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Dilemas y más dilemas

El dilema existe si un argumento político contiene dos ideas contrarias y disyuntivas, pero al aceptar o negar una de las dos demuestra que la otra es la verdadera. Esta es una de las constantes que ha motivado los dilemas de la oposición en el último cuarto de siglo en nuestro país.

Las diferencias contrarias de los partidos contendientes exponen el dilema: unos, proponen que los precios los fije el libre mercado. Los otros, contrarios, suponen que los precios de los bienes de consumo deben ser convenidos de acuerdo con los intereses y necesidades del colectivo social.

Pero ante tal dilema irresoluble, los grupos políticos contendientes convienen que la única forma de resolverlo es a través de un proceso eleccionario y bajo las normas y el cronograma, tal como fue expuesto, convenido y aceptado por el órgano que tiene el poder constitucional en este tema, la Asamblea Nacional, y debe ser ejecutado por el Consejo Nacional Electoral.

Pero la oposición, hasta este momento, y a pocos días de que se cierre el lapso, no ha sido capaz de inscribir a su candidato presidencial.

Hasta hoy tienen un dilema, carecen de candidato, y más grave aún, no poseen tarjeta de votación de alguno de sus dos únicos partidos que poseen este derecho y tienen tarjeta, colores y símbolos que puedan distinguir a su candidato.

El espacio de la negociación que permitiría resolver el dilema lo ocupa la intemperancia de la candidata que el TSJ considera inhabilitada. Insuperable su obstinación frente al dilema de escoger otro candidato. Al contrario, sus diarias intervenciones se llenan de imprudencias donde solo expone amenazas y estrategias para controlar el proceso de votación al agregar el absurdo que “sin ella no habrá elecciones”.

Sus gestos y palabras revelan la furia inolvidable de su historial de desaciertos políticos: guarimbas, invasiones, autonombrados, abstencionismo, magnicidios, traiciones a la patria que tiene más de 30 años repitiendo. Hoy inventa una fraseología que encubre el argumento, donde ella es bandera política de un supuesto “sentimiento nacional”. Idea capciosa que muestra su radicalismo y ambición de poder y niega toda opción negociada que permita sobrepasar este insalvable dilema de “tener o no tener candidato presidencial”. Porque candidatos hay: Rosales, Blyde, Eduardo Fernández, Luis Eduardo Martínez. Todos válidos, solo necesitan de apoyo unitario y que el escogido no se vea como marioneta de la inhabilitada.

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