Asesinar por internet

Argumentan siempre los apátridas para justificar su pitiyanquismo, que en Estados Unidos sí se cumplen las leyes y que por eso las cosas funcionan bien.

Explican que la gente cumple las normas porque la autoridad es muy severa con los infractores y eso hace que nadie quiera infringirlas.

El carácter represor de la policía en Estados Unidos es visto como una bendición de Dios por quienes pretenden que en Venezuela el Gobierno sea derrocado porque supuestamente repelió en alguna oportunidad (hace ya más de tres años) a alguna gente que un buen día decidió salir a la calle a vandalizar todo a su paso, incluyendo el exterminio de seres humanos quemándolos vivos, y que se propuso en demanda del antidemocrático cambio de gobierno que exigían embadurnar con mierda a los agentes de la Guardia Nacional Bolivariana.

Un evento impensable en Estados Unidos, porque allá la reacción de los organismos represores ante una agresión de ese tipo sería sin lugar a dudas el acribillamiento en la vía pública de todo aquel que ose irrespetar de esa forma a la autoridad.

En esa, que se autoerige en la Meca de la libertad y el respeto a los derechos humanos, el asesinato de personas indefensas en plena vía pública es ya parte del paisaje. Un fenómeno que de tanto repetirse ha pasado a ser una forma de vida de una sociedad que se traga sus propias inmundicias con pasmosa solemnidad, a pesar de las muy puntuales protestas que esa cultura del asesinato cotidiano a mansalva a manos del Estado va instaurando como normal en la mente del norteamericano.

Frente a ese genocidio por goteo que se comete en suelo norteamericano, no deja de asombrar la pasividad de un mundo que se dice preocupado por la violación de las libertades y de los derechos humanos. Repugna, por supuesto, la fría aceptación mundial de ese estado de sitio permanente al que es sometido el pueblo de los Estados Unidos, al que se le oprime con exactamente el mismo método de infundir temor usado por Adolf Hitler en su momento.

Pero más pasmoso todavía es el grotesco fenómeno de la miserable defensa que hacen hoy por las redes sociales esos pitiyanquis con las atrocidades de la policía gringa, buscando siempre culpabilizar a la víctima y exonerar al autor del atropello.

Simplemente asquerosa.

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