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La zona más oscura de la oscuridad

Lo sobrenatural asienta en cada gesto cotidiano. La llave que conecta con ese plano está al alcance de cualquiera que se decida a encontrarla. La posibilidad de su éxito, es decir, el conseguir allanar la imprecisa distancia que la separa de una realidad ordinaria, es similar a la que tendría cualquier otra tarea. Siempre es una cuestión de tenacidad. No resulta, por tanto, particularmente difícil acceder a ello.

El hechizo y la cábala, lo extrasensorial, el espanto y la quimera, componen un amplio jardín en el cual se puede hacer vida de manera definitiva. Explica esto la afinidad general por lo que se encuentra oculto tras esa ligera membrana, y en particular por aquello que nos permite trascenderla a discreción: el género de terror.

En “Nuestra parte de noche”, su autora, Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), atraviesa ese otro lado para entregarnos interpretaciones vívidas de aquello que no podría explicarse sino desde su orilla. En este caso, una formidable alegoría sobre la materia que sostiene el mundo de lo sobrenatural: la oscuridad. Se trata de una novela que nos va revelando desde la voz de varios de sus miembros la historia de una secta idólatra, tan terrible como aquello que reverencian, una cofradía que por no comprender la dimensión de lo que venera termina envaneciéndolo, como la mayoría de las religiones modernas.

No deja la autora que esta degradación se produzca solo en sus adeptos o advenedizos incautos. El debate sobre el bien y el mal consigue involucrarnos a los lectores, en principio, y logrado el objetivo, busca atraparnos en su atmósfera. Lo que nos cuenta nos cimbra porque edifica una desviación posible, verídica, de la realidad y porque pinta, en una gradación suprema de matices, imágenes de esa realidad. Hay allí un inventario de monstruosidades escogidas de entre lo más pavoroso del género. Alucinaciones que mutan en recuerdos que luego mutan en pesadillas, ectoplasmas crónicos, leit-motiv inquietantes, feroces sesiones rituales y una iconografía inspirada en el cine de terror asiático.

Juan y su hijo de seis años (Gaspar) realizan un viaje a lo profundo de la selva del Paraná a mediados de la década del 70. Llevan consigo un cúmulo de misterios que se irán revelando a partir de ese momento y a lo largo de los veinte años siguientes. Parte de esos secretos explicarán la rígida relación entre padre e hijo (a ratos rebosante de cierta afectividad), la razón de la ausencia de la madre o el enigmático cariz de su árbol genealógico en pleno.

El descubrimiento de cada misterio se va dosificando a lo largo de la novela, por más que exponga pronto su acontecimiento nuclear: la manifestación de una deidad terrible, similar a un agujero negro, que despedaza a la feligresía con la anuencia de sus oficiantes y que ellos dan en llamar La Oscuridad.

Juan y Gaspar, ciencia e inconsciencia de un destino fatal, buscan evadirse de algo que comienza a bosquejarse como una maldición. Pero no una de carácter esotérico, sino una, más prosaica, tétricamente humana, generada por los miembros de su familia, enervados por el afán de poder que, suponen, les tiene destinado el más definitivo de los cultos, aquel que podría garantizarles la vida eterna.

“Nuestra parte de noche” tiene la capacidad de abstraernos de la realidad sosteniendo su influjo a través de su larga, e inusual, extensión. Seiscientas páginas leídas con perturbada atención terminan por afectar, al menos de modo pasajero, la cotidiana asimilación de las cosas. Fungen como el talismán que, en otras manos, quizá menos ponderadas, servirá para sortear la quebradiza frontera de lo sobrenatural.

3 Novelas aterradoras sobre sectas

“La semilla del diablo”, Ira Levin (1967)
Rosemary Woodhouse y su marido, Guy, un actor poco reconocido que lucha por abrirse paso en su carrera, se mudan a un edificio de apartamentos neoyorquino, el Bramford, signado por una fama ominosa y habitado por ancianos. Roman y Minnie Castavet, vecinos de los Woodhouse, acuden a darles la bienvenida e intentan, por todos los medios, establecer relación con ellos. Rosemary se muestra renuente a frecuentarlos, no sólo porque los considera extraños sino también por los misteriosos ruidos procedentes de su apartamento.

“Superviviente”, Chuck Palahniuk (1999)
Tender Branson, último superviviente de la llamada Iglesia del Credo, secta manipuladora que utiliza a las personas para su propio beneficio económico (y que ordena el suicidio a sus fieles en el momento de que son descubiertos como miembros) dicta su vida a la caja negra del vuelo 2039, que surca los cielos en piloto automático a más de 39.000 pies sobre el océano Pacífico. Está solo en el avión, que se estrellará en breves en el vasto desierto australiano. Pero antes de que eso suceda, quiere dejar constancia de su travesía personal, de cómo pasó de niño creyente y humilde criado a un abotargado mesías mediático atiborrado de colágeno y esteroides.

“1Q84”, Haruki Murakami (2009)
La novela se desarrolla en dos planos narrativos alternados. Por un lado está la línea de Aomame, quien se ve enfrentada al reto mayor de su carrera: debe liquidar al líder de una secta religiosa, bien resguardado por su escolta, que ha abusado sexualmente de varias niñas, incluida su hija. Por otro lado está la línea de Tengo, un profesor de matemáticas y autor de novelas no publicadas que se ve envuelto en un fraude: su jefe le ha pedido que reescriba una novela, La crisálida del aire, creada por una muchacha de 17 años, para que así se le pueda otorgar un jugoso premio literario.