciones, mientras paseaban con amigos y terminaban bailando salsa en los bares de Mérida.

Todo se dio muy rápido y de repente, Kitty comenzó a experimentar la vida en pareja por primera vez, aunque no vivieran del todo juntos. Este hombre le enseñó algunos trucos para darle más magia a la comida que preparaban día tras día en el apartamento donde él vivía alquilado. Ella aún recuerda algunos de los platos que aprendió a preparar a su lado.

No paso mucho tiempo, para que ella se admitiera a sí misma que se había enamorado perdidamente de aquel hombre. Él con sus detalles, su poesía y su manera de mirarla se apoderó de su corazón. En el fondo, resulta que el ingeniero quería ser actor, cantante, bailarín, escritor y poeta, cual Rafael de España.

Pero pronto se convirtió en un personaje abrumador, alguien que, al parecer, había llegado a su vida para enseñarle cosas tiernas y apasionadas, pero también muy duras. A petición de él, ella abortó, pues “solo así podrían mantenerse juntos”.

Sin embargo, lo más difícil no fue eso, sino escucharlo decir que “con ella ningún hombre podría llegar lejos, cumplir sus sueños ni ser exitoso” y eso era justo lo único que él deseaba. Ella se sintió la piedra de tranca en la vida de un joven que culminaba sus estudios y anhelaba convertirse en parte de la meritocracia que reinaba PDVSA durante aquellos años.

Poco a poco, se fueron alejando. Él se fue a Puerto Rico a trabajar de todero, haciendo cualquier cosa por un par de dólares. De esa forma, ahorró y le envió el dinero suficiente para que ella partiera a su encuentro. Pero, ahora, era ella quien no quería abandonar sus propios sueños. A esas alturas, solo deseaba graduarse, viajar, conocer gente y escribir.

Se negó al viaje y soportó aquel duro golpe con la convicción de que así se estaba evitando dolores aún mayores. No se arrepiente de su decisión. “Me ayudó la distancia, los estudios e iniciar, tiempo después, otra relación”, me cuenta. Aunque confiesa que, con el paso de los años, a pesar de haber tenido muchas parejas, nunca se volvió a enamorar como aquella primera vez.

Fue, como diría el bolero, “la historia de un amor como no hay otro igual, que le hizo comprender todo el bien, todo el mal, que le dio luz a su vida apagándola después”. Su familia, por su parte, nunca se enteró del aborto ni opinó nada sobre aquel romance.

Y a pesar de la complejidad de su historia, Kitty nunca asistió a terapia. Pero hurgando en la filosofía hindú entendió que debía liberarse de aquel apego.  El budismo, así como el hinduismo, creen que aferrarse a personas o cosas solo nos conduce a la infelicidad y encadena nuestra existencia al sufrimiento.

Para practicar el amor según Buda, no es necesario aferrarse a nada. Pues el amor, aunque une y funde, también motiva al vuelo, a ser libres, sin miedos ni angustias, comprendiendo que, finalmente, nada permanece estático, todo cambia y se transforma.

Ella reconoce que le tomó casi una década olvidar lo que sintió por aquel hombre y hoy tiene las fuerzas suficientes para liberar su historia. “El sexo no lo es todo. Y lamentablemente, no hay escuelas ni universidades que te digan cómo es la vida, cómo enamorarse o cómo olvidar a un amor que ya no te quiere o te lastima. Hoy solo sé que el amor que se siente sinceramente, cuando se acaba, ya no vuelve. Comprendí que una podría hacer cualquier cosa por el ser amado, menos volverlo a amar”, dice.

Con el tiempo, intercambiaron algunos correos. Ella supo que él vive en Argentina, se casó, pero le fue infiel a su esposa. Kitty, por su parte, tuvo dos hijos absolutamente deseados, y sigue acá, sorteando los vaivenes del páramo merideño con otros amores.

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