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Un misterioso caso de arte incomprendido

‘Obra maestra’, de Juan Tallón

Cuando una obra de arte no dice nada a su interlocutor, cuando no genera efecto en quien lo escruta, cuando no conmueve ni inquieta a quien lo interpela, se convierte en un objeto incómodo, inservible quizá, una especie de cadáver insepulto. El mundo avanza tan de prisa que el debate sobre lo que es, o no, arte queda rezagado, aunque desde luego siempre valga la pena darlo en la medida en que este es ya uno de sus fines: conseguir que el espectador se cuestione. Entre tanto, la obra –sobre todo cuando ostenta envergadura monumental– yace inmóvil allí donde se la ha colocado, ámbito en el que el tiempo y la intemperie opinarán de ella de modo despiadado.

Un artista como Robert Serra, el escultor vivo más importante del mundo para muchos entendidos, lo sabe, y por saberlo se abocó a este género de escultura que no podría dejar indiferente al espectador aunque solo fuera por el fatigoso esfuerzo que exige observarla. A esto el concepto mercantil del arte hace caso omiso para centrarse en consideraciones de carácter crematístico. Los museos y galerías del mundo son hoy bóvedas públicas, cajas fuertes que encierran objetos de valor inconmensurable que solo por ello adquieren su prestigio. Solo valen lo que cuestan en moneda de curso legal.

Este haz de significantes vinieron a confluir en el escandaloso incidente que da pie a la historia de ‘Obra maestra’, del escritor gallego Juan Tallón: el robo de “Equal-Parallel/Guernica-Bengasi”, una escultura de Robert Serra perteneciente al Museo Reina Sofía de España, entre 1995 y 2004, lapso que inicia cuando se la vio por última vez y que culmina cuando es reconocida su desaparición por parte de las autoridades. Lo curioso incide en las 38 toneladas que pesaba la obra, cuatro moles de acero concebidas para ser expuestas de manera exclusiva en una de sus salas.

A través de 73 personajes asistimos a una suerte de juicio oral en el que se revelan los vericuetos del misterio pero que a la vez constituye un cuestionamiento sobre el arte y todo cuanto lo circunda, el papel del artista y el mercado que lo soporta. La labor de ordenar estas innumerables perspectivas, incluidas la voz de Serra y la del propio autor convertido en personaje, configuran una apuesta literaria sobre la que Tallón reconoce diez largos años de ires y venires creativos, toda vez se trataba de una historia cuyo desenlace había quedado suspendido en el tiempo.

El hecho de que la obra no hubiera aparecido a la fecha y la inevitable certeza de que pudiera hacerlo en cualquier momento arriesgaban cualquier abordaje narrativo del tema, por lo que el autor optó por el desarrollo de una novela considerada de “no ficción”, un género en el que los escritores no dejan de apelar, sin embargo, a ciertos artificios creativos.

Tallón pone en boca de esta galería de abstractos personajes alegaciones auténticas, extraídas de la crónica forense, los documentos oficiales, las fuentes periodísticas y los testimonios personales, y las dispone sobre un eje atemporal que trabaja simultáneamente varias premisas conceptuales: a la vez que ofrece variables hipotéticas sobre la identidad y el móvil del ladrón, condena la burocracia y la inacción del Estado español; así como concede la trascendencia divina del arte, se cuestiona por las motivaciones terrenales del artista que lo acomete; tanto como reconoce el ingenio de la obra de Serra, así desdeña el escaso virtuosismo de sus piezas y el carácter impersonal de su hechura:

“De no comprarse, esta obra se habría destruido. Y no habría pasado nada. Richard está acostumbrado a hacerlo todo el tiempo. Hace exposición tras exposición, y al acabar muchas de sus obras se destruyen, porque él así lo quiere, y cuando desea volver a exhibirlas, las fabrica de nuevo…”.

Porque en un giro de la trama que tampoco será ficción, la escultura reaparece aunque perdida su condición de pieza original, lo que genera nuevos cuestionamientos filosóficos, esta vez por parte de realizadores audiovisuales cuya veracidad resultará accesoria al lector:

“En realidad, no queríamos hacer un documental sobre la desaparición de la escultura, sino emplearla como pretexto para plantear el debate de qué es arte y cómo un artista, en este caso Serra, decide que cuatro trozos de hierro son arte, y de pronto, cuando se pierden, decide que ya no lo son, y que lo que sí es arte es su copia. Es muy raro. ¿Se pierde una obra, y le retiras su condición artística, para investir con ella a su copia?…”.

Quizá lo que se masculla por debajo de esas 73 voces sea esta verdad incómoda a los círculos artísticos. Que la célebre escultura nunca llegó a importar tanto como cuando desapareció, colocándola en su justa posición como obra de exiguo valor discursivo, sensitivo o artístico. Y que ha venido a ser ese hurto inaudito lo verdaderamente magistral, la definitiva “obra maestra” (aun cuando anónima), y la reivindicación del robo como una de las bellas artes, parafraseando el título de Thomas De Quincey.

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