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Letras de Latinoamérica, entre la perplejidad y el embeleso

Mariposas amarillas y los señores dictadores, Michi Strausfeld

Del mismo modo que un explotador se desentiende de la esencia del sujeto al que explota, Europa mostró siempre una manifiesta despreocupación por comprender la esencia de América Latina. Su prioridad había sido saquearla a manos llenas en un primer momento. Luego, tras el proceso de Independencia, fue saquearla con diplomacia. Y así llegamos hasta el presente, en el cual lo diplomático ha comenzado a hacerse innecesario. En los albores del tercer milenio los intereses geoestratégicos ya no se llevan de manera políticamente correcta.

Por otro lado, hubo, sí, ciertos prohombres, como Alejandro de Humboldt, que se entusiasmaron por nuestra tierra y a ella vinieron a ofrecer sus aportes, individuos que miraron el Nuevo Mundo con espontánea fascinación y lo convirtieron en su objeto de estudio. Mishi Strausfeld califica como uno de ellos, una ‘promujer’ –en todo caso– que abre trocha en esos aún montaraces senderos de la existencia, según la perspectiva del primer mundo. Y lo hace desde el campo que la tiene como una autoridad, tanto por tratarse de su especialidad académica como por las circunstancias que la fusionaron con varios de sus exponentes más importantes.

Strausfeld se había dejado maravillar desde joven por el valor excepcional de la literatura latinoamericana –su tesis doctoral versó sobre “Cien años de soledad”–, a cuya difusión se dedicaría en cuerpo y alma, laborando para importantes editoriales europeas, explorando un acervo tan florido y opulento como las riquezas minerales que tan caros nos habían hecho a los conquistadores. La excepcionalidad de ese tesoro rebosaba el contenedor, la obra propiamente dicha, y se encarnaba en la exuberante biografía de sus creadores.

Michi se amistó entonces con García Márquez y Vargas Llosa, fue confidente de Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti, alternó en prolongadas estancias con Alejo Carpentier y Darcy Ribeiro, fue acompañante de Octavio Paz, cómplice de Julio Cortázar… para acabar fundida en la médula del “boom”, estridente brote de autores, obras e innovaciones narrativas que por una vez integró la idea de una esencia común, durante los años 60 y 70. De esta manera se hizo la propagandista oficial de muchos escritores latinoamericanos en tierra germana, una Humboldt rediviva, enmendando el ancestral desinterés de sus coterráneos.

La curiosidad se mantuvo por años y la editora alemana despabiló, con acción retardada, ante la siguiente hipótesis: ¿Acudiendo incluso a las fuentes precolombinas, sería posible recrear la historia de América Latina a través del estudio de sus obras literarias? La respuesta es “Mariposas amarillas y los señores dictadores”, un voluminoso acopio de ensayos y crónicas, acuciosamente categorizados por épocas, corrientes, países y autores.

Y, ciertamente, está contenida en este cúmulo de títulos una relación de hechos que cumplen con la hipótesis de Strausfeld pero que aún la llevan más allá, porque en el fondo de la gran mayoría de esas obras lo que importa no es el qué, sino el porqué de esa historia, como siempre resultó evidente para nosotros, intuitivos lectores nacionales. A veces, de manera prodigiosamente lúcida, como en la prosa de Domingo Faustino Sarmiento, José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, José Carlos Mariátegui, Octavio Paz, Roberto Fernández Retamar o Eduardo Galeano, a veces en la narrativa lírica de los autores real-maravillosos o realista-mágicos, conforme la manera en que fueron adjetivados por relatar acontecimientos que en Europa no terminaban de dar por ciertos.

Como lo evidencia su título, el libro hace holgado espacio al tema de las dictaduras que en Latinoamérica han sido, reconociendo tras ellas la mano peluda del imperio, y sobre las cuales un cónclave de inspirados escritores ejerció quizá el más creativo de sus ejercicios literarios, fuera para sortear la censura en muchos casos, fuera para darle un carácter internacional a su denuncia.

Entre la perplejidad y el embeleso, el enfoque de Strausfeld reproduce las maneras de cierta intelectualidad de izquierda europea, excesivamente cándida y tolerante con la figura del revolucionario heroico, vertido en gruesas páginas hermenéuticas –cuando se trata de Emiliano Zapata o Fidel Castro, por ejemplo–, pero recelosa y escéptica cuando la realidad de esas sublevaciones nacionales se muestra en toda su crudeza, cuando su devenir no mantiene un curso puro e invicto.

Esto ha impedido que en el capítulo referido a la Venezuela contemporánea, la obra atine a cumplir con su propósito. No podrían contar la historia de los últimos años, desde luego, los escritores citados que firman una escasa porción de ficciones desde fuera de esa realidad, es decir desde otra ficción, ni conseguirían hacerlo si se tratara de obras consistentes, literariamente hablando, o mínimamente trascendentes en términos de lectores. Constituyen gran omisión aquí autores como Orlando Araujo, Ludovico Silva o Luis Britto García, para no anotar una larga lista de narradores, a menudo soslayados por la crítica internacional.

Con todo, estamos ante una revisión notable de la historia de las letras latinoamericanas, que por serlo bajo una óptica extranjera vale para descifrar lo que tendemos a no ver desde adentro. Es sabido que la perspectiva óptima es aquella que obliga un cierto distanciamiento.