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Bolívar, la utopía de la igualdad

Discurso pronunciado por Luis Felipe Pellicer en el Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo, en sesión especial organizada por el Centro de Estudios Simón Bolívar con motivo del 238 aniversario del nacimiento del Libertador, en Caracas, el 24 de julio de 2021.

Hablar de Bolívar en estos espacios y momentos de homenaje a su obra y a su figura histórica es siempre un compromiso y un honor en sol mayor. Agradezco al Centro de estudios Simón Bolívar, a su fundador mi hermano Pedro Calzadilla y al presidente de la institución mi hijo Alejandro López el haberme dado esta encomienda difícil pero hermosa de arreglar unas palabras para compartir lo que pienso y lo que siento acerca de la figura cumbre de nuestra historia.

Hablo en términos familísticos porque ya son más de tres décadas desde que fundamos el grupo Nueva Historia en la UCV en 1984, acompañados con nuestro tío Luis Cipriano Rodríguez, nuestro padrino Rafael Strauss y nuestro entrañable hermano Enrique Nóbrega, entre otros hermanos y hermanas amados. Tengo tantos hermanos que no los puedo contar.

Mucha agua ha pasado por esta quebrada. Fundamos el Centro Nacional de Historia en 2008 y conformamos la Red de Historia Memoria y Patrimonio en el 2011 en el congreso de historia de Guárico el equipo promotor estuvo conformado por Dulce Marrufo, Arisela Medina, Juan Romero, Nereida Ferrer, Belín Vázquez, Luis Felipe Díaz, Luis Peñalver, Ángel Velásquez y todo el equipo del Centro Nacional de Historia y el Archivo General de la Nación. Esta red es heredera de la revista Tierra Firme y de nuestros padres Arístides Medina Rubio y Pedro Calzadilla Álvarez.

De manera que hablo desde una familia amante de la historia. Invoco a mis ancestros y convoco a las mujeres y hombres que hemos logrado la más potente comunidad de historiadores y cultores de la memoria que haya existido en el país. Además, debo decirlo con mucho orgullo, es una comunidad de pensamiento de Historia Insurgente inspirada en la filosofía de la historia del comandante Chávez.

Mucha agua ha corrido en esta quebrada que es este mar Caribe y este océano Atlántico que siempre han sido nuestros.

No vengo a hablar por todos los que he nombrado y los que dejo de nombrar. Pero sí por una familia, un clan y una comunidad. Sobre todo por este pueblo al que pertenezco en cuerpo y alma. Este pueblo que soy. Por esta Patria que ahora tenemos, después de doscientos años de lucha. Esta Patria que amamos y defendemos con nuestra vida como único patrimonio.

Con estas fuerzas telúricas vine aquí a decir, repito, algo de lo que he estudiado, de lo que pienso y siento por Bolívar, porque, entre otras cosas, lo que se piensa sin sentir no es humano. Chávez enderezó el dicho: “Corazón que no siente, ojos que no ven”. El sintió en su corazón a su pueblo, porque es pueblo. Y todos lo sabemos que Chávez es corazón del pueblo como Bolívar.

Vine a hablar de Bolívar a quien su pueblo le celebraba el santo todo los 28 de octubre. De Bolívar y del pueblo de Bolívar con quien realizó los grandes hechos y hechuras de su vida. Bolívar y el pueblo de todas las clases que sacaba su retrato a recorrer las calles de Caracas clamando por su presencia para que viniera a cuidar su obra máxima de Colombia la Grande en 1828. Bolívar el amante de Manuela y quien amó con locura a su maestro Simón Rodríguez. De Bolívar a quien enterraron a partir de 1842 en una ideología narcótica de unidad nacional de una república racista, colonial, oligárquica y esclavista. Vine a hablar del Libertador de América a quien Chávez liberó de las garras de la burguesía y lo devolvió a su pueblo. Bolívar el que fue al sambódromo, el que está en nuestro espacio ultraterrestre y en el alma de nuestras niñas y niños de cada rincón de esta Patria donde hay un centro de educación inicial Simoncito. Bolívar el que honra con su nombre a la Revolución y a la Patria. Bolívar al que amamos con locura.

Para este propósito hablaré también de la sociedad y mentalidad de la época en que le correspondió vivir a Bolívar. Una sociedad colonizada desde una mentalidad excluyente que le quitó la humanidad a nuestros pueblos originarios y a nuestros hermanos africanos.

