Adios, iglesia tradicional (1/2)

En el mundo entero, poco a poco se viene modificando la expresión de la presencia de la mujer en el concierto tan polifónico de la vida, con evidente importancia social. Ciertas naciones o grupos sociales han heredado, además, de una excelente dirección política femenina: en India, Alemania, Dinamarca, Ruanda… Dentro de esa categoría, un grupo social que sufre de evidente retraso social y cultural es la Iglesia Católica. En el capítulo de la femineidad, algo ha hecho la Iglesia, sobre todo en los últimos quince años, pero mucho le queda por hacer. A esto quiero dedicar las breves líneas que vienen a continuación. Con sencillez y respeto, sin timidez ni mojigatería.

Una teóloga norteamericana muy conocida, Rosemary Radford Ruether, escribía un análisis agudo hace veinte años ya, en el momento más pesado del conservadurismo del papa Juan Pablo II. La revista jesuítica suiza, “Orientación” (en alemán), recibía sus comentarios: “El gobierno de la Iglesia es una construcción histórica influenciada por los sistemas políticos existentes y no puede ser considerado como instalado por Dios. En cuanto teólogas y teólogos, por lo menos deberíamos tener la posibilidad de preguntarnos si una organización democrática no sería más adaptada para una comunidad de creyentes que un modelo de gobierno recibido del imperialismo romano, de la feudalidad medieval o del absolutismo del Renacimiento”.

No se puede negar que los factores evocados por Ruether se aplican todavía a nuestra Iglesia. Los roles de “obispo” y “sacerdote” nacieron en el siglo III, o sea doscientos años después de Jesús. Esto no quiere decir que dichas funciones fueran necesariamente malas. Pero son el ruto de la percepción de un momento de la Iglesia. Una organización que casi no cambia a lo largo de dos mil años tendría que aparecer, a priori, como discutible. Si las funciones ya no contestan a nuestras necesidades, o están en contradicción con motivos importantes del evangelio de Jesús, deberían ser sometidas a examen crítico. Trabajo difícil, indiscutiblemente. Pero ya se ha comenzado a llevar a la palestra. El papa Francisco, con extraordinaria libertad, alienta la esperanza.

Sacerdote de Petare

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