Con mis libros no se meta

Todos los días me pregunto si Google y la web 3.0 no estarán secando mi memoria. A veces espero que sea así, que la realidad virtual me esté robando mis capacidades neuronales y no una especie de Alzheimer prematuro que al final me deje postrado, flotando sobre nubarrones de olvido.

Algo así temió el Faraón Thamus cuando Hermes, el inventor de la escritura, le presentó su hallazgo: “… la memoria es un gran regalo que debe ser mantenido vivo entrenándole continuamente. Con su invención la gente no se preocupará por entrenar la memoria. Recordarán cosas no debido a un esfuerzo interno, sino por virtud mera de un dispositivo externo.” Lo cuenta Umberto Eco citando a Platón, y yo los cito a ellos en una especie de continuum hipertextual como el que hoy reina en la lógica de la Red.

La escritura se impuso. Luego los soportes físicos que la contenían se fueron solapando en la medida en que una tecnología sustituía a la otra. Finalmente apareció la imprenta, un novedoso artilugio que significó una transformación paradigmática, pero sin tener que asesinar la memoria.

La imprenta, en todo caso, fue una palanca sobre la que se impulsaron los logros científicos y humanísticos del Renacimiento, y sobre la que se fraguó un acceso más universal a los contenidos de la cultura escrita. El surgimiento de una industria asociada a ese invento no tardó en desplegarse por Europa y América y llegar hasta nuestros días.

Casi 600 años de perfeccionamiento de una industria que al parecer se encuentra en trance de desaparición, algo que no puede resultar sencillo de asumir y mucho menos detener. Para justificarlo se ondean -con razón- las banderas del ecologismo, la defensa de los árboles, materia prima del papel en crisis a escala mundial. También es un asunto económico: internet es más barato.

Dicen que una relación antropológica es la que nos encadena al papel. En el tacto subyace un roce de piel que nos marca con el cuño de la emocionalidad. Al manosear una publicación impresa se establece un nexo con las sensaciones físicas, un escarceo sensual -y sexual- que puede implicar, al menos para algunos bibliófilos o librópatas, el apareamiento.

En algunos casos, leer a García Márquez o un artículo de José Roberto Duque, puede hacernos llegar al nirvana. Por el contrario, leer a Isabel Allende o a Luis Vicente León, muchas veces, nos obliga a acabar antes.

Algunos temen que desaparezca el libro, la impresión en papel, el contacto material con lo que leemos. Otros creen que se trata solo del vértigo que produce la obsolescencia tecnológica. Que por el contrario, el libro será un material de culto (más caro y excluyente) y las nuevas generaciones no tendrán ni la más remota necesidad, como la tuvo uno, de retirar el plástico de la cubierta casi a mordiscos y darle paso a las caricias, que es más o menos lo que uno hace cuando pasa las páginas, para dejarse arrastrar por los mundos que se crean a partir de ese compinche fiel, chupasobacos y onanista.

Finalmente, el libro entró desde hace mucho en el reino de la cosificación para ser valorado como objeto de consumo, sujeto a las leyes del mercado. Al parecer y por largo rato, será sustituido o acompañado por esa otra ventana indiscreta, infinita, pero igualmente dominada por las reglas totalitarias del capital y el discurso hegemónico del poder, llamado internet.

Mientras, los fanáticos del ocio, adoradores de las pandemias y sus cuarentenas, hemos vuelto a ser niños durante las horas muertas del reposo obligatorio, tripeándonos cuanta cosa editada haya a la mano, no solo por el regodeo físico y textual, sino porque Internet es más lo que va que lo que viene en casa, con lo cual garantizamos sumergirnos hasta el fondo en ese artilugio del pasado.

 

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