Una mentalidad racista, heterosexista, machista y opresiva que justificó la invasión, la dominación y el genocidio. En palabras de Ginés de Sepúlveda en 1550:

“… la primera razón de la justicia de esta guerra, es que siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros indios, incultos e inhumanos, se niegan a admitir el imperio de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos, imperio que les traería grandísimas utilidades, siendo además cosa justa, por derecho natural, que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre, la mujer al marido, lo imperfecto a lo perfecto, lo peor a lo mejor, para bien de todos.”1

Desde esa ideología racista e inhumana se conforma la sociedad venezolana durante trescientos años.

Comienzo por hablar del hombre que escribió la Carta de Jamaica, el oprimido americano meridional.

Me pregunto: ¿Quién es el hombre que escribe el 6 de septiembre de 1815, en Kingston, Jamaica, la “Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla”? ¿Un Libertador derrotado, un estadista, un visionario, un optimista o pesimista racional? ¿Un analista de la realidad socio-histórica latinoamericana con aguda visión prospectiva? ¿Un sudaca que se atrevió a recriminarle a Europa su sordera ante su propio interés y ante la posibilidad de crear el “equilibrio del mundo”, es decir el mundo pluripolar y multicentrico, hace 200 años? ¿Un anti-colonialista que denunció la barbaridad y la perversidad de los conquistadores contra los pueblos indígenas de América?

De seguro, Bolívar es todo lo mencionado y mucho más. No obstante, aquí queremos ensayar una respuesta desde la condición socio-cultural y mental del remitente de la Carta de Jamaica. A ver si no nos conformamos con despacharlo como un representante de su clase, un blanco criollo, un mantuano, un principal o un “padre de familia”.

Por supuesto que Bolívar es hijo de una familia mantuana, blanca criolla, descendiente de los “conquistadores o primeros pobladores” españoles. Familia perteneciente a la clase de esclavistas-terratenientes, “vecinos” de la ciudad de Caracas, únicos que tenían los privilegios de ostentar cargos en el Cabildo, cursar estudios en la Real y Pontificia Universidad, contraer matrimonio con blancos, usar bastón, espada, quitasol y mantos. Bolívar perteneció a una clase que se pensaba a sí misma como la única con esos derechos y que a lo largo de trescientos años construyó una imagen colonial del otro, del no blanco criollo y principal, con la intención de conservar su primacía y excluir a los otros de los privilegios.

Esa clase dominante cuya mentalidad excluyente era fundamentalmente racista concibió a nuestros indígenas como gente “ociosa e viciosa, e de poco trabajo e melancólicos e cobardes, viles y mal inclinados, mentirosos e de poca memoria, e de ninguna constancia” (Gonzalo Fernández de Oviedo Historia general y natural de las Indias, 1535). Otro cronista, López de Gómara, en 1552, los califica de “holgazanes, vanagloriosos, vengativos y traidores”. Esa percepción inicial se proyecta y permanece hasta principios del siglo XIX (continúa siendo en nuestros días una de las matrices del racismo actual).2 El Claustro Universitario en 1803, representante conspicuo de la mentalidad excluyente, se refiere a los naturales como gente de “decadente flaqueza”. Se discriminaba a los indígenas a pesar de ser legalmente iguales a los blancos.3

Cómo no iba ser denigratoria, insultante y racista la percepción de aquella mentalidad conservadora respecto a los hijos de blancos e indios, es decir, de los mestizos quienes a pesar de ser iguales, legalmente a blancos e indios, eran discriminados en la dinámica de aquella sociedad. De allí que le costara a Juan Germán Roscio nueve años de litigio ante la Real Audiencia para ser aceptado en el Colegio de Abogados.

Terrible, persistente y agudo es el imaginario colonial que construye la representación mental de los negros africanos. Para los catedráticos de la clase dominante, el Claustro Universitario, en 1803, haber “trasplantado” negros africanos al continente, dio buenos resultados en la producción agrícola, pero en la sociedad

“… causó un horrible desorden, llenándola de bien fundados temores, manchando las familias europeas y confundiendo las jerarquías que forman la energía, la hermosura y subsistencia del Estado.”4

De la forma más despiadada dicen que los africanos son hombres

“… marcados con toda la ignominia de la barbarie y con toda la infamia de la esclavitud. Hombres estúpidos, groseros, desnudos y sin más señal de racionalidad que una semejanza desfigurada y casi obscurecida con el ardor del clima. Hombres víctimas de la ferocidad de sus cohermanos que los privaron de libertad. Hombres en quienes las pasiones más groseras tienen un imperio que casi los degrada de su ser. Hombres inclinados al robo, sanguinarios, suicidas, cubiertos por lo común de la confusión de las costumbres más bárbaras.”5

¿Qué queda para los pardos o mulatos, para los hijos de negros con blancos?

