El clientelismo, el enemigo externo y las universidades

“Si queremos evitar el florecimiento de la concepción tecnocrática, que desnaturaliza la misión de la universidad, debemos vencer la resistencia de las fuerzas conservadoras, que postulan explicita o implícitamente que nuestra universidad no requiere transformaciones o que estas ya fueron hechas, o que todos sus males le vienen de factores externos; son los defensores de la universidad endogámica, crecientemente aislada de su entorno…”

El párrafo anterior fue escrito 1997 por el profesor Alberto Lovera en el artículo “La universidad que tenemos y la universidad que queremos: una mirada desde la UCV”, en la revista Agenda Académica, una publicación de la Universidad Central de Venezuela.

Las palabras del Lovera tienen como antesala un muestrario de vicios y fallas que afectan a la UCV y están presentes en el resto de las universidades del país, como son: “…ausencia de un clima de evaluación, poco premio al rendimiento estudiantil, profesoral y administrativo; lentitud para responder a los cambios en los distintos campos del conocimiento, sea transformar los planes de estudios, sea emprender investigaciones en áreas claves”.

Añade el “funcionamiento pesado de su administración y gobierno; dominio del clientelismo en el establecimiento y puesta en práctica de las reglas de funcionamiento interno, generalizados apoyos socioeconómicos que deben estar reservados solo para aquella parte de la comunidad que así lo requiere; sustitución frecuente de la exigencia en el trabajo académico o administrativo por la permisividad y hasta la complicidad frente al mal desempeño, y por tanto, ausencia de aplicación de sanciones a quienes no cumplen; poco estímulo a la innovación y ambiente conservador frente a los cambios; problemas de calidad y equidad en nuestra forma de funcionar”.

En su artículo el profesor desmonta mitos profundamente enraizados en las universidades. “Uno de ellos es suponer que todas las universidades son iguales, cuando contamos con evidencias sobre las enormes distancias que hay entre unas y otras. Tampoco hay homogeneidad hacia el interior de la misma UCV. En las universidades conviven facultades, escuelas, institutos, departamentos, personal docente y de investigación, estudiantes, empleados y obreros con desempeños totalmente diferenciados. La conclusión es que no se pueden tratar a todas las instituciones como si fueran masas homogéneas”, señala.

Otro mito desmontado por Lovera es sostener que los intereses de la universidad son homogéneos y por ello se habla de “la defensa de la universidad”, en contraposición a “los enemigos de la universidad”.

“¿De cuál universidad, la de la excelencia académica, la de quienes desarrollan investigación de alto nivel, la de la innovación, o la permisiva con la existencia de profesores que no cumplen con su dedicación, estudiantes eternos, o la que produce un ambiente conservador y refractario a los cambios? Lo que hoy tenemos es una reunión informe de intereses que cada quien interpreta como “la universidad”.

El profesor explica la existencia de tres concepciones de universidad y toma partido por la defensora de sus funciones medulares, pero capaz de conciliar calidad, equidad, eficiencia y pertinencia científica y social. “Es la que postulamos como deseable las heterogéneas y las aun desarticuladas fuerzas del cambio”. Enfatiza, en este artículo escrito en 1997, que la “Universidad que queremos debe ser una pieza estratégica para un nuevo proyecto nacional capaz de orientar la construcción de una Venezuela sólida económica y socialmente”.

  • Para que esta potencialidad sea desarrollada al máximo, nuestra universidad y todo el subsistema de educación superior debe acometer transformaciones profundas, generadoras de conocimientos y formadora de profesionales a tono con la ciencia, la tecnología, la cultura, dadora de respuesta a los problemas nacionales, lo cual requiere agendas de investigación y planes de estudio que puedan responder a ese dinamismo, evitando la velocidad de paquidermo que domina actualmente, la cual genera cambios que se concretan cuando están obsoletos.

“La universidad que queremos debe ser una institución en la cual prive a la vez la democracia y la meritocracia, como señalaba el Rector Francisco De Venanzi (1986). Además de perfeccionar el sistema de democracia participativa, consustancial a la vida universitaria, se requiere implantar un sistema meritocràtico a todos los niveles. Debe poner fin a los espacios de intereses parcelados y corporativos”.   

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