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A propósito de la sabiduría ancestral del Comandante eterno

En el libro Hugo Chávez y la resurrección de un pueblo, de Germán Sánchez Otero, hay un alegato del Presidente Nicolás Maduro Moros, de una gran elocuencia en relación a la influencia de Mamá Rosa en la formación ética del Comandante:

Su personalidad durante la infancia logra encauzarse correctamente por la formación que le inculca su abuela Rosa Inés en la solidaridad, el trabajo, la humildad y la sabiduría ancestral del pueblo humilde (…)”.

Desglosemos algunos aspectos citados por el Presidente Maduro, en relación a la sabiduría ancestral.

La naturaleza como centro vital

 La experiencia vivencial de la mujer y el hombre indígenas más que estar centrada en una visión racionalista, asume sentimientos y emociones ligados estrechamente a la madre naturaleza o Pacha Mama. Este principio ancestral, heredado por mamá Rosa de su antepasado yoruba, estaría presente en el gran patio de la casa de la infancia del Comandante, casa de paredes de bahareque y techo de palma. La pobreza signada en la casa era en algún grado superada por el patio enaltecido por el cuidado y la labor de siembra de mamá Rosa. Patio mágico, como lo calificó Adán Chávez, o de lujo como lo tildaría Brígida Frías, tía de Elena Frías, la mamá del Comandante, en el libro Chávez Nuestro:

Su único lujo era el patio, sembrado de árboles frutales, de maíz, y hierbas para el aliño de la comida. Tenía guayabos, ciruelas, lechosa”.

El patio era también un lugar lúdico, de recreación para el niño Chávez, que se encaramaba en los árboles como prueba de sí mismo y equilibrismo cuando buscaba subirse al más alto, el matapalo. En Cuentos del Arañero, Chávez nos relata:

La abuela Rosa Inés decía: Muchacho, no te encarames en esos árboles. Yo me subía arriba, chico: Había un matapalo en el patio donde me crié, era un patio hermoso y uno se subía en todos esos árboles. El matapalo era el más alto y uno buscaba las ramas más altas porque había unos bejucos y allá abajo un topochal. Y como las matas de topocho tienen el tronco blando y esponjoso, es como un colchón. ¿Tú Sabes lo que yo hacía? Me lanzaba …”

Laboriosidad                                                                    

El trabajo es un valor fundamental del pensamiento indígena que se contrapone a la ociosidad y, a la mendicidad. La persona trabajadora es valorada como sujeto de bien, pues no sólo contribuye al bienestar familiar, sino al conjunto de la comunidad.

Para muestra un botón desde su corta edad Huguito vendía las ahora famosas arañas que cocinaba su abuela mamá Rosa, adquiriendo así, como el mismo Comandante reconoció la conciencia de lo que era la economía productiva y de cómo colocar un producto en el mercado, además dentro de este mismo principio de laboriosidad se ocupaba de recoger y moler el maíz.

Solidaridad

 La solidaridad como expresión de las raíces ancestrales y por supuesto de la venezolanidad, no podía faltar. No hay solidaridad sin reciprocidad, está una en función de la otra, pues la reciprocidad es el sentimiento que impulsa a hombres y mujeres a prestarse ayuda mutua poniéndose en evidencia y acción el Para-con Otro, mejor decir, el reconocimiento del Otro. Cabría una cita del Comandante:

“Al lado De Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendía con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: ‘Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce’. Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada, o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: “Llévele a doña Rosa esto”. Y era un dulce o alguna otra cosita de comida, que si una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país”.

Hay en este texto evidencia de la contribución de mamá Rosa en la subjetividad del niño Chávez. Aquí entraría una máxima ética de Emmanuel Lévinas, en la que se sustituye el pienso luego soy, cartesiano, por el soy amado, soy nombrado, luego soy. Otra evidencia, en esta subjetividad del ya adulto Chávez, es no temerle a nombrar la palabra amor, con gran desparpajo. Para algunos formado en las academias universitarias el sentimiento amoroso, nombraba a la cursilería. Con esto hemos intentado nombrar el fondo de lo que aludió el Presidente Nicolás Maduro, al decir, que en Chávez habitaba la sabiduría ancestral.

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