“El mulatismo de suyo es un género de gente altivo, insolente y descarado luego que sacude el yugo de la servidumbre, se hace incorregible, pertinaz en sus excesos, y capas en una palabra, de atropellar el respeto más sagrado y la autoridad más soberana de allí que disimulándole sus atentados en los principios cresen gigantes en los fines.”6

Los blancos no mantuanos, ni peninsulares, los llamados blancos de orilla también son discriminados no por la raza sino por honor y abolengo. A los criollos principales “todo les parece poco cuando el que pretende no es uno de los mismos mantuanos”.

La mentalidad opresiva y excluyente ha penetrado toda la sociedad, la discriminación se ha naturalizado. Nos lo explican los pardos del batallón de Caracas que quieren excluir de sus filas a un zambo, dicen:

“Para más clara inteligencia del asunto será forzoso explicar las distintas especies de negros mezclados con otros que los colocan en inferior esfera: la mezcla de mulato y blanco son tercerones, los cuarterones provienen de blanco y tercerón, los quinterones de blanco y cuarterón, son iguales a los blancos en sus facciones y color. Los mulatos o negros mezclados con indios son zambos. Si zambos se mezclan con tercerón o cuarterón sus hijos son tente en el aire porque ni avanzan ni retroceden. Los hijos de cuarterones o quinterones con negro son salto atrás porque no avanzan a blancos sino retroceden a negro.”7

Esa mentalidad es hegemónica. Con su fundamento ideológico racista cohesiona la sociedad estratificada, jerarquizada y excluyente naturalizando las relaciones de dominación y sumisión. No obstante, desde finales del siglo XVIII, no sólo se está desmoronando un sistema político y una estructura social, sino también un sistema mental. Basta mencionar la Rebelión popular de 1814 para corroborar la potencia de las luchas de pardos y esclavos por la libertad y la igualdad. Pero también decir que son trescientos años de resistencia y rebelión indo africana los que desembocan en la independencia.

Veamos cómo piensa y se piensa un criollo principal, uno que en la Carta de Jamaica y en el discurso de Angostura plantea los fundamentos histórico-políticos de su teoría revolucionaria de la Independencia de América. Quién es y cómo piensa de su identidad y de su sociedad.

La carta se la remite a un ciudadano de la isla de Jamaica, a un inglés Henry Cullen. La escribe quien se define como un “americano meridional”. Es decir un suramericano que piensa y siente a la América del Sur como su “Patria” y agradece a Cullen el interés que ha tomado por ella. No es el caraqueño, “el hijo de la infeliz Caracas” que se dirige a los ciudadanos de la Nueva Granada después de la caída de la Primera República en 1812. Ni es un español americano como se identificaban los blancos criollos. Ha ensanchado su horizonte geopolítico, histórico y cultural. Se ha apropiado de tres siglos de historia, desde que comenzaron las barbaridades de los españoles en el continente hasta el momento en que su interlocutor desea que los éxitos que obtuvieron otrora los españoles, acompañen ahora a los “oprimidos americanos meridionales”.

Quien escribe es Bolívar uno de los oprimidos americanos, es el otro separado de España porque “el destino de América se ha fijado irrevocablemente” y “el lazo que la unía a la España está cortado”. La unía “la opinión” que era “toda su fuerza”. Es decir, una ideología que cohesionaba aquella “inmensa monarquía”, compuesta por “el habito a la obediencia; un comercio de intereses, de luces; de religión; una reciproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin todo lo que formaba nuestra esperanza”.8 Excepto “un comercio de intereses”, todo pertenece al campo de los valores y sensibilidades, de la ideología, del principio de “adhesión que parecía eterno”. Principio, “simpatía”, o “apego forzado por el imperio de la dominación” que fue relajándose por la “inconducta” de los dominadores españoles. Es decir, ya no por la coerción ideológica, sino por la coacción: la muerte y el deshonor infligidos por esa “desnaturalizada madrastra”. Para el americano meridional que escribe en Jamaica el “velo se ha rasgado.”

