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Valeria, Lola, Carmen, Nerea y el amor adolescente

Creo que ‘Valeria’ es una de las series españolas más exitosas de Netflix. Cuenta la historia de cuatro amigas y sus diferentes problemas sentimentales basándose siempre en las novelas de la escritora Elísabet Benavent conocida en redes sociales como ‘Beta Coqueta’.

Yo –lo confieso- he visto las tres temporadas. Pero el cuarto capítulo de la última marcó algo en mis adentros. Durante esos casi 40 minutos, cada una de las protagonistas contó (y creo que todas las espectadoras recordamos) lo duras que fueron sus primeras relaciones sentimentales en plena adolescencia.

Valeria, la protagonista principal, en la adolescencia estuvo enamoradísima de un compañero de clase. Cuando por fin consiguió llamar su atención, él quiso ir demasiado rápido (sexualmente hablando), ella lo frena, él se molesta y desaparece.

Esto hizo que se sintiera tonta y culpable durante meses ¿o fueron años? ¿Aún le pasa? ¿Será esa la razón por la que hoy teme tanto decir “no”, poner límites, decidirse? 

Lola, por su parte, empezó una relación con un hombre quince años mayor que ella, que además está comprometido y con un bebé en camino. Cuando ella se entera, se hace la loca, no quiere que él la abandone “igual que lo hizo su madre”.

Entonces, tolera sus ausencias, sus mentiras, el vacío. Finalmente, él se va y ella quedó invadida por el miedo de que nunca nadie quisiera permanecer a su lado. ¿Lo superó? ¿O acaso es esa la razón por la que siguió saliendo con hombres casados, no disponibles sentimentalmente, y huyendo-con mil y un excusas- de aquellos que podrían ofrecerle algo más sano?

Esto, además, me hizo preguntarme ¿cuántas veces preferimos no involucrarnos con tal de no salir heridas? ¿Cuántas cosas no vivimos por temer su desenlace? 

Mientras, Carmen empezó a salir con un chico que la mantenía oculta, porque estaba “demasiado gorda” y él temía el chalequeo de sus amigos. Ella lo dejó, pero se obsesionó con su peso y su imagen durante años.

Se tornó insegura. Se convenció de que su aspecto físico era fundamental para mantener un hombre a su lado. ¿Aún lo cree solo que ahora es flaca? ¿Será esa la raíz de sus inseguridades laborales o de su incapacidad para creerse merecedora de un amor sincero? 

Y, finalmente, Nerea, quien tuvo que esconder que, realmente, no le gustaba el novio “de buena familia” con el que sus padres la obligaron a empatarse, sino que se siente atraída por las chicas. 

Ella dejó ir a su primer amor y por temor a defraudar a su familia, terminó siendo y haciendo todo lo que no quería, incluyendo relacionarse con hombres, estudiar una carrera que odiaba, trabajar en oficinas que aborrecía.

Un día, no pudo seguir con la farsa y los lazos familiares se quebraron. ¿Ya es libre o en ella permanece el temor al qué dirán, a fracasar, a decepcionar al otro, la necesidad de ser perfecta en todo? ¿Sigue replicando con ella misma, con su vida, de una forma casi inconsciente, aquello que le hacían sus padres? 

Curiosamente, la chispa que encendió la conversación fue un estudio científico que Nerea leyó en internet, el cual aseguraba que la adolescencia es una etapa que nos marca para toda la vida y que, por eso, lo que nos pasa en los 30, de una u otra forma, ya está escrito. 

Pero ¿es cierto ese estudio? O, al menos, ¿es verdad lo que dice? Más o menos. No es cierto que nuestro futuro sea escrito en piedra durante la niñez o la adolescencia. Pero, sin duda, si nos afecta, nos va forjando tal y como seremos, tanto física como psicológicamente.  

Algunos expertos se lo atribuyen a un fenómeno llamado “poda sináptica”. Hasta los 12 o 13 años, el número de conexiones neuronales (40.000 nuevas sinapsis por segundo) es aproximadamente el doble que en la etapa adulta. En consecuencia, esto permite adquirir nuevos aprendizajes de forma veloz.

Luego, el cerebro corta las sinapsis (conexión de neuronas) que no se usan y refuerza las que sí. Es un proceso que empieza en la adolescencia y finaliza a los 20 años aproximadamente. Por eso, se dice que es una etapa vulnerable, porque es justamente cuando se están reforzando los caminos que nuestra mente seguirá. 

Conclusión: las inseguridades, el miedo y la ansiedad que sufrimos muchas mujeres (y hombres, seguramente) durante la adolescencia puede afectarnos en la adultez aunque a veces no conectemos el presente con el pasado.  

Por: Jessica Dos Santos

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