Una travesía hacia lo recóndito del alma

Diáspora, noche, prostitución, literatura, sexo, desarraigo, olvido, locura, arte, guerra, soledad… son algunos de los temas que entreteje en un coctel embriagador Pedro Juan Gutiérrez en su última novela “Estoico y frugal” (2019), nada que resulte nuevo para sus lectores, salvo por una cierta contención, un cierto aquilatamiento del trance, que le permite componer un relato más o menos redondo sin desbocarse antes en uno de los tantos caminos sin retorno que se abren a lo largo de la historia.

Y ese trance, narrado en primera persona, tiene duración aproximada de un año calendario entre 1998 y 1999 (por lo que el escritor escribe a veinte años de distancia), periodo en el cual vive, o será mejor decir sobrevive, a una gira por Europa en el contexto de promoción de uno de sus libros (quizá “Trilogía sucia de La Habana”).

Se trata entonces de la narración pormenorizada de este periplo que arranca en La Habana, pasa por Madrid, Vigo, Burgos, Benidorm, Hamburgo, Basilea, Dresde, Roma, y otra vez Madrid para retornar a su Cuba materna (y dentro de ella a su trinchera en Centro Habana), un ciclo de aventuras existenciales que se intercalan en la narración con evocaciones de otros viajes, con la mención de anécdotas de escritores (Sebald, Cabrera Infante, Chejov, Hemingway, Bukowski, Kundera), y sobre todo con la descripción de sus encuentros y desencuentros con una serie de personajes inauditos, extraídos de un catálogo surrealista, dentro de una atmósfera recóndita y crepuscular.

El secreto para no extraviarse, contradictoriamente, parece ser el dejarse llevar. Las pautas de la gira de promoción pierden importancia y son las circunstancias las que van imponiéndose en el alocado itinerario. Pedro Juan, sin embargo, va resistiendo las tentaciones. “El estoicismo y la frugalidad siempre me salvan”, dice, lanzando y recogiendo el sedal sin pausa.

El estilo narrativo de Gutiérrez, que ha contribuido a dar cuerpo al llamado “realismo sucio” (junto a Bukowski y Raymond Carver, entre otros), matiza en la obra de largo aliento hacia la caracterización de personajes oscuros y decadentes pero de una profunda naturaleza poética. El “estoicismo” y la “frugalidad” de su protagonista lucen entonces un ardid para, mediante el contraste de personalidad, destacar el lirismo anémico de sus contrapartes, su entrañable morbidez.

Hablamos de mujeres compuestas por un portentoso mundo interior, de sufridas vivencias, de pasiones irrefrenables. Hablamos de hombres presos de sus vicios en los que aflora al menos un rasgo de sensibilidad. “No tenemos elección. Somos así. Unos provocadores. Vocación de antropólogos implacables. Soy una kamikaze, como tú, y me llevó mucho tiempo llegar a este punto. Estoy dispuesta siempre a estrellarme con mi carga de bombas. No sé vivir de otro modo. No quiero vivir de otro modo”.

Es la presencia del escritor en estos escenarios –lo vamos percibiendo a medida que avanzamos en la lectura– catalizadora de emociones latentes, propias y ajenas, que así como rebrotan vuelven a adormecerse al ritmo de un entorno neurótico, ciclotímico. “A veces me parece que Europa se repite a sí misma. A primera vista da la impresión de que todo está dicho”. Y aunque todo, efectivamente, lo esté, para él siempre tendrá sentido revisitarlo.

Desde su terraza abierta a la ilusoria ciudad de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez, periodista, poeta y pintor, concita la curiosidad del lector primerizo. Asomados a su blog, donde la fotografía de un hombre maduro saluda con fresco ademán –que permite adivinar el secreto de su lozanía creadora–, repasamos su trayectoria como autor de novelas, cuentos, poesías, crónicas y ensayos. Es también premio nacional de periodismo.

En esta “Estoico y frugal” alimenta la impronta de escritor maldito, acaso como cualquier persona sometida a los rigores de las circunstancias: “Estuve años comiendo apenas un poquito de arroz con frijoles cada día. Solo eso. Y me alcoholicé. Mi salario mensual de pronto equivalía a tres dólares escasos. Pero me las arreglaba para cada día buscar una botella de ron pésimo y una caja de cigarros. Todo se hundió en poco tiempo. Yo también me hundí con el agua al cuello. Una válvula de escape era el sexo desesperado, el alcohol y los cigarrillos…”. El balance creativo de esta vida situada al límite no puede ser, sin embargo, más vivificante y numinoso.

