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Entre la realidad y la ficción gana la memoria

‘El libro de las cicatrices’ de José Negrón Valera

Hay dos cosas que cabe agradecer al escritor José Negrón Valera a propósito de esta, su más reciente novela. Una es el haber abordado con relativo acierto el género policial, especie literaria inhabitual en nuestro país, en el que un puñado de títulos no han bastado para erigir su propio nicho editorial. El llamado ‘thriller’, que tanto juego ha dado al cine y tan rentable resulta a las grandes editoriales, no termina de consustanciarse con esta tierra franca, de gentes poco dadas a la promoción –a la sustentación por más de 24 horas– de las conspiraciones secretas.

Lo otro que vale la pena reconocer en ‘El libro de las cicatrices’ es el intento de colar por entre los férreos clichés de género un discurso sobre realidades sociales saturadas de matices. Además de intentar conquistar al lector a través de una trama brutal y truculenta, Negrón Valera quiere hablar de un país en el que el horror de la violencia contra la mujer tiene una lectura más espesa, que trasciende la ficción de su novela.

Ambas valoraciones parecen enfrentarse en el campo de la semántica pero adquieren sentido en el mundo de la literatura, siempre y cuando logren dar con el pulso narrativo adecuado. Porque la estructura que la novela policial impone en la tarea de construir el relato –su anzuelo pero también su hándicap–, acaba fungiendo como un corsé para los giros metaliterarios, ese mundo alegórico que en ‘El libro de las cicatrices’ intenta ser revelación o denuncia.

Dos mundos cohabitan en el espacio de la obra. Uno que empuja los personajes hacia el estereotipo –malos muy malos y buenos muy buenos– y otro que se va constituyendo de carne y hueso, ferozmente real. Avanzados los capítulos del libro, el peso de la historia cruda, esa que se impone por semejanza a la realidad, comienza a solapar, a arrollar, a la historia de la trama, haciéndola a ratos accesoria. Cuando el autor apuesta a los tópicos de género, cierta gratuidad en el discurrir de los acontecimientos, cierta unidimensionalidad en el perfil de los personajes, distancia al lector de aquello sobre lo que pretende sensibilizar.

La detective Lorena Díaz reactiva una investigación suspendida veinte años en el tiempo. Resolver el femicidio de una condiscípula (Silvana Guzmán) se prefigura ineludible para que su vida, y podría decirse que la del país donde vive (indefectiblemente el nuestro), pueda seguir adelante. La aparición del cuerpo de la mujer supone el chasquido de dedos que deshace un sortilegio de dos décadas, durante las cuales la realidad ha sido atajada por la pugna política.

Lorena rescata del pasado a los personajes que le ayudarán a resolver el caso. Durante ese “rescate” se nos revela el perfil de una mujer valiente, determinada, que va contagiando su actitud a la galería, que enfrenta mientras tanto un entorno hostil, en el que se prefiguran la indolencia del sistema de justicia, la lucha por el poder, la corrupción moral y la violencia.

Pablo Linares, suerte de “escudero” en esta pendencia, es, en cambio, un personaje metafísico. Haberlo traído desde el pasado le endosa un rol contemplativo. Inmerso en la perplejidad, su aporte tiene carácter etéreo –sin duda simbólico–, por más que se le intente redimir al final de la historia.

Plegados al esquema maniqueísta de la novela policial, el resto de los personajes cumplen un papel más utilitario: la propia Silvana, Paula y Antonio Guzmán (hermana y padre de la víctima), Wifi (el consabido ‘hacker’) y los jefes de policía (Vásquez y Flores), del lado del bien, y Zitmann, Augusto Zuloaga y Fabricio Kolakowski, del lado del mal, responden a una mera, y habría que decir correcta, elaboración literaria.

Al margen queda el discurso sobre la realidad, en el que Negrón Valera alcanza un logrado nivel de sutileza. Esos pasajes que refieren a la vida universitaria de los protagonistas constituyen las mejores páginas de ‘El libro de las cicatrices’. En la medida en que se cargan de sentimiento y memoria, dan cuenta de una historia que siempre ha carecido de relatores acreditados en nuestro país, de testigos que lo sean por excepción, de excepción que lo sea por cercanía, de cercanía que lo sea por convicción.

Hay en este libro esa honestidad. Y es lo que merece ser reconocido incluso por encima de sus virtudes creativas.

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