¿Quiénes son americanos para él? Americanos son Moctezuma y Atahualpa, “reyes americanos” que sufrieron “tormentos inauditos y vilipendios vergonzosos” al igual que otras “dignidades indianas” que “sucumbieron al poder español”.

Son americanos “los independientes” que libran “una lucha simultánea en la inmensa extensión de este hemisferio” (Río de la Plata, Alto Perú, Chile, Perú, Nueva Granada, Quito, Panamá, Venezuela, Nueva España, Puerto Rico y Cuba) La gente que vive en una extensión de dos mil leguas de longitud y novecientas de latitud, son 16 millones de “americanos” que “defienden sus derechos, o están comprimidos por la nación española”.

Bolívar no habla de 16 millones de blancos criollos. ¿Entonces?, ¿quiénes son esos americanos? Un pequeño género humano de 16 millones de hombres y mujeres diversos étnica y culturalmente y sobre todo: “un pueblo que se esmera por recobrar los derechos con que el Creador y la naturaleza le han dotado”. Al decir de los sabios: la libertad y la igualdad.

Al intentar un cuadro demográfico del país, señala las dificultades de elaborar un censo exacto. Esas dificultades van revelando quiénes son esos 16 millones de americanos: la mayoría de “los moradores tienen habitaciones campestres, y muchas veces errantes; siendo labradores, pastores, nómades”. Es difícil empadronarlos, porque “los tributos que pagan los indígenas; las penalidades de los esclavos; las primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los labradores, y otros accidentes, alejan de sus hogares a los pobres americanos”.9 Indios, esclavos, labradores y pastores que no pueden ser otros que mestizos, mulatos, zambos y negros están incluidos en el gentilicio.

¿Dice Bolívar que los americanos son iguales? No, conoce muy bien las diferencias y las desigualdades que existen dentro del “pequeño género humano”. No en vano ha vivido una familia, una clase y una sociedad. No en vano ha sufrido una derrota por parte de los esclavos, libertos y mulatos dirigidos por Boves. No en vano tendrá que hacer, a partir de 1816, un esfuerzo titánico para reformar un orden social y mental excluyente.

En otra misiva, esta vez dirigida al editor de la Royal Gazette de Jamaica, escribe sobre la posibilidad de unión y orden social en el que ninguna raza logre “anonadar a las otras”.10 La causa del equilibrio no es racial, como podría suponerse en un criollo principal, la convivencia armónica se produce de la extensión del territorio, de la abundancia de la naturaleza y de la diversidad étnica.

En las descripciones que hace de indios y negros esclavizados, sus argumentos no son racistas. Si los indios no representan peligro a la unidad y al orden social es porque no ambicionan el poder y se contentan “con su paz, su tierra y su familia”. Que es igual a decir que se contentan con su cultura. Por otra parte, al esclavo la religión “le ha persuadido que su deber sagrado es servir, ha nacido y existido en esta dependencia doméstica, se considera en su estado natural”. De tal manera que las causas de la naturalización de la sumisión del esclavizado son la ideología religiosa y la costumbre.

Los americanos del sur, todos, viven “a sus anchas en su país nativo”. Las riquezas naturales se lo permiten, lo cual les da una “especie de independencia individual”. De allí la posibilidad de armonía entre las “castas”.

La segunda Carta de Jamaica, no tiene la intención analítica, política e historicista de la primera. Es más bien un texto propagandístico. Es la respuesta a los europeos y americanos, colonizadores y racistas, que veían en la diferencias de “castas” la imposibilidad de la Independencia. A ellos les recuerda que los defensores de la independencia son los mismos que fueron partidarios de Boves. En 1815 ha nacido el Bolívar corazón del pueblo.

Que en la sociedad americana hay un sector dirigente de blancos criollos, sí. Que unos americanos, bajo el imperio español son “siervos propios para el trabajo” y otros “simples consumidores”, también. Pero los propietarios y los trabajadores, los dirigentes y los dirigidos comparten una patria, un estado de opresión y un destino de liberación. Ya llegará el momento, a partir 1816, de ocuparse de las reformas sociales tan necesarias para consolidar el proyecto americano.11

Lo esencial para la acción y teoría revolucionaria de Bolívar es la Independencia. Esto supone la creación de la conciencia nacional, republicana-americana; en la que “todos los hijos de la América española, de cualquier color o condición que sean, se profesan un afecto fraternal reciproco”. Nada más y nada menos que una Nación, una comunidad imaginada en la que cada uno de sus miembros siente la comunión americana.

