Una lluvia de hormonas

Amar genera oxitocina y ella nos da la capacidad de sentir el amor. Es el círculo vicioso del cariño.

Estaba a punto de llegar a mi casa cuando el cielo encapotado lanzó un rugido atroz. Segundos después, la lluvia empezó a mojar mi cara.

Comencé a buscar en mi bolso a ver si minutos antes mi familia había reincidido en su vieja costumbre de hacerme cargar un paraguas en contra de mi voluntad.

No sé usarlos, siempre termino empapada por más que intente llevarlo correctamente. Pero ahí estaba y ahora continuar la marcha sería más sencillo aunque el asfalto se había convertido en un gran rio repleto de envolturas de chucherías y la falta de alumbrado público atentaba contra mi mala visión.

Tras un par de cuadras, las nubes arreciaron y la sombrilla estaba a punto de salir volando. Entonces, me detuve bajo el techito de una oficina bancaria en la Avenida Urdaneta. Ahí, en ese pequeño y raro refugio, estaba un coche negro con una mujer metida de cabeza en él.

«Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, cumpleaños hijita, cumpleaños feliz”. Su mano sujetaba un ponquecito diminuto cuya única cobertura era el agua de lluvia.

Su pequeña la miraba enamorada y reía descontroladamente ante cada estrofa, permanecía ajena a las condiciones climáticas y los problemas del mundo. Total, su mamá la iba a proteger.

Las contemple sin un ápice de disimulo.  “Es que hoy cumple un añito”, me dijo, mientras se ponía de pie. “Cuando una está sola, todo es más difícil pero yo a ella la voy a celebrar siempre sabes ¿Crees que lo recuerde?”.

Permanecí en silencio durante algunos segundos. “No sé, yo no recuerdo nada de cuando tenía un año”, respondí sin mayor análisis. Su mirada tenía un brillo realmente poderoso, la felicidad opacaba cualquier cansancio. Estaba perdidamente enamorada de su hija. Y de repente, tuve ganas de abrazarla. Algo en mi interior se había movido.

Que no lo recuerdes no significa que no haya influido en ti”, refutó con una certeza casi absoluta. Entonces, me empezó a hablar de las muchas cosas que lee –en sus escasos minutos libres- para entender “cómo ser mamá”.

Sé que más de una le habría respondido que “eso es instintivo”. Pero, lo cierto, es que si fuera tan fácil, tal vez habría menos niños jodidos.  Y la verdad, a muchos de nosotros, nunca se nos habló del amor, tampoco de la sexualidad, ni de la economía financiera, la salud mental o la maternidad. No hubo sistema educativo ni núcleo cercano que pensase lo importantes que son esos temas para la vida.

La lluvia empezó a calmarse y yo me disponía a seguir. Sentí en su actitud corporal el terror de quedarse sola en esa calle. “¿Vas hacia allá? ¿Caminamos?”, pregunté mientras abría mi inmenso paraguas. Ella enseguida puso el coche bajo aquel escudo protector.

En el camino, me fue hablando de los planes que no pudo concretar para ese día: una torta que vio en Instagram, la sesión fotográfica que tanto quiere, traerse a los abuelos de la niña.

“Pero no importa, esa esquina y está lluvia fueron perfectos ¿verdad que si?”, le preguntó a su hija, quien hacia su mayor esfuerzo para destruir el ponquecito y disfrutar algunas migas.

Entonces, pensé concretamente en lo poco que se habla de la maternidad. Últimamente, muchas madres se han llenado de valentía para alzar su voz y decir: esto no es fácil. De una u otra forma, le han impreso realismo al tema y eso me parece perfecto. Pero a veces creo que ni siquiera ellas saben a ciencia cierta lo que ocurre en sus cuerpos durante el proceso.

Las dejé en la puerta del edificio. “De nada” y “feliz cumpleaños, mi amor”, fue casi lo único que alcancé a pronunciar. Al retomar el paso, un baboso me gritó: “llévame, el amor es un paragua para dos”. La frase me dio risa pero agradecí que mi tapabocas la haya escondido.

Aceleré el paso y al llegar a casa, seguía recordando aquel cantico: cumpleaños feliz. ¿Hasta cuando este estremecimiento?, pensé. Leí que, según la psicóloga perinatal, en una relación madre-bebé con un sistema de oxitocina activo, uno puede observar, sentir, casi oler, el amor que emana de uno a otro en constante retroalimentación, generando un ambiente capaz de contagiar a quienes les rodean.

La oxitocina está presente en todos los actos de amor; cuando tenemos un orgasmo, compartimos comida, abrazamos, mantenemos contacto, conseguimos paz, nos miramos profundamente a los ojos o sentimos que formamos parte de algo. Sin embargo, sus cotas más altas se alcanzan únicamente con el embarazo y la lactancia.

La función de este pico de oxitocina es que madre y bebé se reconozcan mutuamente y se enamoren profundamente el uno del otro; un mecanismo evolutivo para garantizar el cuidado de las crías.

Este concentrado hormonal también elimina de la amígdala los efectos bioquímicos de la parálisis ante el miedo. Por eso, a las mamás les vale verga el mundo cuando se trata de garantizar el bienestar de sus chamos.

Entre las múltiples capacidades heredadas de las madres hay una que destaca sobre las demás: nos enseñan a querer. De acuerdo con los expertos, el amor materno es el modelo que desarrollamos a lo largo de la vida en las relaciones que establecemos, es nuestro principal estilo afectivo. “Ojalá en un par de décadas, esa niña realmente recuerde aquel cantico amoroso bajo una lluvia nocturna caraqueña”, pensé, “eso hará del mundo un lugar mejor”.

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