Afganistán ¿pivote del mundo? (I) | Vladimir Acosta

30 de agosto de 2021, último avión de Estados Unidos sale de Kabul

Seguimos con la geopolítica. No podemos desentendernos de ella porque somos parte de ese mundo en disputa; pero también porque todo nos indica que esa disputa está definiendo nuevos caminos en el contexto actual del planeta y creando situaciones que, por lejanas que nos parezcan, no dejan -o no dejarán- de afectarnos. Pero así mismo porque el desastre estadounidense en Afganistán se halla hoy en el centro de ese replanteo y de esas nuevas perspectivas que prometen dar nuevas formas al cuadro geopolítico mundial. Y para tratar de no perdernos en medio de esas complejas perspectivas, convendría echarle primero una atenta mirada al panorama actual de Eurasia, y más precisamente al de los grandes y poderosos países que hoy se mueven en torno a Afganistán y a la crisis que ha desatado la catastrófica derrota política y militar que los afganos acaban de propinarle al imperio estadounidense.

Para hacerlo usaré como referencia a Mackinder, el gran geógrafo y geopolítico británico de quien hablé en un artículo reciente y a su visión geopolítica de Eurasia como Isla del Mundo, porque todo indica que esa vieja visión del planeta y de las claves geográficas y políticas que sirven de base a su dominio están resucitando ahora, incluso con rasgos actuales y por razones que renuevan las ideas originales que Mackinder expusiera para darle sustento hace ya un siglo. En efecto, salvo los ciegos imperialistas yankees que no admiten su imparable decadencia, todos los análisis serios de las perspectivas del mundo para este siglo XXI muestran que será (y que lo es ya de hecho) el siglo de Asia, como nos hace ver la realidad que tenemos delante cada día y los sólidos datos en que esa visión se apoya.

Veamos en detalle el panorama.

China es la clave y centro de todo. Por cierto, Mackinder llevó su Isla del Mundo solo hasta la frontera china dejándola fuera porque China era entonces un país invadido, destrozado y en guerra civil. Pero esa China ya no existe porque hoy China es otra. Bajo la dirección del Partido Comunista, creado por cierto hace cien años, en 1921, en Shanghai, China enfrentó y derrotó al colonialismo europeo que la ocupaba y mantenía dividida, a sus cómplices como Chiang kai shek, servidor de Estados Unidos, al Japón imperial y asesino que la invadió masacrando a su pueblo, y a Estados Unidos que intentó recolonizarla. Con enorme apoyo popular, el Partido Comunista tomó el poder en 1949 y desde entonces China, bajo su dirección, y al precio de vivir mil experiencias, unas frustradas, otras exitosas, se ha convertido hoy en un enorme país, rico y poderoso, en el país que encarna ese ascenso y dominio asiáticos. Su influencia política y su creciente poder económico, científico, tecnológico, militar y cultural superan ya a Estados Unidos, que más allá de amenazar y sancionar, no sabe qué hacer para pararlo.

Rusia, en su doble carácter de país europeo y asiático, que va del extremo occidente europeo a la punta oriental del Asia, es el otro eje de ese nuevo dominio mundial euroasiático en ascenso. En tiempos de Mackinder el viejo imperio ruso se había convertido en país socialista. En la Segunda Guerra respondió al brutal ataque de los nazis y los aplastó. Pero debió enfrentar luego al entonces ascendente poder mundial estadounidense. No fue capaz de competir con él ni de superar sus serias contradicciones internas; y en 1991, combinadas ambas causas, se derrumbó y fue desmembrado. Vivió años terribles. Pero bajo el gobierno de Putin se recuperó y hoy es una potencia que supera en lo militar a Estados Unidos, crece económicamente, se extiende por Siberia al extremo oriental del Asia y tiene excelente relación con las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguizistán) que ahora son independientes y amigas también de China. De modo que China y Rusia, estrechamente aliadas, con sus políticas inteligentes y amistosas con todos esos países y con sus planes económicos de desarrollo continental, dominan la mayor parte del inmenso territorio euroasiático, de esa extensa Isla del Mundo de que hablara Mackinder. Y no hay que olvidar como fuerzas que forman parte también de ese proyecto al contradictorio Pakistán, país nuclear, que al menos neutraliza a India; y a Irán, que es el país más importante del Medio Oriente.

