Una nueva condena en el jardín del edén

Podría acertar uno si infiere el origen de esta novela relacionado con Juan Carlos de Borbón y su historia de caza en Botsuana en 2012, cuando todavía era rey de España. A ese punto lesionó la imagen de la realeza como la de los ciudadanos españoles todos aquella trascendida fotografía en la que posaba junto a un exangüe paquidermo, despropósito difícil de justificar hasta para los ladinos defensores de la monarquía. Hacía mucho que la estampa de un cazador con su presa había dejado de complacer a alguien más que al propio interfecto, un concepto tan anacrónico como el hecho de que aún haya reyes y reinas en el mundo.

“El santuario de los elefantes” es una ficción que intenta lavar esa y otras afrentas al territorio africano, a sus animales, a su gente y a su tierra. En ese sentido es una obra políticamente correcta, que ha ganado hace unas semanas el Premio Azorín de novela en España, con el consecuente bombo que le garantiza el respaldo de la Editorial Planeta. Su autora, Nativel Preciado, periodista de oficio, es una prolífica escritora, que cuenta en su haber con una veintena de libros publicados, en los cuales ha abordado la biografía, el reportaje y la narrativa. Tiene escrito, por demás, un trabajo llamado “La cara de los Borbones”, del año 1975, en edición fascicular y de aparente concepción pedagógica.

Aquí, aunque menciona el infortunado episodio de caza real, su condena amplía el perímetro a los círculos del poder económico en la península ibérica, encarnados por un grupo de abominables personajes, con fortunas mal habidas e intereses ocultos. Esta galería de malvados se apresta al comienzo de la trama a la realización de un viaje al exótico continente negro, a Tanzania en particular, núcleo de vida salvaje y tentadores yacimientos minerales.

Pronto la historia alcanza el tono de una novela de aventuras como parecería usual en un tema relacionado con África, solo que orientado por la voz de la narradora hacia el cumplimiento de un inevitable desenlace trágico: de los ocho protagonistas solo uno saldrá avante de la experiencia. Se conduce entonces la narración sobre la línea de varios géneros, incluidos la comedia romántica y la sátira grotesca. Esto último, quizá, una condición no del todo atribuible a la autora.

Aunque, como parece lógico, sienta Preciado poca simpatía por sus personajes, resintirá en ellos el lector cierta falta de profundidad, la carencia de una psicología que mejor fundamentara los motivos por los que es verificable su presencia en la cotidianidad española –y por tanto su valor referencial– como la forma en que terminan comportándose dentro de la trama y que vale para consumar su fatal destino. Ha reconocido la escritora, en ese sentido, el carácter alegórico de la novela, una intención que termina atenuando el potencial crítico de la obra.

Si bien es cierto que hay verosimilitud en la falta de profundidad de la burguesía, en la tendencia comprobada de sus elementos por la generalización reflexiva, en el desinterés por los matices de una realidad usualmente ajena, esto no quiere decir que un buen retratista esté eximido de hurgar en ella para desentrañar rasgos más pedestres. La escritora madrileña lo hace en este caso con relativa timidez, limitando su caracterización solo al plano descriptivo.

Dos de los personajes del grupo, por cierto, son venezolanos y no puede el lector nacional dejar de reparar con cierta ironía en el desprecio velado de la alusión: “Marcos y Elisabeth eran unos advenedizos. Lo suyo era aún más difícil al estar marcados por la recargada estética de las costumbres venezolanas”. Sin embargo, y por más tangible que resulte el referente –en conocimiento quizá de la comunidad que acabó asentada en el barrio de Salamanca, en Madrid–, la necesidad de servirse de su origen queda pendiente, pudiendo haber correspondido el gentilicio de este matrimonio a uno diferente sin mayores variaciones en la trama.

En lo que sí sobresale abiertamente “El santuario de los elefantes” es en la descripción de esta abstracción edénica que continúa resultando para la humanidad la jungla africana, aquí desde la perspectiva de un turismo elitesco, que alcanza a mirar cada detalle en primerísimo primer plano. Es evidente que Preciado habla de un mundo que conoce y por el que siente decidida admiración. Son notables los extractos en los que describe la exuberancia de cada paisaje, consiguiendo transmitir el más amplio espectro de lecturas, incluso las que resultan contradictorias.

Más allá de la mención del atractivo geográfico, soportado por el más formidable acopio de elementos de todos los reinos naturales conocidos (vegetal, animal y mineral), Nativel Preciado reivindica el valor de un factor que ha terminado siendo accesorio a los ojos del turista accidental: la de la cultura brotada en el marco de este paraíso terrenal. El principal aporte de la novela está en su intención de concienciar a través del contacto con un cosmos por ahora marginado del proceso civilizatorio. Una lección hasta cierto punto obvia para quien sepa abrir sus sentidos a los espíritus de la selva.

El espíritu de la selva africana en cinco novelas

“El corazón de las tinieblas”, Joseph Conrad (1899)
Cuenta el viaje que Marlow hace a través del río Congo en busca de Kurtz, el jefe de una explotación de marfil que al parecer ha cruzado la línea de sombre que separa el bien del mal y se ha entregado con placer a las más terribles atrocidades.

“Memorias de África”, de Isak Dinesen (1937). Karen Blixen, joven aristócrata danesa, viaja a Kenia para casarse con un primo suyo, el barón Bror von Blixen. Ambos compran un cafetal, pero el matrimonio fracasa al poco tiempo y, tras el divorcio, Karen se enfrenta sola a la responsabilidad de explotar la plantación. Su amor por un aventurero inglés, el contacto diario y cordial con los nativos y su fascinación por el entorno salvaje que le rodea, hacen de África su nuevo hogar.

“Todo se desmorona”, Chinua Achebe (1958). Okonkwo es un gran guerrero, cuya fama se extiende por todo el Çfrica Occidental, pero al matar por accidente a un prohombre de su clan es obligado a expiar su culpa con el sacrificio de su hijastro y el exilio. Cuando por fin puede regresar a su aldea, la encuentra repleta de misioneros y gobernadores británicos. Su mundo se desmorona, y el no puede más que precipitarse hacia la tragedia.

“Un caso acabado”, Graham Greene (1960). Un hombre blanco se refugia en un hospital de leprosos del Congo central. Es Querry, casi sesenta años, barba entrecana y un arrugado traje tropical. Poco a poco, la selva y los personajes de su entorno –el doctor Colin, el padre Paul, el leproso Deo Gratias, el atormentado Ritcher– nos irán desvelando el misterio de ese hombre callado, arquitecto católico y famoso, que busca la redención en tierra de misiones.

“El bosque de los pigmeos”, Isabel Allende (2004). Kate, Alexander y Nadia emprenden una aventura en África. Al poco tiempo de comenzar su expedición en Kenia, los protagonistas cambiarán el rumbo de su viaje para adentrarse en los pantanosos bosques de Ngoubé, junto a un misionero católico que asegura haber perdido a todos los miembros de su campamento. Allí descubren una tribu de pigmeos que revela un mundo duro y sorprendente de corrupción, esclavitud, y caza furtiva.

 

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