La secreta obscenidad de cada día (extractos de realismo sucio)

  1. “El padre”, Raymond Carver (1961)

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.
—¿A quién quieres tú, pequeñín? —dijo Phyllis, y le hizo cosquillas en la barbilla.
—Nos quiere a todos —dijo Phyllis—, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!
La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
—¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
—¿No es una preciosidad? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito. —Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo—. Nosotros también le queremos.
—¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.
—Tiene los ojos bonitos —dijo Carol.
—Todos los bebés tienen los ojos bonitos —dijo Phyllis.
—Tiene los labios del abuelo —dijo la abuela—. Fijaos en esos labios.
—No sé… —dijo la madre—. No sabría decir.
—¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.
—¿Qué pasa con su nariz? —preguntó la madre.
—En la nariz se parece a alguien —dijo la niña.
—No, no sé… —dijo la madre—. No creo.
—Esos labios… —dijo entre dientes la abuela—. Esos deditos… —dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
—¿A quién se parece este niño?
—No se parece a nadie —dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
—¡Ya sé! ¡Ya sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Todas miraron al bebé de muy cerca.
—¿Pero a quién se parece su papá? —preguntó Phyllis.
—¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
—¡Vaya, a nadie! —dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
—Calla —dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
—¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.
—Pero tendrá que parecerse a alguien —dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.
Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.

  1. “Veinticinco vagabundos andrajosos”. Charles Bukowski (1974)

Kathy había preparado carne con muchas cebollas y chorraditas y especies, tal como me gustaba a mí. Estaba inclinada sobre la cocina y la agarré por detrás.
—Ooooh…
—Escucha, querida…
—¿Sí?
Estaba allí de pie con el cucharón goteando en la mano. Le metí en el cuello del vestido un billete de diez dólares.
—Quiero que me traigas una botella de whisky.
—De acuerdo, ahora mismo.
—Y un poco de cerveza y puros. Yo me ocuparé de la comida.
Se quitó la bata y entró un momento al baño. La oí canturrear. Un momento después me senté en mi sillón y oí repiquetear sus tacones en el camino. Había una pelota de tenis. Cogí la pelota de tenis y la tiré en el suelo de forma que rebotase hacia la pared y de allí al aire. El perro, que medía uno cincuenta de largo por uno de alto, y era medio lobo, saltó al aire, se oyó el chasquido de los dientes; había cogido la pelota de tenis, casi junto al techo. Por un instante pareció colgar allá arriba. Qué perro maravilloso, qué vida maravillosa. cuando llegó al suelo, me levanté a ver cómo iba el guiso. Perfectamente. Todo iba perfectamente.

  1. “Camino de Los Ángeles”. John Fante (1985)

«He allí a Marie. ¡Oh, Marie! ¡Oh, tú, Marie! ¡Con tu risa exquisita y tu intenso perfume! Amaba sus dientes y su boca, y el aroma de su carne. Solíamos encontrarnos en una habitación sombría con muchos libros y telarañas en las paredes. Había un sillón de cuero al lado de la chimenea, y debía de haber sido una casa inmensa, un castillo o una villa francesa, porque al otro lado de la habitación, grande y macizo, estaba el escritorio de Émile Zola tal como lo había visto en un libro. Yo estaba sentado allí, leyendo las últimas páginas de Nana, el pasaje de la muerte de Nana, y Marie se levantaba como la niebla de entre las páginas y se ponía desnuda ante mí, riendo sin parar con su hermosa boca y un aroma embriagador, hasta que no tenía más remedio que cerrar el libro, y ella se acercaba y también ponía las manos en el libro, y negaba con la cabeza con una sonrisa intensa, y sentía su calidez recorriéndome los dedos como si fuera electricidad.
—¿Quién eres?
—Soy Nana.
—¿De verdad eres Nana?
—De verdad.
—¿La chica que muere aquí?
—No estoy muerta. Te pertenezco.
Y caía en mis brazos.
Luego llegó Ruby. Era una mujer imprevisible, muy diferente de las otras y también mucho mayor. Siempre me la encontraba mientras ella cruzaba corriendo un llano seco y caluroso que hay al otro lado de la sierra del Funeral, en el Valle de la Muerte, California. Era porque había estado allí en primavera y no había olvidado la belleza de aquella llanura, y era allí donde tan a menudo vería después a la imprevisible Ruby, una mujer de treinta y cinco años, corriendo desnuda por la arena; yo la perseguía hasta que al final la capturaba al lado de una piscina de aguas azules de la que siempre manaba vapor rojo en el momento en que la arrastraba por la arena y enterraba la boca en su cuello, que era muy cálido pero menos atractivo, porque Ruby se estaba haciendo mayor y le sobresalían los tendones, pero su cuello me volvía loco, y me gustaba el tacto de sus tendones tensándose y relajándose mientras jadeaba en el punto exacto en que la había capturado y derribado en el suelo.

¡Y Jean! ¡Cuánto me gustaba el cabello de Jean! Era tan dorado como la paja, y siempre la veía secándose las largas mechas al pie de un bananero que crecía en una loma, entre los montes de Palos Verdes. Yo la observaba mientras se peinaba las espesas mechas. Adormilada y enroscada a sus pies había una serpiente semejante a la que pisaba la Virgen María. Siempre me acercaba a Jean de puntillas, para no despertar a la serpiente, que suspiraba complacida cuando mis pies se hundían en ella, sintiendo un placer inenarrable por todo el cuerpo que se reflejaba en los sorprendidos ojos de Jean, y entonces deslizaba las manos suave y cautelosamente por la mágica calidez del pelo dorado, y Jean reía y me decía que sabía que iba a ocurrir de aquel modo, y se desplomaba en mis brazos como un velo que cae.

 

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