El infinito periplo de unos entes diminutos

La cosa viene a cuento a raíz de la pandemia. De otra manera casi nadie estaría hablando, y escribiendo, sobre el tema. Y es que el tópico tendía a apasionar poco. Por etéreo, naturalmente. Si no fuera por un muy reducido grupo de virólogos –aquellos que estudian los virus y las enfermedades que estos generan–, sería materia pendiente del género humano. Y henos aquí hoy azorados por este ente monstruoso, inesperado y cruel, que se instaló en nuestra realidad y nos cambió para siempre.

“Viral”, el libro del español Juan Fueyo, ofrece luces sobre el tema, una tarea en la que nos quedan debiendo los responsables de la Organización Mundial de la Salud, cuyo discurso equívoco, contradictorio incluso, ha generado el despiste general de la población. Esto sin considerar las ideas de influyentes voceros, presidentes, ministros de salud, líderes religiosos, que aportan su cuota de patraña a la especie. Ni las de las farmacéuticas transnacionales, atravesadas por sus intereses milmillonarios. La singular formulación de diversas teorías al uso sobre las formas de contagio, tipos de tratamiento y medicamentos a emplear, vacunas incluidas, ha contribuido poco a la causa anticovid-19.

Pero esta situación que parece inédita tiene un correlato en el mundo de la biología que nos rebasa en millones de años en la cronología planetaria. Es la historia de los virus, estas células primitivas de las que, al igual que de los zombis, se puede decir que ni están vivas ni están muertas. Así nos lo cuenta este neurólogo asturiano, cuyo nombre se ha hecho –nunca expresado con más ironía– “viral”, a causa de un libro que nos llega “como pedrada en ojo de boticario”, para seguir con la retórica alusiva.

“Viral” es un libro que aporta enormidad de datos científicos pero que está escrito con destreza humanista, algo ya de por sí digno de destacar en el mundo editorial, donde ambas ramas figuran bifurcadas muy pronto en la base del árbol de intereses. Fueyo es autor de dos libros anteriores (“Te dirán que es imposible” y “Exilios y odiseas”) que ya dan una pista acerca de sus dotes narrativas, pero es también, y, sobre todo, un eminente profesor de la Universidad de Texas, a cargo del Centro Oncológico MD Anderson, donde se dedica a la ingeniería genética, diseñando virus que combaten el cáncer cerebral. Pocos como él, entonces, para acercarnos a materia tan hostil.

Su intento tiene rigor científico y pedagógico, además de histórico, al ofrecer una perspectiva panorámica sobre la “eterna lucha de la humanidad contra los virus”, cuyo linde inicia en el origen de todo, el “big bang”, abarca la evolución de las especies y alcanza el fin de los tiempos. En este recorrido resulta la raza humana una circunstancia tan solo, lo verdaderamente accidental cuando se mira en perspectiva.

Por los virus somos, dado que ellos han sido esenciales en los procesos de creación de la vida, y a los virus nos debemos, dada su capacidad de doblegarnos tal y como está sucediendo ahora y como ha sucedido en el pasado, cuando se les atribuye la autoría material en la extinción de otras especies, entre las cuales figuran primates como el hombre de Neandertal. Anota Fueyo: “Los virus nos acechan desde la oscuridad de la ignorancia, como las fieras husmeaban al hombre prehistórico antes del descubrimiento del fuego: en nuestra indefensión, los virus son nuestros depredadores más letales. El avance de la civilización puede detenerlo una pandemia. Fantaseamos, ajenos al peligro real, sobre la revolución de las máquinas y la esclavitud del hombre por la inteligencia artificial, tenemos pesadillas con la singularidad tecnológica. Y, no obstante, es posible que muy pronto un virus asesine al setenta y cinco por ciento de la población mundial…”.

La posibilidad de nuevas pandemias, por cierto, no está solo referida a contingencias fortuitas. Se agregan en el libro ejemplos de confrontaciones bélicas en las que los virus han sido parte del arsenal ofensivo: los espartanos envenenando el agua de los atenienses, durante el siglo V a.C.; los mongoles durante el asedio de Caffa, en 1343, arrojando cadáveres contaminados de peste bubónica sobre los muros de la ciudad; las huestes británicas transmitiendo viruela con cobijas contaminadas a las tribus indígenas de Pensilvania durante la Guerra de los Siete Años; hasta desembocar en los asaltos bioterroristas de la secta de Osho, con salmonella, en 1984, o las que siguieron al ataque de las Torres Gemelas, con correos impregnados con esporas de ántrax, en 2001.

