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De elecciones y funcionarios

En estos tiempos de elecciones muchos se preparan para ser elegidos por el voto libre de sus comunidades y asumir los cargos que los convierte en funcionarios públicos. Hace un tiempo, en artículo de opinión similar, hacía referencia a la conducta y a lo que estaba expuesta una persona en su rol de funcionario.

Lo repito ahora porque importa tener en cuenta esas situaciones a las que se enfrentan los que ejercen funciones públicas, y lo digo sin rodeo porque hay funcionarios que se molestan cuando les hacen una crítica por su actuación pública, su torpeza, la ineficiencia en el ejercicio del cargo o su falta de probidad.

Son esos que emergen de la mediocridad o del oportunismo, y a veces no hay manera de sacarlos de la función pública. Además, nunca se dan cuenta de que todo en la vida tiene su tiempo, que nada es eterno, que lo que comienza siempre acaba; o mejor cuando la metáfora les advierte que existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad, y en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borran.Pues bien, hace unas décadas, un título o quizá un cántico del Sur de Estados Unidos: “Escuchad sus voces que se elevan”, impreso en el New York Times, dio comienzo a una lucha por la libertad de expresión pero que puso al desnudo a este tipo de funcionarios, como el Comisionado de la ciudad de Montgomery, un tal Sullivan, que pudiera ser cualquier Gobernador de este país, o Alcalde de algún Municipio, que no entendió que se encontraba expuesto a la crítica permanente de los ciudadanos.

Algo que no deben extrañar los funcionarios públicos. Como tampoco es de extrañar que, si saben que están expuestos a ser cuestionados o criticados, estarán menos tentados a actuar arbitrariamente. Así nació una doctrina en sucesivas sentencias de la Corte Suprema de Justicia de aquel país, conocida como la real malicia, según la cual el funcionario no puede ser indemnizado con motivo de una declaración difamatoria relacionada a su función pública, a menos que se pruebe que fue hecha con real malicia; pero también quedó establecido que la discusión sobre los asuntos públicos debe ser desinhibida, sin trabas, vigorosa y abierta, pudiendo incluir ataques vehementes, cáusticos y a veces desagradablemente agudos, contra el gobierno y los funcionarios públicos.

Traigo esto a colación por las votaciones de ahora y los nuevos funcionarios que se preparan para gobernar.

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