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Drácula de Bram Stoker, 125 años de un miedo inmortal

La obra se publicó por primera vez el 26 de mayo de 1897

La buena fortuna que la posteridad reserva a ciertas obras de la literatura tiene relación por lo general con lo oportunos que resultan sus autores reuniendo en ellas un cúmulo de circunstancias históricas irrepetibles, emulando el buen oficio de un astrónomo que captara una conjunción planetaria inusitada.

Uno tiene la impresión de que ‘Drácula’ lo es por muchas más razones que la que salta a la vista (haber construido el espanto más potente de la ficción literaria), y que a ello debían aludir Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle cuando la ponderaron con tanto encomio. Para Wilde resultaba “la novela más hermosa jamás escrita”, y el calificativo ‘hermoso’ no parece el más natural para referirse a una historia de crímenes sangrientos.

Pero es que a 125 años de su publicación (un 26 de mayo de 1897), adentrarse en su lectura es comenzar a admirarse por la forma en que la novela va construyendo un instante crucial de la literatura universal. La llegada al inhóspito castillo de Transilvania supone la concreción de un hito para el que los preceptos religiosos prepararon al hombre moderno: el abominable encuentro cara a cara con el mal. En lo sucesivo, y por largas décadas, será el rostro del vampiro el que sustituirá las amorfas sombras de la pesadilla, acomodándose allí con la naturalidad de una profecía autocumplida. Haber focalizado en su figura el miedo decimonónico fue el más contundente acierto de Bram Stoker, el autor de la obra.

Acertada fue también, pensando en la construcción dramática, la exuberancia barroca en la que este “príncipe de las tinieblas” ejerce su dominio, una esfera que le entorna y a la que se someten ciertas instancias infrahumanas. Su poder aplica sobre el punto ciego de los mortales, aquello que abandonan al miedo o al más vergonzoso silencio: el mal, la locura, la muerte, la falsa moral o el erotismo. Una galería de alimañas late en la penumbra extendida, incluida la corte de vampiresas que otorga a la historia un toque sexual.

Asimismo, la certera concepción del grupo de personajes opone un eficiente contrapeso al efecto gravitacional del protagonista. En particular el enigmático profesor Van Helsing, todo luz y sapiencia, y la sugerente Mina Harker, vindicadora de una sensibilidad femenina conciliada con su rol heroico, un enfoque nada común en las narraciones de la época.

Hasta la aparición de esta novela, los monstruos de la literatura surgen de mitos tradicionales –con la excepción quizá de Frankenstein– y a ellos se atienen consabidamente. Tributaria también de la leyenda, la historia de ‘Drácula’ se vio, en cambio, enriquecida por un entramado de temas y escenarios que incidirían cada vez con mayor peso en el imaginario del siglo siguiente, período esperpéntico por excelencia.

Tocado por la musa de la oportunidad, Bram Stoker prolonga el efecto que la literatura adquiere con la obra de Edgar Allan Poe. La capacidad de conectar con el temor pánico a través de una historia ficticia supone un poder de cariz hipnótico al que las mentes lectoras se vienen rindiendo desde entonces. La discrecional invocación de aquello que nos aterra pasó de ser un placer culposo a convertirse en un deleite colectivo gracias al cine, que tomará el testigo como vasija de quimeras.

Esto explica el halo de fascinación en que trocará la figura de Drácula en la iconografía cinematográfica. De la ominosa efigie de Orlock, facsímil expresionista atribuido al cineasta F.W. Murnau (cuyo rostro continúa siendo hoy en día lo más aterrador que se pueda concebir) al glamoroso retrato que encarnarán progresivamente los Béla Lugosi, Christopher Lee, Frank Langella, George Hamilton o Gary Oldman, este último en abierta concesión a la idea del ‘sugar daddy’, propia de la cultura ‘pop’.

¿A cuál debía parecerse el personaje concebido por Stoker?

No ha mucho, ciertos visitantes turísticos del castillo de Drácula, a las afueras de la población de Bistritz (donde tiene lugar el primer capítulo de la novela), pudieron verificar, mientras recreaban su fantasmagórica evasión de un ataúd, que el celebérrimo vampiro se les mostraba con el rostro de un pinche de cocina previamente avistado. El terror, esa emoción hoy consensuada por los diletantes del género, los paralizó. La capacidad de atemorizar del cocinero había resultado suficiente para ellos.

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