Colonialismo duro y crudo

En los últimos días de mayo de este año se reseñaron en la prensa cuatro noticias que para la mayoría pueden haber pasado desapercibidas, pero que sirven como muestra, cruda y dura, del significado del colonialismo.

La primera: “Emmanuel Macron reconoce en Ruanda la “enorme y abrumadora” responsabilidad de Francia en el genocidio de 1994”. Entre abril y julio de 1994 cerca de un millón de personas fueron asesinadas. Hace 27 años. Ruanda es un país de África oriental, sin costas; actualmente con algo más de doce millones de habitantes y con un territorio de 26.338 kilómetros cuadrados (un poco menos que el Estado Monagas). El país fue conquistado por Alemania a finales del siglo XIX, tomado por los belgas después de la Primer Guerra Mundial. En 1926, Bélgica introdujo un sistema de identificación con tarjetas “según la raza”, los tutsis fueron utilizados para facilitar el dominio imperial y se les facilitó el acceso a la “educación europea”, así como a posiciones administrativas y militares. Los belgas salieron en 1962 y desde entonces Ruanda fue “aliada privilegiada” de Francia. El gobierno francés apoyaba al gobierno que emprendió y facilitó la matanza de 1994.  La responsabilidad francesa fue en efecto “enorme y abrumadora”.

La disculpa sin embargo, no parece obedecer a un problema de conciencia. Ruanda, según distintas fuentes, es el primer exportador mundial de coltán, aunque la producción propia es escasa. Es vecina del Congo, y por el territorio ruandés “sale” hacia Europa buena parte del precioso mineral. 

La segunda: “Alemania reconoce el genocidio en Namibia” y “las atrocidades cometidas contra las etnias herero y nama durante la época colonial”, titula el portal 20 Minutos. Unos 65 mil de los 85 mil herero, y unos 10 mil de los 20 mil nama, fueron exterminados bajo el imperio alemán, en lo que entonces se llamaba África Sudoccidental Alemana, entre 1904 y 1908; “otros miles fueron recluidos en campos de concentración u obligados a vagar por el desierto hasta morir”. El gobierno alemán ha ofrecido cien años después una “indemnización” de 1.100 millones de euros. La Autoridad Tradicional Ovaherero y la Asociación de Líderes Tradicionales Namaqua han calificado el anuncio como “un acto de propaganda por parte de Alemania”. El líder Ovaherero Vekuii Rukoro declaró: “No es suficiente por la sangre de nuestros ancestros. Lucharemos hasta el infierno y de vuelta. Nos iremos a la cama con el demonio si eso nos da lo que merecemos”. En 2015, Alemania inició negociaciones formales con Namibia sobre el tema y en 2018 devolvió cráneos y otros restos de personas de tribus masacradas que se utilizaron en experimentos de la época colonial para afirmar las pretensiones de superioridad racial europea.

La tercera: “Biden conmemora a las víctimas de la peor masacre racista”. Tomamos ahora datos del portal abc.es. Ocurrió hace 100 años en una pequeña ciudad de Oklahoma. La excusa fue “una falsa denuncia de una mujer blanca”, Sarah Page, quien “dijo haber sido agredida por un joven limpiabotas de raza negra”, Dick Rowland. Esto desató “un brote de furia blanca. La turba racista saqueó comercios, incendió edificios y hasta lanzó explosivos desde avionetas privadas, ante la pasividad, cuando no la colaboración, de las autoridades. Aparte de los 300 muertos, miles de supervivientes se vieron obligados a vivir en campos de internamiento, que supervisaba la Guardia Nacional (…) De aquel rico barrio negro, con 30 manzanas (era conocido como el “Wall Street negro”), Biden sólo pudo visitar un montón de ladrillos calcinados y el sótano de una iglesia, que es todo lo que queda un siglo después.”

La cuarta es llamada en los titulares “crisis diplomática entre España y Marruecos”. Titulares que tratan solamente de soslayo a la República Árabe Saharaui Democrática. Árabes entre los cuales muchos hablan español, pues este territorio fue hasta 1975 “colonia española”. Pueblo del desierto pero con un territorio rico en fosfatos y en pesca. España abandonó “su colonia” dejando la puerta franca a la monarquía marroquí, que invadió el territorio y desplazó a sus habitantes que, desde entonces se ven obligados a vivir en campamentos de refugiados, separados por un muro de la mayor parte de lo que es su territorio y su patria. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) propuso un referéndum para resolver la situación de ocupación de los territorios saharauis y ha pospuesto su realización desde 1991, hace ya treinta años. Mientras tanto, la monarquía marroquí se ha convertido en una especie de portaviones de Estados Unidos en África. Una de las últimas medidas de Donald Trump fue el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre los territorios ajenos, a cambio del respaldo de la monarquía para los planes estadounidenses contra Palestina. 

En todos los casos, historias abiertas y vivas, con repercusión presente, de la herencia de muerte, persecución y, reducción y negación de pueblos enteros como parte del imperialismo europeo y estadounidense. Pero, ¿en el caso de la masacre racista no fue acaso “dentro” del territorio de los Estados Unidos?, me pregunta alguien. ¿Pero no es acaso ese territorio de los Estados Unidos herencia de la conquista, exterminio y erradicación de los pueblos originarios de América? ¿No es también producto de la invasión y expropiación del territorio mexicano a finales del siglo XIX? ¿No son acaso la segregación racial, la propia idea de raza y el racismo, herencias del colonialismo que secuestró masivamente personas de África para intentar convertirlas en animales de trabajo?

El auto es director del Centro Internacional de Estudios para la Descolonización

 

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