Sin crimen no hay paraíso

El problema con el concepto de paraíso que la sociedad moderna ha dibujado en nuestra mente es su falta de sostenibilidad. El largo recuento de historias personales nos ofrece un balance irrebatible: la permanencia del ser humano en el edén nunca es definitiva. Es decir, para aquellos que llegan a percibir una idea de la felicidad, y sobre todo para ellos, involuntarios pasajeros de la fortuna, las bienaventuranzas son una falacia.

La escritora mexicana Fernanda Melchor aporta con esta novela un nuevo argumento a la especie. Por eso la carga irónica del título, grafía incorrecta, y por tanto ordinaria, del término que mejor designa un concepto idealizado, en el idioma adecuado para designarlo. “Páradais” es también la paradoja de la idea a la que remite. Un paraíso equívoco no puede ser sino una metáfora del infierno, y eso resulta ser el conjunto residencial en el que se desarrolla la historia.

Situado en coordenadas del litoral veracruzano, el escenario de la novela se compone en sí mismo por dos realidades polarizadas que abrevian el espectro social. Lo narrado por Melchor aquí alcanza las formas de lo extremo. Los elementos de la narración (escenarios, personajes, lenguaje) tienen intención alegórica, aunque no por ello resultan menos eficaces. Es esta, por cierto, una de las virtudes de la escritora, que ya ha probado la fuerza de su estilo en la previa “Temporada de huracanes”.

Narrada desde la perspectiva de uno de sus dos personajes principales, la del “pobre” (aplicando el enfoque de tipologías nítidas), la novela se adentra en la genealogía de un crimen que ocurrirá en algún momento, más adelante, pero sobre cuyo desenlace no se apura la autora, más sensible a la descripción de los detalles marginales (nunca dicho con mayor propiedad).

Así conoceremos a través de Polo, un adolescente que labora como jardinero en el conjunto residencial, la crudeza de su miseria, descrita en el tono que cabe más natural, el de un renegado autocompasivo que aspira, sin embargo, a otra realidad. Un personaje que habla y discurre con capacidad totalizadora acerca de su entorno marginal, un gigantesco magma de significantes que cubre lo religioso y alcanza lo pagano, compuesto a partes iguales por el arquetipo moral y la praxis del sobreviviente, donde el sentido de la vida viene en una cartilla y es enunciado como una letanía.

Opuesto a él, el adolescente “rico” resulta un personaje plano, irreflexivo, vehículo tan solo de la obsesión que eventualmente desencadenará los hechos y cuya presencia será necesaria a los efectos de la escalada que en todo crimen primerizo se genera por fisión. Cómo este par de descolocados personajes llegarán (¿y acometerán?) su macabro plan constituye el núcleo de la novela.

Esta crónica de un crimen anunciado se va dilucidando por entre los intersticios de un impetuoso torrente narrativo, que describe la vida de Polo, justificándolo frente al desenlace que habrá de llegar. Él y su secuaz solo siguen el libreto que la fatalidad les ha escrito para demostrar que tanto se puede incurrir en la violencia del lado de los prósperos como del lado de los marginados de la sociedad.

Seis novelas que indagan en la psiquis asesina

“Crimen y castigo”, Fiódor Dostoyevsky (1866)
Considerada por la crítica como la primera obra maestra de Dostoievski, es un profundo análisis psicológico de su protagonista, el joven estudiante Raskolnikov, cuya firme creencia en que los fines humanitarios justifican la maldad le conduce al asesinato de una usurera petersburgués. Pero, desde que comete el crimen, la culpabilidad será una pesadilla constante con la que el estudiante será incapaz de convivir.

“El túnel”, Ernesto Sabato (1948)
Juan Pablo Castel es un pintor recluido en prisión por el asesinato de María Iribarne. Durante su encierro rememora la cadena de acontecimientos que le llevaron a perder el control, a convertirse en un hombre con el interior oscuro, un hombre poseído por una insalvable soledad, la de la ausencia de la mujer amada hasta el límite, la del engaño que ha convertido su corazón en un pedazo duro y frío de hielo y ha colocado entre sus manos el cuchillo que pone fin al sufrimiento.

“A sangre fría”, Truman Capote (1966)
Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de las muertes de la familia Clutter. A partir de estos hechos, y tras realizar largas y minuciosas investigaciones con los protagonistas reales de la historia, Truman Capote dio un vuelco a su carrera de narrador y escribió la novela que le consagró definitivamente como uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo xx.

“El resplandor”, Stephen King (1977)
Jack Torrance, alcohólico aspirante a escritor, se traslada a al hotel Overlook para convertirse en vigilante durante el invierno. En el lugar sufrirá un proceso de enajenación en un destructivo ambiente de pesadilla, encantamiento y alucinación.

“American Psycho”, de Bret Easton Ellis (1991)
El sofisticado, inteligente y vanidoso Patrick Bateman trabaja en Wall Street, idolatra al joven magnate Donald Trump, cena en los restaurantes de moda de Nueva York y es capaz de distinguir un traje Armani a cincuenta metros de distancia. También le gusta violar, torturar, asesinar y desmembrar. American Psycho, la novela más polémica de Bret Easton Ellis, se ha convertido en el reflejo más descarnado de la sociedad hipermaterialista de finales de los 80 y en una de las obras maestras de finales del siglo XX

“El adversario”, Emmanuel Carrère (2000)
El 9 de enero de 1993 un hombre mató a su esposa, sus hijos y sus padres, e intentó sin éxito suicidarse. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía. Mentía desde los dieciocho años y se había construido una existencia ficticia. A punto de ser descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar.

 

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