Veamos ahora los obstáculos que se oponen a ese proceso.

El primero es India, enorme país, nuclear, rival de China y fiel a Estados Unidos. Pero India vive una honda crisis estructural: Gandhi orientó ese país hacia la pobreza, la miseria y el subdesarrollo mientras China escogía una vía socialista que buscaba crecimiento, justicia social y mejorar la vida del pueblo. Hoy, mientras China superó la pobreza y reduce diferencias sociales, India, que cuenta con una pequeña élite rica y un sector tecnológico de primer nivel, debe soportar una inmensa población que va de pobre a miserable y ronda 800 millones de habitantes. India debe primero superar su desigualdad para intentar asumir liderazgos de esa talla. El otro es Japón, que tiene una enorme deuda de sangre con China. Japón es aún una potencia, sí, pero ya estancada. Alcanzó su cénit en los 40 del siglo XX, y se expandió por Asia cometiendo crímenes horrendos. Pero debió enfrentarse a Estados Unidos, que lo aplastó, le arrojó dos bombas atómicas y le impuso un protectorado al cual continúa sometido.

Sigue luego la decadente Europa, que enfrenta a China y a Rusia como servil protectorado que es de Estados Unidos, cuyas órdenes sigue y cuyos mandatos acata, aunque la perjudiquen. Pero Europa también sabe que mantenerse atada al tembloroso imperio yankee la llevaría de la decadencia a la ruina, y es por ello que trata en forma solapada de acercarse a China, aunque todavía se resiste a buscar una relación política normal con Rusia, que beneficiaría a ambas. Tendría que hacerlo, y en todo caso, sus países líderes, Alemania y Francia, ensayan ya ese juego que China y Rusia también impulsan con prudencia.

Y por supuesto está Estados Unidos que, por su excluyente vocación imperial es el principal enemigo de ese proceso. Mackinder lo dejó también fuera de su esquema, aislado por sus dos océanos en la distante América. Pero justo entonces Estados Unidos, en la Primera guerra mundial, empezaba su expansión hacia Europa y alcanzó a dominarla luego de la Segunda guerra. La convirtió en protectorado, la llenó de bases militares, usó el plan Marshall para dominar su economía y cuadró poco a poco a sus gobiernos en el anticomunismo. Sin dejar Europa, pasó al Asia y con su ambición petrolera pronto controló el petróleo del Medio oriente, pero más allá no pudo con China y fracasó en Vietnam, aunque con la Guerra fría, que terminó ganando en los 90, hundió a Rusia. Pero esta se recuperó. Creyó controlar luego a China y se equivocó. Lo descubrió ya tarde. Y cuando se creía único dueño del mundo, le llegó el tiempo de la decadencia. En sus guerras ha cometido crímenes horribles como en Corea y Vietnam, y el rechazo de los pueblos asiáticos hacia él es enorme. La invasión de Irak fue un monstruoso crimen; y ahora Afganistán lo deja en ridículo ante el mundo. A Estados Unidos le resulta cada vez más costoso ese esfuerzo de pobres resultados. A decir verdad, parece estar en lento pero imparable repliegue en lo tocante al Asia continental, en la que ha sido derrotado, siendo de ello Afganistán el ejemplo más rotundo y contundente.

¿Y por qué en este contexto Afganistán podría ser una suerte de pivote del mundo? Intentaré explicarlo en el próximo artículo. Sin olvidar, por supuesto, comentar también lo que podría significar cualquier repliegue geopolítico de Estados Unidos para el futuro de nuestra América Latina.

 

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