Cuentos pandémicos | Luis Brito García

Manzana. Alan Turing está sentado frente a la Máquina Universal que tan trabajosamente por fin ha montado. En una mano una manzana y en la otra un frasco con arsénico. Hasta ahora todas las máquinas que trepidan, aúllan y arrojan muerte no han sido más que colosos descerebrados. Durante años ha trabajado Turing en diseñar y construir un mecanismo con conciencia propia. Una versión rudimentaria hizo lo que las mejores mentes matemáticas no pudieron: descifró el código Enigma de la maquinaria del Reich y permitió ganar la Segunda Guerra Mundial. Ni el derecho ni la ética ni la moral la decidieron: el mundo de los sobrevivientes no surgió del heroismo, sino de un algoritmo. Máquinas pensantes harán superflua toda criatura que piense. Turing ensaya la prueba que ha diseñado para determinar si una computadora es inteligente: cuando nadie pueda distinguir entre sus mensajes y los de un ser humano, se puede afirmar que existe una inteligencia artificial. La máquina calla. El silencio es el único mensaje posible. Alan Turing aprieta en su mano la manzana, la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, la embebe en arsénico, la muerde.

Grabación. Así como se grabó la imagen y se grabó el sonido, se graba finalmente el Ser, la fugaz confluencia de sensaciones y pensamientos. La banalidad de la vida deviene técnicamente perdurable. Así como contemplábamos las fotografías con imágenes de otros, podemos vivir por instantes en la totalidad del Ser de ellos. Nos mudamos a la vida de tal o cual predestinado, todo menos soportar a plenitud la permanencia de nuestro Ser anodino. A medida que nos instalamos plenamente en los pocos seres esplendorosos descubrimos fraudes, sofismas, incompletudes. Lo que parecía fulgor no era más que máscaras, dudas, ficciones. Nos resignamos a la antología, al álbum de fotos de momentos publicables de aquél que quisimos ser.

Bolsa. No se sabe exactamente cuándo fue inaugurada la Bolsa de Valores de Gobiernos pero se presume que su existencia es tan antigua como la Historia. La oferta y la demanda de los inversionistas determina qué proporción del gobierno pertenece al capital accionario y qué mecanismos, como Deuda Pública, inversión o desinversión, guerra, magnicidio o genocidio rigen el control sobre las propiedades. Ocasionalmente hay subastas. Salvo en casos muy aislados la autonomía es ilusoria. Los gobiernos en líneas generales no pueden aspirar más que al dificultoso cambio de propietarios. Mejor no revelar a quiénes a su vez éstos pertenecen.

Trance. Cuidado con las adolescentes que venden a cualquiera por unos gramos de Trance, la droga que cura del Ser. Ni visiones deslumbrantes, ni sorprendentes distorsiones de lo percibido. Trance hace desaparecer transitoriamente las preguntas que acechan durante la operación de vivir. Trance disocia las causas de los efectos, o sea, la responsabilidad. Bajo los maquillados párpados se posa por un instante la calmante Nada. Tras esta desconexión del Ser de la carga de si mismo, permanece la adolescente con los ojos en blanco, pestañas postizas desprendidas, liberándose como de una obscena máscara del maquillaje de su identidad.

El mundo transparente. Cualquiera de nosotros –dicen- puede entrar en el mundo transparente. Por mi parte, confieso la repugnancia. La mayoría de los niños forzados a acercársele lloran o fantasean por huir de sus rigores. Inútil todo, pues el mundo transparente –aseguran- equivale al nuestro. Y sólo a través de aquél llegamos verdaderamente a éste. En el mundo transparente cada quien es idéntico a cada quien y sólo adquiere nombre cuando se asocia con otros, se coloca en fila con ellos o se fracciona. Adquiriendo entonces un nombre que sólo designa el tumulto o sus fragmentos. En el mundo transparente cada quien es eterno o infinito. De la helada congelación que estos atributos supone redime la continua transmutación que sucede en el mundo transparente. Pues en él rige la fiebre de las asociaciones y las divisiones. Sumándonos o restándonos creamos inéditas cuantías, multiplicamos rebaños, dividimos miembros y separamos fracciones. Para mensurar los triviales juegos de la cantidad, en el mundo transparente por medio del signo = cada quien se transforma en sí mismo, para hacer más visibles o más ocultas las relaciones de sus componentes. Las leyes que rigen estas asociaciones son tan rigurosas como continuamente vulneradas ¿Qué sucede entonces con los resultados de nuestras transmutaciones ilegítimas? ¿Nos convierten en irracionales? ¿No existen, o simplemente crean universos sombríos cuya realidad sólo aparecerá cuando otra asombrosa transgresión de las reglas invente una nueva coherencia?

En el mundo transparente en todas las direcciones nos amenaza el infinito. Su herida puede trasladarnos a la invisibilidad o la ubicuidad. A través de él existimos o caemos en fondos de ininteligibilidad. Si bien nos rodea por todas partes como una mar procelosa, sólo negándolo existimos. Pues su realidad presupondría nuestra presencia innumerable y simultánea. Mientras que, como las visiones extraídas de un sueño, sólo contamos uno a la vez, cuando somos invocados. Inútilmente, pues nunca diremos nada más que nuestra presencia. Sin sexo, sin edad y sin emociones, los números jamás diremos más que nuestra cantidad y nuestra composición a medida que nos transformamos en nuestros equivalentes. Pues nuestras más hermosas y complejas vidas no son más que calvarios que afirman las estaciones de nuestra propia identidad. Reencarnado, así como fui uno renací como dos medios y como cuatro cuartos y ocho octavos, así como soy también ahora uno elevado a mi misma potencia, o infinitamente dividido. Asi existimos en el orbe de la matemática. Si el mundo transparente no es una sombría fantasía sin asideros en lo real, en el mundo que vives pasa exactamente lo mismo. El terror no tiene mitigación: es a la vez uno e infinito.

Das Kapital. El capital que incesantemente se concentra encuentra superfluo al uno por ciento de la población que lo posee, luego al uno que se convierte en dueño de todo, pasa el capital a ser dueño de si mismo, y todos dueños de nada.

Maldición gitana. Quiera Dios que de tanto maldecir a tu enemigo te conviertas en él.

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