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Una crónica de Indias transfigurada

“Francisco Martín, el caníbal castellano en la conquista de Guata”, Carlos Eduardo Gómez


Solo una mente obsesionada con la historia podría adentrarse en las penumbras narrativas del proceso de conquista y colonización de América, sesgada versión oficial por la parte interesada. Una mente, digamos, obsesionada y ávida de motivaciones, que no ya de concreciones por haber sido destruidas las evidencias.

Si la descripción de los cronistas de Indias cumplió un objetivo ese fue el que buena parte del mundo conviniera en ignorar aquellas pruebas que hoy solo es posible recomponer desde el sentido común y la lógica deductiva, que es, también, la lógica representativa. De tal manera, el obsesivo escritor de novela histórica tiende a arrogarse hoy una doble condición, la de investigador y la de testigo. Si en una faceta se ve obligado a indagar oscuridades, consultar fuentes oficiosas y relacionar hechos, en la otra debe recrear con verosimilitud y honestidad aquello que se muestra como una revelación en su magín literario. Lo que dicta su inspiración fundará imaginarios y alcanzará estatus de veracidad, reafirmando lo que en otras visiones fuera ya intuido.

Sobre esta idea, el más reciente Premio de Novela Carlos Noguera aporta un cúmulo de imágenes a una crónica que por adolecer de matices resultó siempre anodina. El relato del tal “descubrimiento” de América no solo encubre el más grande genocidio de la historia, sino que en su exposición deslíe el cariz humano de unos y otros, conquistadores y naturales, a unos por reducirlos a su función de delegados del imperio y a otros que por reducirlos les niega hasta su esencia humana.

Propone esta obra del escritor colombiano Carlos Eduardo Gómez un volumen de aconteceres donde vienen a aflorar matices de una aventura definitiva, por cruel y arbitraria que sea, en la que todo cuanto ocurre supone situaciones de lucha por la sobrevivencia. Estos pasajes que recrean las andanzas de Francisco Martín, tipología de conquistador poco ortodoxo, ayudan a comprender en primer lugar el brutal accionar europeo en el Nuevo Mundo, añadiéndole una necesaria perspectiva psicológica, y, en segundo lugar, restituyen la carga protagónica del invadido, dimensionándolo en su rol de mártir y reivindicándolo como sujeto de una cultura superior a la de sus victimarios.

El amanuense Martín se embarca con los llamados Welser, ambiciosos aventureros alemanes, en una misión que lo llevará al recién descubierto continente, en cuyas comarcas abundan las perlas, el oro y la plata. Aunque se trata de una tarea por la trascendencia del imperio, cuya labor de conquista estipula la fundación de ciudades y colonización de pueblos, el propósito se traduce a las primeras de cambio en un vulgar saqueo de riquezas. El relato de estos hechos terribles se impregna de la perplejidad del protagonista, quien se va consustanciando con esta tierra exuberante, de gente florida y vital.
Mediada la mitad de la trama el autor pondrá en boca de Martín, personaje rigurosamente histórico y probable adelantado en algún tomo sobre el mestizaje americano, el siguiente argumento, culminante vértice poético de la novela:

“¿Cómo hacerles razonar que nuestras armas y milicia, las más aventajadas de todo el orbe, entrellos no habrán de ocasionar desolación, dolor y muerte? ¿Cómo pensar que nuestros refinamientos musicales serán del agrado de sus oídos, acostumbrados a los silencios y voces de la naturaleza, a los sonidos propios de sus instrumentos? ¿Qué podrán admitir de nuestros pintores y escultores, si estas gentes están hechas a ver solo mitos y fábulas en los simbolismos de sus ofrendas y aderezos? ¿Cómo entenderían las galas de nuestras vestiduras, si a ellos les sobra todo lo que no sea su propio cuero? ¿Cómo explicar a quienes viven en colectividad igualitaria sobre nuestras diferencias de clases, condiciones y privilegios de los pocos que se ahogan en abundancias y los muchos reventados por hambrunas? ¿Qué ganancia pueden tener de nuevas viandas y alimentos, que tal vez ni puedan digerir, si la tierra y el agua les dan con suficiencia lo que necesitan? Aquí ellos nos aventajan en medicina. Nadie se orienta como ellos en la selva, navega sus ríos, ni conoce sus caminos. Nadie siembra y cosecha mejor según las caras de la luna, ni saca mayor provecho de maderas, palmas y lianas. ¿Cómo decirles que solo hay un Dios que habita en la hostia y en los templos, a quienes ven el suyo en la naturaleza, en la animada y en la inmóvil, en el sol, constelaciones y firmamento, en sí mismos y en sus antepasados? ¿Cómo explicar a quienes no necesitan templos ni efigies, el porqué edificamos iglesias y las llenamos con santos, siendo que hasta ahora no les hemos visto más que símbolos, por sentir el orden de la vida está el círculo de creación y muerte, creyendo inmortal su especie, que para ellos vale más que el individuo, porque la esencia de la persona pasa y continúa en la descendencia? Aquí nadie exige matar por imponer una doctrina o buscar algún lucimiento: luchan por guardar el equilibrio de la gente con la naturaleza dentro de un territorio del que son guardas, sin ser propiedad de alguien, porque naturaleza y gente son de la misma condición divina. ¿Cómo meterles ambiciones por oro y riquezas para pudrirles el candor y la sonrisa?”.

Por su lado, Ambrosio Alfinger, Juan de Ampués, Nicolás Federmann y demás entelequias históricas se van llenando de fibra humana, perversa pero humana, a lo largo de la obra, mostrando las motivaciones que orientarán sus faenas de rapiña por uno u otro errático cauce –ensayo y error y error y error…–, para terminar abreviados en los anales como básicos pecadores de codicia, ilícitos ocupantes del sitial que la leyenda les depararía.

Múltiples son los episodios que Francisco Martín narra en esta épica personal pero ninguno tan valioso al cofre de lo anecdotario como el proceso de conversión personal que lo llevará a mimetizarse con esta revelada civilización. En estas páginas lo vemos seducido por los rasgos externos de un cosmos “salvaje”, en el que cada elemento se armoniza con la naturaleza, y lo constatamos transfigurado en su interior, reconsiderando el destino al que aspira como alma trascendente.

Si alguna manera simbólica había de otorgar la batalla principal a quienes con los siglos serían exterminados como raza, esto lo logra la novela de Carlos Eduardo Gómez.