Nadie nace siendo lo que será, un héroe, un grande hombre se va formando con derrotas y victorias y con amargos aprendizajes. Bolívar, ya lo dijimos, era un mantuano, ordenó juicios contra Piar y Padilla, dos de nuestros próceres mulatos. Temía a la guerra de las castas y los colores y sobre todo a la pardocracia.

Nosotros no hacemos historia insurgente para falsificar la realidad o para ocultar asuntos que pueden resultar incómodos. Nosotros hacemos historia insurgente para quitarle a los opresores los argumentos históricos con los que quieren seguirnos dominando.

En 1825, Bolívar afirma que “la igualdad legal no es bastante por el espíritu que tiene el pueblo, que quiere que haya igualdad absoluta, tanto en lo público como en lo doméstico; y después querrá la pardocracia, que es la inclinación natural y única, para exterminio después de la clase privilegiada”.12

Sentencia duramente los anhelos ciegos y legítimos de igualdad del pueblo, pero eso no le quita lo bailao, ya lo vimos en la Carta de Jamaica ahora veamos brevemente el pensamiento social de Bolívar en el discurso de Angustura.

“Mi opinión es, Legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela. Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la Sociedad, está sancionado por la pluralidad de los Sabios; como también lo está, que, no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud, y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos debéis poseer talentos, y todos no los poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la Sociedad mas liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido; no lo es menos el de la desigualdad física y moral. Es una ilusión, es un absurdo suponer lo contrario. La naturaleza hace a los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las Leyes corrigen esta diferencia por que colocan al individuo en la Sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia propiamente llamada política y social.”13

Habla el teórico y práctico de la República radical, digo más el teórico de la sociedad radical, el hombre que invocó la unidad absoluta, dice Bolívar:

“Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa. La sangre de nuestros ciudadanos es diferente, mezclémosla para unirla.”

Esta frase siempre la escuchamos chucuta, hasta divisa. Pero está hablando el hombre de una teoría social de la igualdad mestiza y antirracista. Habla en Angostura el hombre cuyo ejército de libertador entra triunfante a Lima y algunos sifrinos de allá le cantan un estribillo ofensivo.

Sácala perro, sácala gato

Los libertadores son todos mulatos

A lo que nuestros libertadores contestaron:

Sácala perro, sácala gato

No fueran libres sin los mulatos

Hablamos de Bolívar el que al darse cuenta que las damas de la oligarquía limeña no querían bailar con su amigo y general mulato José Laurencio Silva, mandó a parar la orquesta y lo invitó a bailar con él. Bolívar el que procuró el matrimonio de su sobrina Felicia con el mulato José Laurencio Silva. Bolívar el que nombró santo a Juan José Rondón. Bolívar el que imploró al Congreso de Angostura como si implorara por su propia vida la libertad de los esclavos. Bolívar el que le escribe a Pedro Briceño Méndez el 16 noviembre de 1828, después del atentado contra su vida las siguientes palabras:

“Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar y de Padilla, y de los demás que han perecido por la misma causa: en adelante no habrá más justicia para castigar el más feroz asesino, porque la vida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas. Lo peor es que mañana le darán un indulto y volverá a hacer la guerra a todos mis amigos y a favorecer a todos mis enemigos. Su crimen se purificará en el crisol de la anarquía, pero lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y de Padilla. Dirán, con sobrada justicia, que yo no he sido débil sino en favor de ese infame blanco que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria. Esto me desespera, de modo que no sé qué hacerme.”14

Estamos hablando de un hombre cuya trayectoria lo llevó a saber que el pueblo y no la oligarquía era quien debía tener el poder.