El enfoque, que parece apocalíptico, quiere ser sobre todo humanista, configurando una suerte de advertencia lanzada al viento, que reivindica la información y la experiencia como bases para el cambio de paradigmas, centrados en el desarrollo de una ciencia “disruptiva”, que permita dar saltos en la línea del tiempo, apresurando descubrimientos y soluciones para las amenazas, ya consabidas, a las que la globalización ha dado cuerpo de manera desmesurada.

En cuanto al virus que nos aqueja (SARS-CoV-2), Fueyo ha descrito su hoja de vida. Propio del reino animal, su flamante notoriedad era esperada por los virólogos. El puente por el que el coronavirus accede a la raza humana se lo ha tendido nuestra propia especie, que en su progreso civilizatorio transgrede las puertas de un paraíso de 10.000 años. Confía el autor, como buen científico, en el desarrollo de vacunas que capeen este y otros temporales.

Vale la pena agregar un último dato que Fueyo revela al paso y que nos resulta por demás curioso: la primera fotografía de un espécimen de coronavirus fue realizada en 1964 y fue obtenida por una mujer. Durante 50 años su descubrimiento permaneció a la sombra. Y entonces llegó el Covid-19. June, la mujer natural de Escocia, se apellidaba Almeida, como el artista venezolano (Enrique Rosalio “Henry” Almeida) con quien se había unido en matrimonio en 1954.

Sobre pestes, pandemias y otras literaturas virales

Decamerón, Giovanni Boccaccio (1351). “Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora”.

Diario del año de la peste, Daniel Defoe (1722). “Se aprovisionaron de tal cantidad de píldoras, pociones y preservativos –como se los llamaba– que no solo desperdiciaban su dinero, sino que se envenenaban anticipadamente por miedo al veneno de la infección, y preparaban sus cuerpos para recibir la peste, en vez de protegerse contra ella”.

La máscara de la muerte roja, Edgar Allan Poe (1842). “Se producían agudos dolores, un súbito desvanecimiento y, después, un abundante sangrar por los poros y la disolución del ser. Las manchas purpúreas por el cuerpo, y especialmente por el rostro de la víctima, desechaban a esta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión”.

El bacilo robado”, H.G. Wells (1894). “Aquí está la peste encarcelada. Solo tiene que verter un tubo tan pequeño como este en un suministro de agua potable y decirles a estas diminutas partículas de vida, que para poder ser observadas deben teñirse y examinarse con los objetivos más potentes del microscopio y que son inodoras e insípidas: ‘Salid, aumentad, multiplicaos y llenad las cisternas’, y la muerte (muerte misteriosa e imposible de rastrear, muerte rápida y terrible, muerte llena de dolor e indignidad) se lanzará sobre la ciudad”.

La invasión sin paralelo, Jack London (1910). “Si hubiera sido una sola plaga, China podría haberla superado. Pero ninguna criatura era inmune a una veintena de plagas. El hombre que escapó de la viruela murió después de escarlatina. Quien era inmune a la fiebre amarilla moría de cólera; y si también fuese inmune a esta, la peste negra, que era la peste bubónica, lo mató. Porque fueron estas bacterias, gérmenes, microbios y bacilos cultivados en los laboratorios de Occidente lo que cayó sobre China con la lluvia de vidrio”.

La peste”, Albert Camus (1947). “Dichosos aquellos que no habían sido doblemente separados como algunos que antes de la epidemia no habían podido construir, con el primer intento, su amor y que habían perseguido ciegamente durante años el difícil acorde que logra incrustar uno en otro de los amantes enemigos”.

Ensayo sobre la ceguera, José Saramago (1998). “En palabras al alcance de todo el mundo, se trataba de poner en cuarentena a todas aquellas personas que, de acuerdo con la antigua práctica, heredada de los tiempos del cólera y de la fiebre amarilla tenían que permanecer apartados cuarenta días. Quería decir que tanto pueden ser cuarenta días como cuarenta semanas, o cuarenta meses, o cuarenta años, lo que es preciso que nadie salga de allí”.

 

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