Sobre la gravitación universal de los hijos

Resulta una fórmula bastante gastada por los entornos mercadotécnicos aquello de “una historia basada en un caso de la vida real” para referirse a obras que toman su idea de hechos curiosos o noticiosos por sí solos generadores de expectativas. Es, por supuesto, una opción efectiva para promocionar una novela, de la que muchas veces no consiguen sustraerse, ni tienen por qué, los propios autores. Lo cuestionable de este recurso reside en que le hace poca justicia al valor agregado de la obra, tendiendo a difuminar sus aportes específicos, que en la literatura son los que dan trascendencia a un determinado libro.

Lo anecdótico, por el contrario, remite solo a la cara visible de las cosas, su reflejo atenuado por una superficie opaca. Una relación de anécdotas sirve para rellenar formularios, para descontar las horas vacías del día, para impedir el silencio en un encuentro casual. Y sirve también como pretexto para liberar, como hace Guadalupe Nettel en esta obra, un volumen notable de sensaciones vitales, lo cual habría que agradecer, en primer lugar, a la amiga de la escritora en cuya historia se inspira la novela por haberle dado libertad para “inventar cuanto fuese necesario” –según reconoce Nettel en la dedicatoria del libro–, que es como haber dicho “cuanto fuese necesario para hacer llegar el mensaje”.

La hija única (Anagrama, 2020) se trata, entonces, de una historia real que al pasar por el filtro de la recreación literaria se convierte en una denuncia de enorme pertinencia humana, dado que supone el cuestionamiento de prejuicios sobre la mujer, la maternidad, la familia, la vida y la muerte. Su relato tiene lugar en el México actual, donde el accionar de tantos configura apenas una relación de anécdotas.

Dos amigas, Laura y Alina, de espíritu liberal se ven apartadas por su perspectiva respecto a la maternidad. Que ambas consideren la decisión de tener hijos un derecho reivindicado por la modernidad no es suficiente para mantenerlas unidas una vez que la segunda resuelve formar una familia. Su voluntad de embarazarse en contra de ciertas adversidades conmueve a Laura, que así comienza a contarnos su historia y la de Doris, su vecina, una madre en crisis de identidad. Alina finalmente logrará concebir una niña, la hija del título, cuya condición trastocará su existencia.

Se trata de tres mujeres con visiones diferentes sobre la maternidad, que son tres perspectivas diferentes sobre la vida y tres perspectivas diferentes sobre la muerte. Las circunstancias adquieren en la historia el carácter de una grúa de demolición, que va sacudiendo su bola de hierro contra el edificio moral de cada personaje, devastando su aparente entereza, revoleándolos sobre sus dudas existenciales para mostrarlos en toda su desnuda humanidad.

Laura, Alina y Doris se enfrentan a una misma inquietud cuya respuesta se les escurre a ratos de entre las manos: ¿Qué define a una madre? ¿Cuáles son las responsabilidades de una madre y hasta dónde está obligada a observarlas? ¿De dónde proviene su fuerza para serlo y por qué opera sobre sus propios hijos? ¿O no solo opera sobre ellos?

La novela escruta en esa otra instancia complementaria, la de los hijos, evidenciados en la historia como el centro de gravedad que absorbe a los personajes más allá de su voluntad. Hay una hija única y hay también un hijo único, y ambos, desde su pasiva inocencia, acarrean el cosmos de sentimientos que manan en las mujeres –no solo las de esta historia– como de una fuente inagotable. ¿Qué define, entonces, a un hijo? ¿Nace nuestro amor por él con su propio nacimiento o estamos ganados a su abstracta posibilidad más allá de nosotros? ¿Qué sucede cuando no se llega a formalizar la imagen que cada madre, y cada padre, se construye sobre él? O, peor aún, ¿qué sucede cuando el niño ni siquiera alcanza a materializar la idea de un ser fisiológicamente entero?

Ya hemos dicho que esto sucede en la ciudad de México, donde vive la autora y se desviven sus personajes, quizá la sociedad más machista de occidente, en la que la mujer libra una batalla no tan solo por sus derechos sino ya directamente por su vida. Nettel, por si sus articulaciones narrativas no fueran suficientes, hace figurar esta lucha en su novela. Los personajes femeninos lastran los efectos de esta violencia en su ámbito doméstico o la padecen en su forma más soterrada, a través de las dinámicas que sus élites copian envanecidas al primer mundo. En esa metrópoli posmoderna hay una enorme tarea por librar que hermana, sin duda, a todas las mujeres latinoamericanas. Y, por qué no, también a los hombres.


5 escritoras mexicanas que hicieron erupción en la última década

Guadalupe Nettel
Ha escrito cuatro volúmenes de cuentos y cuatro novelas que le han valido el reconocimiento internacional, un trayecto regado de lauros que hoy confluye en su labor como directora de la Revista de la Universidad de México, una de las publicaciones culturales más importantes del mundo.

Valeria Luiselli
Es autora de dos novelas exitosas: Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2014), y una colección de ensayos, Papeles falsos (2010). Colabora con las ediciones impresas de El País, Letra Libres y New York Times. Fue traductora en la Corte migratoria de Nueva York para la defensa de los niños inmigrantes, experiencia que tomó para desarrollar su novela Los niños perdidos (2016).

Fernanda Melchor
Ha publicado el volumen de crónicas Aquí no es Miami y Falsa liebre, su primera novela, ambas en 2013. Su segunda novela, Temporada de huracanes (2017), la consolidó como escritora y le dio reconocimiento internacional al merecerle el Premio Internacional de Literatura 2019. Su obra aparece en las antologías México20 y Crónica.

Sara Uribe
Ha recibido diversos premios y reconocimientos. Es colaboradora de las revistas Blanco Móvil, Saloma letras entre ríos y Tierra Adentro. Su novela más importante, Antígona González (2012), hace una analogía entre la tragedia de Sófocles y la mexicana, al tiempo que indaga en la situación social de los migrantes en el norte de México.

Verónica Gerber
Licenciada en artes plásticas por la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, se define a sí misma como una “artista visual que escribe”. Sus creaciones plásticas actúan como textos. Ha publicado el volumen de ensayos Mudanza (2010) y la novela Conjunto vacío (2018), un libro en el que se utilizan recursos narrativos, lingüísticos y gráficos.

 

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