El elegante brazo de la ley

¿Qué separa a un pendejo como yo, amordazado por los miedos de la mediana edad e hipertenso, de un policía nacional a punto de desenfundar su arma de reglamento y atestarte un pepazo si te comes la luz?: unas bermudas azules bien pegaditas.

El jueves, como a las 10 de la mañana, yo era un tipo relajado a pesar de las náuseas, mareo y ardor en las mejillas, síntomas inequívocos de la tensión alta. Feliz como dicen los manuales, con buena cara a pesar de los embates de la salud, predispuesto para los asombros y siempre con una sonrisa a media asta, por si me toca pelar los dientes completos.

Tan relax que acometí junto a mi chica una tarea inoportuna: acudir al CDI más cercano a que midieran las pulsiones diastólicas y sistólicas de mi maltrecho corazón, ese adminículo festivo que de tanto emocionarse parece a punto de arder si no fuera por un tratamiento médico que a estas alturas asciende a una cifra inconcebible, algo así como 25.000.000 de bolívares al mes.

Pantalón corto playero, sandalias de artesano y franelita blanca deshonrada por dos gotitas de café; lo que menos traduce mi aspecto de beato anónimo es el de alguien que anda buscando líos, ni que pretende irrespetar el decálogo del buen vestir de Carolina Herrera y menos aún de quien está intentando cometer algún exceso punible.

Uno anda en bermudas porque los designios del azar nos depositaron en el corazón del trópico. 40 grados a la sombra entre mayo y octubre y ropita cómoda y ligera por si hay que salir corriendo frente a cualquier adversidad de la vorágine urbana. Además, lo único que nos distancia del Mar Caribe y del infinito Atlántico es la inmensa muralla del Waraira, que cualquiera puede sortear tomando una camionetica en El Silencio o Gato Negro, rumbo a Mamo Abajo.

Con ese estímulo tan cercano, uno no puede menos que fantasear con la premonición de una piña colada, par de chapuzones y el chorro bien untado de crema bronceadora incluso a la hora de la chamba en una oficina del Centro, o mientras vas a pagar el cable en la avenida Urdaneta o te entretienes en la plaza La Candelaria hablando con los perritos callejeros.

Al CDI, como a misa, se va con cierto temor de Dios. Las viejas chismean con espíritu conciliador, los abuelos hacen la cola entre expectantes y asfixiados, y poco importa si la vida es buena o mala si al final (reflexiona uno) vamos a morir todos. Eso piensas, distendido y abandonado, hasta que a un vigilante le entra una sorpresiva nostalgia por el Manual de Carreño y te pega en el pecho las normas internas de la institución, que al parecer fueron escritas por un Lord inglés de levita y pumpá.

Desde ese momento ya no te estigmatizan por portador del Coronavirus sino por malviviente, y es cuando hace su entrada el tombo que se te encima amenazante, tomando de su cinto el revolver, a punto de lanzarte un par de cachetadas mientras se impone con actitud represiva.

“Ciudadano, usted no puede permanecer en las instalaciones en short”, hipótesis que intentas desmontar explicando que lo que llevas puesto se llama bermuda y es el último grito de la moda en Miami y La Habana (para que no haya conflictos ideológicos) pero qué va, el policía intransigente, puño en alto y hierro fundido en su corazón, ordenándote desalojar con un argumento legal que establece que en la Caracas del siglo XXI no puedes transitar sin corsés ni en el Metro, ni en las oficinas públicas, ni en los parques, ni en un CDI.

Huyes, derrotado por la ceguera normativa de quienes fabrican leyes artificiosas para expropiarnos las palmeras, el ron con hielo y la arena en las chancletas, mientras en la calle estallan las chicharras con su coro salvaje, y las hojas secas fabrican una alfombra indócil sobre la avenida principal de San Bernardino por donde bajas robándole piquitos a tu jeva, sin dejar de
voltear de vez en cuando, para comprobar que no te viene persiguiendo el elegante brazo de la ley.

 

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