Una mano amiga

Gabriel García Márquez tenía razón: ofrecer amistad a quien pide amor es como ofrecer pan al que se muere de sed.

Cuando Leonardo era adolescente, en la época del liceo, tuvo amores con “una chica fantástica», esas que son las mejores amigas del grupo, con las que todos los muchachos sueñan, pero no se atreven. Cercanas, pero inconquistables, salvo que él si se atrevió.

Hoy no recuerda por qué avatares de la vida decidieron iniciar “una relación” pero seguir comportándose como amigos ante los demás, total, Claudia y él se la pasaban siempre con un gran grupo de panas y era fuera de ese círculo cuando podían actuar como novios sin chalequeos.

Además, era sabroso: como nadie sabía nada, nadie opinaba, nadie preguntaba. Y la clandestinidad en este caso le agregaba diversión a la historia.

Sin embargo, en la vida nunca faltan los inconvenientes, especialmente cuando uno cree que todo está fluyendo y nada malo puede pasar. 

Fue justo entonces cuando Julio abordó a Leonardo, quien estaba sentado cerca de la cantina esperando ansiosamente que a la susodicha en cuestión saliera de clase. 

—Leonardo —lo abordó— ¿me puedes hacer una segunda?

—¿Qué será?

—Ayúdame con Claudia, quiero pedirle el empate.

Fuas. La pálida. Leonardo se sintió incómodo y sorprendido, pero recordó su promesa de ser discreto.

—Coño, no creo que puedas… Hasta donde yo sé, ella ya tiene novio.

—¡Cayó Pérez Jiménez, no va a caer un pendejo! —contestó— ¡Hazme la segunda! Para ella, tú eres como su mejor amigo, a ti te va a parar bolas

—Es que el carajo es amigo mío… —se justificó Leo.

En ese instante, como para hacer el capítulo más entretenido, apareció ella. Entonces, Julio se llenó de la audacia que hasta ese momento le había faltado y la abordó:

—Claudia, le estoy diciendo a Leonardo que estoy enamorado de ti y no quiere hacerme la segunda para pedirte empate.

Ella miró a Leonardo sin saber qué hacer. Él sonrió y se encogió de hombros. De repente, Claudia le puso una mano en el hombro a Julio y como una buena amiga le soltó un fulminante:

—Leonardo no puede hacerte la segunda porque él es mi novio.

Acto seguido, lo tomó de la mano y se marcharon juntos. Mientras, el pobre Julio se quedó pensando que quizás Leo no era tan pendejo como parecía o como él pensaba que era.

Al final, como pasa con casi todos los amores de adolescencia, Claudia terminó con Leonardo, pasó el tiempo y cada uno hizo su vida.

Un diciembre, buscando algo de dinero para darse sus gusticos navideños, Leonardo encontró trabajo en los depósitos de una zapatería.

Allí conoció a la mujer que terminaría siendo su esposa, pero, como dicta el protocolo, primero había que “conocerse bien”. En esos descubrimientos mutuos, apareció la gran coincidencia: resulta que Julio, si, ese mismo Julio, era uno de sus grandes amigos.

De hecho, casi siempre la buscaba al salir del trabajo para «darle la cola».

Una tarde, ella le dijo que no la recogiera más, que había iniciado una relación con su nuevo compañero de trabajo, Leonardo, y no quería tener más problemas.

Ese mismo día, la mujer le comentó a Leo:

—Sabes que Julio me dijo algo que no entendí

—¿Qué será?

—¡Siempre Leonardo, en todas partes Leonardo! ¿Hasta cuándo Leonardo?

—Mi amor (inserte aquí una cara de pendejo con todas las de la ley) te juro que no tengo ni idea de por qué te dijo eso, nosotros estudiamos juntos pero nunca fuimos cercanos.

Cuando ambos anunciaron su compromiso, Julio le pidió que no se casara, pero ella le puso la respectiva mano en el hombro:

—Él va a ser mi esposo y lo amo, por favor entiende.

—¿Otra vez?

Cuéntame tu historia, redáctala como sea, juntos le damos forma y la compartimos. Difundir las distintas formas del amor, siempre es necesario: [email protected]