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El narrador que siempre estuvo allí

Una imagen toma cuerpo para sintetizar la experiencia de leer a Haruki Murakami. Ese cuadro reúne, fundiéndolas, la idea del narrador vocacional y la noción de ubicuidad propia de la cultura ‘pop’, con la que se suele asociar al escritor. El lector comprende su lealtad a Murakami dado que accede recurrentemente a una suerte de kiosco atendido por el autor japonés desde tiempo inmemorial, provisto a perpetuidad de material inédito. Cualquiera sea la hora a la que pase por allí, sin tener demasiado conscientes las coordenadas, hallará libre un pequeño asiento en el que arrellanarse para escuchar entretenidas historias.

Habrá que agregar que no solo “entretenidas”, para hacerle un poco más de justicia a la imagen, puesto que el poder de seducción que estos relatos comportan contribuye a nublar la ecuanimidad del escucha (del lector), y, en consecuencia, su capacidad para valorar lo escuchado (lo leído). Desarrolladas a partir de un estilo descriptivo convencional, las historias se adentran sutilmente en una atmósfera onírica, por lo que el ejercicio semeja un proceso hipnótico en el que se termina dando crédito a las más surrealistas vicisitudes. Dejado el kiosco del viejo fabulista, el imprevisto auditor siente satisfechas sus necesidades si bien no sepa atinar cuáles.

Con esta ‘Primera persona del singular’ suman 27 los libros publicados por Murakami desde 1979, repartidos entre novelas, cuentos y ensayos. Es fácil discernir, entonces, por qué se tiene la sensación de que siempre ha estado allí, siendo una presencia constante en el ámbito editorial. A esto otro contribuyó también la obtención de una notable popularidad –extraña para un literato–, que se esparció en el viento al franquear el portal de la cultura norteamericana. Hoy en día, sus publicaciones generan el suficiente ruido para movilizar a oleadas de ‘fans’ a uno y otro lado del océano Pacífico.

¿Y cómo conecta ese mundo de ficción tan particular, introspectivo y melancólico, con una cantidad tan amplia de lectores? Por constituir esto un misterio hay quien le descalifica de entrada, considerándolo incluso un escritor para ‘millennials’, de ralea similar a la de J.K. Rowling. ¿Pero puede hablarse de un universo Murakami de la misma manera que se lo hace del que comprende a Harry Potter y compañía?

Diríamos que sí, salvando su condición volátil en tiempo y espacio –un cosmos alucinante que varios han comparado con el que, en el terreno cinematográfico, desarrollara David Lynch (para nosotros quizá análogo al onirismo poético de Hayao Miyazaki)– e intentaríamos constatarlo en los cuentos de ‘Primera persona del singular’.

Ocho son los relatos que integran este volumen. En cada uno de ellos se reserva el protagonismo a un hombre que narra, como lo indica el título de la obra, desde un “yo” que podría encarnar al propio Murakami, lo que le permite cubrir su narración con un celofán de rabiosa nostalgia. Al igual que los personajes masculinos que habitan sus novelas, esta iterativa primera persona del singular recrea episodios de su pasado con tal intensidad, con tal nivel de detalle, que pareciera estarlos reviviendo cíclica y obsesivamente. Y en esos episodios vuelven a tener cabida la música, la frustración amorosa, la soledad y el vacío existencial.

“Áspera piedra, fría almohada” abre el libro recuperando la historia de un idilio a partir de sus sonoridades poéticas, en este caso no necesariamente abstractas. Los amores perdidos siempre dejan una enseñanza, quiere probarnos el autor. “Flor y nata” es la crónica de un malentendido, una ensoñación acerca de la importancia de los sentidos para comprender el mundo que nos rodea. “Charlie Parker Plays Bossa Nova”, “With the Beatles” y “Carnaval” componen su ineludible homenaje a la música, en cada caso aderezados con dosis medidas de amargo surrealismo.

“Antología poética de los Yakult Swalows de Tokio” es el desagravio de dos veleidades en una: su fanatismo por el beisbol y su vocación frustrada por la poesía. “Confesiones de un mono de Shinagawa” da cauce al episodio más onírico del libro y a la vez el más “humano”. “Primera persona del singular” cierra con la firma del escritor el capítulo de desarrollo más introspectivo y, acaso, de sustancia más autobiográfica.

Cómo este torrente de melancolías termina conformando un bálsamo poético para el lector supone uno de los misterios (y de las virtudes) definitorios de la obra de Murakami. Debemos reconocer que no parece el camino más directo para conseguirlo pero quizá en ese desvío, en esa serpenteante vereda, radique el secreto de su éxito.

2 COMENTARIOS

  1. Muy grato saber de Murakami mediante esta excelente cronica de C.Cova y por supuesto Tusquets…siempre alli para promover a sus autores.
    Me pregunto – muy respetuosamente- qué sera de los autores que obtienen premios nacionales o regionales en el pais y si habrá alguno que valga la pena reseñar…

  2. Amé de Murakami su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Una descriptiva insuperable.

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