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Del sentimiento idílico de conspirar

No hay hoy, al menos que sobreviva con pulso considerable, la presencia de un cuerpo literario que refiera los desmanes del gobierno de Marcos Pérez Jiménez (1950-1958). Cierto es que se trata de un período aún tierno en la evolución de la narrativa venezolana, pero no deja de ser curiosa la exigua cantidad de obras dedicadas a un tema que por su naturaleza se supone de gran potencial dramático.

A la caída del régimen militar, el 23 de Enero de 1958, la efusión popular daba automática cuenta del cese de un oscuro ciclo político para la gran mayoría de los venezolanos. El derrocamiento de Pérez Jiménez se vivía en aquel momento, incluso para quienes no lo adversaban abiertamente, como el merecido final de un régimen arbitrario y tiránico. Ya podían, por fin, desvelarse sus masculladas oscuridades, abrirse sus siniestros calabozos, desahogarse sus innumerables prisioneros políticos. Y mucho de ello hubo sin duda, aunque una marcada inclinación hacia el rescate súbito de las libertades democráticas se arrogara la atención del país. Sobre los escombros de un eclipsado capítulo político se fundaban enseguida las bases de una nueva esperanza histórica.

El caso es que, en contradicción con la riqueza de las referencias historiográficas, el tema debió resultar poco atractivo a nuestros literatos. Y vaya si nos haría falta al imaginario popular de las generaciones siguientes. Para probarlo baste mencionar el éxito abrumador que una telenovela, “Estefanía” (RCTV, 1979), tendría veinte años después, opúsculo que recobraba, entre otras representaciones, la perversa iconografía del “esbirro” y el carácter de una lucha libertaria ya algo extraña al contexto venezolano.

Cuatro décadas más tarde, la edición de “La calle 9”, del escritor venezolano Pedro Calzadilla Álvarez (El Perro y la Rana, 2020), resulta una auténtica sorpresa, tanto por lo ya mencionado como por el hecho de que su autor narra acontecimientos vividos de primera mano. En la obra de Calzadilla Álvarez, periodista e historiador, figuran varios textos acerca de sus experiencias como preso político (El pabellón de los rojos, memorias de la cárcel 1954-1955, 2006), por lo que es de suponer que en esta novela más de un detalle tenga rigor histórico. Además es creador de una serie de anales referidos a Altagracia de Orituco, de donde es oriundo, población que aquí, en “La calle 9”, podría llamarse San Miguel.

Escoge el autor a una pareja de jóvenes provincianos para volver a contar la historia de la migración rural hacia la ciudad, experiencia que será, de nuevo, una traumática colisión existencial pero que esta vez tendrá la particularidad de germinar en sus protagonistas una razón de ser. Esa urbe se nos describe, además, con un cierto deslumbramiento, esa Caracas, que adquiere también tono protagónico, irradia sus portentos, justifica el tránsito resuelto de sus peatones, da sentido a lo político como quehacer del hombre y, aquí particularmente, de la mujer.

Quien guste recorrerla geográficamente encontrará una virtud adicional en la descripción de dos o tres referencias vitales de la parroquia El Valle –de Los Jardines más precisamente–, en la mención de estas calles enunciadas por un matemático perceptivo, que de número en número han otorgado coordenadas a la nostalgia. Sobre ellas circulan gentes llanas, afables, socarronas, cuyas circunstancias contagiarán de espíritu rebelde a la parroquia y, como consecuencia, serán las responsables de su “prontuario” combativo.

Y así se comprenderá también las razones, a veces ingenuas, a veces románticas, siempre intrépidas, de unos personajes ganados a unos ideales altruistas y desinteresados. Cómo y por qué dan sentido a un quehacer conspirativo que determina la proyección de la vida más allá de la vida.

Todo lo expone Calzadilla Álvarez con desenfado, empleando el mismo lenguaje de sus personajes, la misma cándida sencillez, a despecho de sutilezas narrativas: el tono paternal y pedagógico de un militante eternamente comprometido.

Tres lúcidas obras sobre un período sombrío

La muerte de Honorio (1962), Miguel Otero Silva
Un tenedor de libros, un periodista, un médico, un capitán y un barbero: cinco hombres con distintos oficios, ideologías e historias, se encuentran prisioneros en el mismo calabozo. El espacio que comparten es pequeño y oscuro, tan tenebroso como el país en el que viven. Aun cuando son diferentes en muchos aspectos, el horror lo une: cuatro de ellos ya han conocido el infierno y un quinto vio su sueño de toda la vida convertirse, poco a poco, en una pesadilla.

Se llamaba SN (1964), José Vicente Abreu
Este libro es la radiografía del odio de una época odiada y odiosa, escrita sin odio y sin la intención de hacer literatura conceptual o convencional a costa del amasijo de dolor que dejó hombres mutilados mental y físicamente, y cruces de héroes anónimos sembrados por todos los caminos de la patria venezolana. Es un libro escrito por la necesidad misma de contar la experiencia directa de un hombre en esa Venezuela oculta que se movía bajo la piel de la Venezuela oficialmente feliz y próspera. Es un testimonio puro de la dramática circunstancia que vivieron los venezolanos en las barricadas de la resistencia, en las cámaras de tortura, en las cárceles y en los campos de concentración. Por eso lleva implícito el valor de documento excepcional.

Cuando quiero llorar no lloro (1970), Miguel Otero Silva
La novela comienza pocos días antes del derrocamiento de Rómulo Gallegos y el comienzo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y cuenta la historia de tres venezolanos de distintas clases sociales que comparten el mismo nombre, fecha de nacimiento y de muerte. El joven de clase baja (Victorino Pérez) se vuelve un criminal común, el de clase media (Victorino Perdomo) se une a la guerrilla y el de clase alta (Victorino Peralta) se liga a una pandilla de muchachos ricos. Las anécdotas vitales de los tres muchachos sirven como vehículos para plasmar la condición en cada uno de sus estratos sociales y los efectos del ambiente de violencia e inestabilidad que permeaba al país en ese momento.