Debe estar orgulloso Bolívar de que en Venezuela los gobernantes no solamente ‘se parecen a su pueblo’. En Venezuela con la revolución que él nos legó, que continúa con Chávez y con Maduro, los gobernantes SON el pueblo. Ese pueblo que Morillo describió en su lamento y derrota anticipada de la siguiente manera:

“El americano no quiere ser mandado por nadie que no sea del país: menos si es europeo el que lo pretende; menos aun si es Español, y solo cede á las circunstancias y obedece al Rey hasta que encuentre otra oportunidad. Cada Provincia Sr. Excmo en América pide distinto modo de conducirla. Lo que es bueno para el reino de Santa Fé no surte efecto en Venezuela á pesar de que son confinantes. En el primero hay pocos negros y pardos; en la segunda son contados los blancos que han quedado. El habitante de Santa Fe, ha mostrado ser cobarde y tímido, cuando el otro es arrestado y sanguinario). En el virreinato han escrito mucho, y los Doctores han querido arreglarlo á su modo. En Caracas al instante desenvainaron las espadas. De todo esto la diversa oposición que se ha encontrado. (…) Quizá no hubieran presentado una obstinada resistencia los habitantes de este virreinato, si no hubiese venezolanos. Cartagena se resistió hasta lo imposible por los venezolanos. En la derecha del Magdalena se han dado ya varias batallas con tropas organizadas por Venezolanos; en la fragosa y estéril Provincia de Antioquia han declarado ya dos veces la guerra á muerte y tienen los pasos fortificados con inteligencia por Venezolanos. Santa Fe fue sometida y recibió las ideas sangrientas por los mismos que habían logrado partido con los Emisarios que enviaron de Caracas. Todo Excmo. Sr. es obra de los venezolanos”. 15

Viva Bolívar y nuestra Revolución bolivariana.

Notas

  1. Tres reflexiones des-coloniales Rafael Bautista Segales [email protected] Universidad Indígena Boliviana Aymara Tupak Katari: Cuyahuani Huarina, Omasuyos La Paz, Bolivia
  2. Luis Britto García, Ideología de la historia y descolonización de la memoria. Leyenda negra contra la democracia venezolana. Turba y sociedad civil., Fundación Centro Nacional de Historia, Caracas, 2014.pp.7-8.
  3. Luis Felipe Pellicer, La vivencia del honor en la Provincia de Venezuela. Estudio de casos. Fundación Polar. Caracas, 1996. P.40.
  4. En Ibídem, p.40
  5. En Ibídem, p.41
  6. En Ibídem, 98
  7. Santos Rodulfo Cortés. El régimen de «Las Gracias al Sacar» en Venezuela durante el período hispánico. t. II, p.19-20.
  8. Simón Bolívar, Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla. (Carta de Jamaica) Kingston-Jamaica, 6 de septiembre de 1815. www.archivodellibertador.gob.ve
  9. Ídem.
  10. Simón Bolívar, Artículo dirigido al editor de la Gaceta Real de Jamaica. después del 28 de septiembre de 1815. www.archivodellibertador.gob.ve
  11. Germán Carrera Damas, “Casos de continuidad y ruptura: Génesis teórica y práctica del proyecto americano de Simón Bolívar” en Mis Historias. Contribución a historias colectivas. Fondo Editorial de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela. Caracas, 2006. pp.70-0-73.
  12. CARTA DE SIMÓN BOLÍVAR PARA EL GENERAL DE DIVISIÓN FRANCISCO DE PAULA SANTANDER, FECHADA EN LIMA EL 7 DE ABRIL DE 1825. www.archivodellibertador.gob.ve
  13. DISCURSO DE ANGOSTURA, PRONUNCIADO POR EL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR EL 15 DE FEBRERO DE 1819, EN EL ACTO DE INSTALACIÓN DEL SEGUNDO CONGRESO DE VENEZUELA. www.archivodellibertador.gob.ve
  14. DE UNA COPIA. O.C.B. CARTA DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR AL GENERAL PEDRO BRICEÑO MENDEZ, FECHADA EN BOGOTÁ, 16 DE NOVIEMBRE DE 1828; LE COMUNICA QUE ESTA ARREPENTIDO DE LA MUERTE DE PÍAR Y DE PADILLA POR LOS RESULTADOS DE LA SENTENCIA QUE POR INDULTO DEJA LIBRE A SANTANDER Y SUS COMPLICES. www.archivodellibertador.gob.ve
  15. Pablo Morillo 27 de marzo de 1816 (publicado en el Correo del Orinoco el 4 de julio de 1818 y antes en la Gazeta de Buenos Aires en 9 Octubre de 1816)