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Bailando pegado

En este momento histórico donde el diálogo marca el rumbo político del país, la corrupción en tanto arma estratégica, reaparece oportunamente.

No creemos conveniente que en esta coyuntura se la utilice para fines políticos, con intenciones de perjudicar el diálogo y la negociación. Sin embargo lo consideramos un tema de obligante discusión y análisis, que nos coloca frente a una serie de interrogantes que forzosamente debemos plantearnos. ¿La corrupción se limita a al sector público? ¿Está libre de culpa el sector privado? ¿No hay corrupción individual? ¿Se ha generalizado la corrupción? O peor aún ¿Se ha normalizado la corrupción a todos los niveles? ¿La hemos internalizado? ¿Somos víctimas inocentes?

La corrupción está sobre el tapete, forma parte de las conversaciones cotidianas en tanto “un mal” legal, económico y político, social y organizacional, olvidando o evadiendo que es esencialmente un problema ético y moral, que evidencia una crisis de valores de la cual creemos estar exentos. El corrupto está fuera de mí, soy la desprotegida víctima, observadora del “mal” y, a la vez, denunciante ante una determinada audiencia. En tanto víctimas, hemos sido conducidas al “matadero de la moral” y nos sentimos libres de culpa. Inermes, la corrupción nos empuja a la violación de las normas establecidas. No hay corrupto sin corruptor y como el bolero se baila pegado.

Peligrosamente se ha ido se consolidando la idea de que la corrupción es crónica. Sin el menor resquicio de duda, participamos de un de acuerdo social “la corrupción es una suerte de condena eterna”. Es necesario reconocerla, denunciar las tramas de corrupción que nos penetran y desechar la convicción de que es un mal arraigado e invencible. Tanto la práctica como la tolerancia comprometen a toda la sociedad.

En la actual coyuntura política, es obligante despolarizar la corrupción y abordarla dentro del proceso de diálogo en curso e incorporarla a las futuras negociaciones. Retomemos la figura de la contraloría social en tanto eje de participación ciudadana.
Lo cierto es que la corrupción tiene un alto costo para el país, porque no solo ataca la ética y la moral, mina la confianza en las instituciones y, más grave aún, pone en peligro la democracia.

@maryclens