“Yo permití todo eso”

La semana pasada escribí una columna sobre los detonantes para decirle adiós a una relación incluyendo notar que hemos soportado el maltrato del otro ante nuestra falta de amor propio o tolerado el abandono precisamente por miedo a que nos abandonen.

El texto logró que varias mujeres compartieran conmigo anécdotas muy diversas pero que tenían un punto en común:

El momento en el que ellas esgrimen “no sé por qué me pasó tal o cual cosa” o “lo peor fue que yo permití todo eso”.

Y ojo, yo jamás culpabilizaría (y creo que a veces ni siquiera responsabilizaría) a una víctima por lo que vivió, pero si creo que en algunos casos debemos y podemos analizar

¿Por qué nos vemos envueltas en determinadas historias y de forma reiterativa?

En el libro ‘Las mujeres que aman demasiado’, la psicoterapeuta estadounidense Robin Norwood explica que las mujeres buscan (sin notarlo) hombres con quienes continuar los patrones perjudiciales de relacionamiento que desarrollaron en su niñez.

“¿Por qué la mujer cuyo padre nunca estuvo presente emocionalmente encuentra un hombre cuya atención busca pero no puede ganar? ¿Cómo una mujer que proviene de un espacio violento forma pareja con un hombre que la golpea? ¿Por qué quien se crio en un hogar alcohólico encuentra un hombre que desarrolla esta enfermedad? ¿Cómo una mujer cuya madre siempre dependió de ella termina con un esposo que necesita que lo cuide?”

Al respecto, existe un viejo cliché que asegura que las personas se casan con las fotocopias de sus padres. Pero muchos psicólogos afirman que este concepto no es del todo acertado.

No es tan cierto que la pareja que elegimos sea igual a mamá o papá, sino que con esa pareja podemos sentir y enfrentar los mismos desafíos que tuvimos al crecer.

Es decir, repetimos la atmósfera de la niñez. Nos sentimos en casa, experimentando situaciones y sentimientos que nos resultan familiares, aunque nos duelan muchísimo.

Si además el otro parece brindarnos la oportunidad de triunfar sobre los sentimientos infantiles de dolor y desamparo, de no ser amada ni necesitada, entonces la atracción se vuelve tan dañina como irresistible.

“Recreamos y volvemos a experimentar relaciones infelices en un intento de hacerlas manejables, de dominarlas”, explica Norwood.

Cuando entendemos algunas de estas cosas, dejamos de preguntarnos cómo fue que nos pasó eso y entendemos que tampoco sirve culparnos ni culpar al núcleo familiar.

Toca intentar algo distinto.

Pero ¿adivinen? Cuando nos encontramos con un hombre con una conducta más sana, menos necesitada, inmadura o abusiva, nos cuesta hallarnos, sentirnos cómodas.

Diría Norwood: “Nos atraen los hombres que reproducen la lucha que soportamos con nuestras primeras figuras de apego, cuando tratábamos de ser lo suficientemente buenas, cariñosas, útiles e inteligentes para ganar el amor, atención o aprobación de aquellos que no podían darnos lo que necesitábamos, por sus propios problemas y preocupaciones”.

Pero eso puede cambiar. Yo soy una prueba viviente de lo que aseguro.  

Y a ti ¿te ha pasado algo similar?

Por: Jessica Dos Santos

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