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Crónica de todos los tiempos

En Maja mía, Ernesto Villegas cuenta la historia de una migración que puede ser leída tanto desde la experiencia individual, como la de un colectivo nacional o, incluso, la de la humanidad entera.

Se migra casi siempre por necesidad. Atrás queda una rémora de recuerdos que se niegan a desaparecer puesto que, alcanzada cierta edad, el lugar de nacimiento se hace parte esencial de la psiquis del individuo. Allí permanece como un sustrato inamovible, incluso si el resto de su vida transcurre muy lejos del lugar de origen. Esa añoranza, paradójicamente, no obstaculiza la capacidad de compenetrarse en profundidad con un nuevo entorno físico y cultural.

Sucede así con Maja Poljak, madre del autor de este libro, de quien se narra la odisea que la llevó de su Croacia natal hasta Venezuela. Aquí se involucra en el devenir político del país con un compromiso poco común entre los inmigrantes. A pesar de ello, cíclicamente el narrador describe lo que podría equipararse con un brote de nostalgia, el interés por un presente que ocurre en otro lugar. El ciclo se cierra mucho tiempo después con un viaje a la Croacia de origen, como quien recoge los pasos antes de la transición definitiva.

Frente a un libro como Maja mía, es normal que el lector se disponga a abordar una crónica familiar con los detalles, a la vez curiosos y conocidos, propios de ese tipo de crónica; es decir, una saga familiar contada desde el apego y la pertenencia.

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Pues no, junto a lo familiar teñido de afecto, Villegas ha trazado un fresco que desborda con creces ese espacio inicial y esperable. Lo que ha hecho es, simplemente, insertar a sus ancestros en el contexto histórico de cada etapa de sus vidas.

Lo de “simplemente” es pura ironía. No hay nada simple en la enorme investigación que respalda el libro de Villegas; una extraordinaria panorámica del siglo XX y los primeros años del XXI que desborda información y análisis sobre los hechos centrales de ese lapso de tiempo.

En paralelo al devenir de bisabuelos, abuelos y padres, el autor se pasea, con conocimiento de causa, por un largo período histórico que va desde los acontecimientos que en Europa dieron paso al nazismo y la Segunda Guerra Mundial, pasando por la conflictividad partidista de la Venezuela de Medina Angarita, hasta hechos aún tan actuales como la disputa por el territorio esequibo.

El mérito primordial de Villegas reside en el armado de esa especie de rompecabezas en el que podría convertirse el amplio material historiográfico manejado en paralelo con la historia familiar. La imbricación de ambas narrativas se resuelve gracias a la estrategia del narrador de asociar en cada capítulo pequeños, y no tan pequeños, eventos familiares con los macroeventos históricos como si fueran un solo.

Así, por ejemplo, los capítulos comienzan siempre con algún hecho familiar -un traslado a otra ubicación, un cumpleaños, el inicio de una nueva actividad laboral- lo que establece una concatenación con los eventos macro desplegados como un escenario en el que discurre el devenir de los personajes familiares.

A pesar del rigor del discurso histórico, Villegas no pierde en ningún momento un tono narrativo, cuasi novelesco, reforzado por el uso de un narrador mayormente en tercera persona, lo que promueve un necesario distanciamiento de la voz que narra con el acontecer de esos personajes que son su familia más cercana.

Solo en la última parte del libro, el Villegas narrador se permite aparecer abiertamente como personaje. Esta última parte se torna más intimista, más concentrada en lo familiar.
Se trata de un homenaje final antes de encarar la muerte de quienes hasta ahora han sido caracteres a quienes la cotidianidad tocaba solo tangencialmente, tan involucrados estaban en la dimensión macro de la historia.

Así pues, Maja mía puede ser leído desde la intrahistoria de una familia cuyo destino estuvo marcado por la actividad política y las consecuencias propias de esa militancia; o como una revisión de las grandes ocurrencias marciales y políticas del siglo XX, en Europa y en Venezuela.

Aunque, a decir verdad, resulta casi imposible, además de poco provechoso, separar un ámbito del otro.

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