El fatalismo

No hay cosa más estremecedora que el fatalismo. En todos los sentidos. Es la idea de lo que tiene que suceder de manera inevitable y se dice que es lo que afirma la “impotencia de cualquier esfuerzo” para cambiar lo que va a ocurrir. Es algo que se aviene a una relación con las épocas, esos espacios de tiempo que cuentan historias y dejan larga memoria de hechos que conmueven la naturaleza humana, como las pandemias que se convierten en fatalismos, precisamente, por esa impotencia para enfrentarlas. Hay algunos ejemplos en estos tiempos de Coronavirus, muy frescos, pero que en el futuro serán rastreados por la memoria: Trump, Lenin Moreno y Bolsonaro. La manera de accionar o no accionar para que se produzca un resultado lleva esa carga de fatalismo, sin necesidad de buscar su fuente en una predeterminación divina o en un determinismo cualquiera, o en lo que llaman una “esfera inalcanzable”. Pero, sin lugar a dudas, es una actitud práctica, no es otra cosa. 

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Lo observamos en estos tiempos de pandemia con la actitud que asume el Presidente de EEUU, el señor Trump, cuando le dice al mundo que “200 muertos”, por lo menos, provocaría en EEUU el covid-19. Es decir, no se puede hacer más nada y esperar que ocurran 200 muertes que, según él, sería el resultado y no otro. O la que asume el señor Presidente de Ecuador, Lenin Moreno, que expresa su “mayor esfuerzo” ante un Guayaquil dantesco, con cadáveres en las calles y un sistema de salud totalmente arrasado, ofreciendo urnas de cartón y sin asomar una pizca de protección para los que aún están vivos. De Bolsonaro, Presidente de Brasil, la indiferencia, la desidia como actitud, mientras sus seguidores allá en Sao Paulo, marchan en protesta contra la cuarentena ordenada por un Gobernador como medida de prevención frente a un mal que no tiene la vacuna.

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El fatalismo que representa a estos tres presidentes se concreta para el día 9 de abril de 2020, en el siguiente cuadro desolador: 466.299 contagiados en EEUU y una cifra que pasa los 16.000 muertos; en Ecuador los números “se quedan cortos”, en tanto el encargado del levantamiento de cadáveres en Guayaquil dice que los fallecidos pueden llegar a 3.500. Allá en Brasil la cifra pasa de 18.000 contagiados y se aproxima a 1.000 muertos. Ahí está el resultado fatal de la impotencia de cualquier esfuerzo, sin vestigio de actitud noble y decidida que exprese humanidad.

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