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Caminos grandes y pequeños de la patria grande

En nuestra ya larga lucha latinoamericana por liberarnos del colonialismo, otrora español, hoy estadounidense, colonialismo que nos mantiene cada vez más sometidos, la siempre huidiza idea de Patria Grande que nos conduzca al fin a lograrlo es sin duda uno de esos conceptos claves que nunca se abandonan porque se sabe que son indispensables.

Pero habría también que tomar en cuenta que, con toda su grandeza, esa extraordinaria idea de Patria Grande era prematura en 1824, sobre todo si se pensaba que podía orientar a partir de Ayacucho nuestra lucha anticolonial. La América latina que se quería liberar del colonialismo era un continente enorme, múltiple y complejo y no un todo uniforme capaz de marchar unido en su compleja y difícil lucha contra el cada vez más pesado dominio europeo. Nuestros países, a veces mal definidos, eran todos distintos y sus luchas tenían rasgos, ritmos y tiempos diferentes, problema que nuestros grandes próceres conocían bien y que la misma victoria de Ayacucho había puesto ya en evidencia. Integrarlos como un todo complejo pero unido para impulsar juntos su rebelión anticolonial era una tarea que distaba mucho de ser posible.

El único que había logrado unirlos y en su caso no para liberarlos sino para convertirlos en colonias sometidas todas a su dominio, había sido el Imperio español. Y eso le fue posible porque el Imperio era un súper poder real colocado sobre ellos, que incluso los había formado como colonias, y que por obra de ese dominio colonial de más de tres siglos podía no solo someterlos sino también repartirlos o unirlos como territorios: Virreinatos, Capitanías generales o lo que fuese. Eso había sido relativamente fácil para España. Lo que en cambio no iba a serlo para los libertadores era tratar ahora de unirlos a todos para la necesaria rebeldía anticolonial. En esto había problemas serios: las grandes distancias entre ellos, sus diferencias como pueblos o países, sus intereses peculiares, su dificultad física para unirse dadas las grandes distancias vacías o infranqueables que los separaban, la falta de integración comercial o política y las usuales rivalidades propias de países vecinos.  Y estas no eran solo entre las propias colonias sino sobre todo entre ciudades de una misma colonia, que competían por la jefatura de la misma. En todos esos terrenos, el tiempo que venía no era de Patria Grande sino por el contrario de patrias pequeñas que rivalizaban entre ellas. 

Y, por último, hay algo más, que no es por cierto lo menor sino a menudo lo principal: la ambición de los líderes patriotas menos grandes, varios de los cuales fueron soldados al servicio de España hasta poco antes de Ayacucho y que ahora querían cobrar sus méritos patrióticos militares y políticos, no solo con tierras sino sobre todo con acceso al poder. Y además que no pensaban aceptar que ese poder político fuera o siguiera siendo por décadas controlado por los principales líderes, los que encarnaban la Patria Grande, como Bolívar y Sucre. Y ellos, solos o formando interesadas alianzas, se deshicieron de esos grandes héroes y pasaron a ser dueños de sus países y a pelear con sus rivales por las patrias pequeñas que estaban a su alcance. Y son esas rivalidades, a menudo convertidas en guerras fratricidas o entreguistas, las que llenan el siglo XIX para triste fracaso nuestro y para hábil aprovechamiento del colonialismo británico que, en alianza con el francés, se convierte en el disfrazado nuevo amo saqueador de esta América Latina nuestra, apenas liberada por Bolívar y Sucre del dominio español en Ayacucho.

Después de algunos breves intentos de enfrentar agresiones colonialistas europeas contra países hermanos latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX,  la idea de Patria Grande resucita o empieza a revivir de forma más precisa en las primeras décadas del siglo XX, cuando el nuevo amo de nuestro continente es ya Estados Unidos, convertido en rico y poderoso Imperio neo colonialista que revive y militariza en 1895 la prematura Doctrina Monroe de 1823 y decide expulsar del Caribe a las potencias europeas, convirtiendo nuestro mar en lago suyo y a los países caribeños en sus colonias. Y es precisamente en Centroamérica, territorio de pequeñas patrias, que la idea de Patria Grande cobra esa nueva forma mediante dos o tres países hermanos que en pequeño y por vías políticas y no militares empiezan a luchar por su derecho a dejar de ser colonias, a mejorar sus condiciones de vida y a vivir en democracia y libertad. Y por lo general son jóvenes luchadores los que encabezan esas luchas contra las dictaduras que gobiernan sus países sirviendo dócilmente a Estados Unidos. Uno de los más firmes y consecuentes de esos jóvenes luchadores fue el salvadoreño Farabundo Martí, del que quisiera hacer una breve síntesis de su vida y de sus luchas.

 Nacido en 1893 en Teotepeque, Departamento de Libertad, hijo de familia propietaria de tierras, Marti se revela desde su temprana juventud como un revolucionario dispuesto tanto a aprender como a correr riesgos en defensa de sus ideas y de sus luchas. Ya en 1920, teniendo apenas 23 años, el autoritario gobierno salvadoreño lo destierra a Guatemala. Visita México y varios países vecinos, regresando a El Salvador cinco años después, cargado de nuevas experiencias y proyectos y se afilia a la Federación Regional de Ttrabajadores. 

En 1928 se halla en Nicaragua, donde se integra a la lucha de Sandino como militante, llegando a ser coronel de sus tropas y secretario suyo. Acompaña a Sandino a México, que sigue en revolución. Luego, en 1930 vuelve a El Salvador y se convierte en líder del Socorro Rojo Internacional. En 1931 es electo Secretario general del recién fundado Partido Comunista Salvadoreño. Y es que la suya es lucha patriota sin descanso.

La gran crisis capitalista mundial de esos años 30 afecta seriamente a El Salvador, productor y exportador de un excelente café. Los ricos se protegen mientras el hambre del pueblo aumenta. El descontento campesino crece y empiezan las protestas, que el gobierno reprime con brutalidad. 

Se organiza la gran rebelión campesina de enero de 1932, que el presidente del país, el general Maximiliano Hernández Martínez aplasta a sangre y fuego fusilando presos, y masacrando entre 10.000 y 15.000 campesinos.  Farabundo Marti y sus dos inseparables compañeros de lucha, Alfonso Luna y Mario Zapata, son juzgados como promotores de la rebelión por un Tribunal militar, y en Consejo de Guerra se los condena a muerte. Se los fusila el amanecer del 1 de febrero de 1932. El Salvador y Centroamérica no olvidan La muerte sobria y digna de esos tres infatigables combatientes. Y la lucha por la Patria Grande siguió avanzando lentamente, recordando a héroes como ellos mientras se esperaba por próximas revoluciones que al fin fueron cobrando fuerza en las décadas siguientes. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

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