El juego del calamar

Es el fenómeno de moda en Netflix en camino de convertirse en una de las series más vistas de esta plataforma. Sin nada que la favorezca: origen surcoreano, actores y equipo desconocidos en esta parte del planeta. Y la maquinaria de Netflix que no la apoya lo suficiente.

Hoy es la sorpresa de la franquicia. Éxito multitudinario que no se entiende. Su fama cual virus se ha extendido por efecto de las redes y la siempre noble “aplicación” del boca a boca.

El argumento de El juego del calamar es tan elemental como enigmático. Un grupo de personas con graves problemas económicos acceden a participar en un torneo que hará millonario a uno de ellos. Solo tendrán que sobrevivir a seis pruebas inspiradas en juegos infantiles de origen coreano, que igual nosotros en antaño los conocimos y jugamos: como el icónico juego de metras y sus variantes, “riña”, “pepa y rolo”, o el eterno “gárgaro paralizao” o llamado “un dos tres pollito inglés”, con el que se inaugura la masacre de El juego del calamar.

Sin duda el magnetismo de la serie se apoya en lo argumental y lo visual al realizar una serie adictiva, que rebosa momentos antológicos e imágenes inesperadas.

Gusta por ser una saga de torturas sistemáticas y alambicadas en recuerdo a juegos infantiles donde el peso dramático está en el sufrimiento y la tortura que padecían las víctimas de un escorpión que no muestra su juego sino partes, cada vez más sofisticadas de su infierno.

Llama la atención los escenarios y el plano de los pasillos que llevan a los participantes a la primera prueba: laberintos infinitos donde todos parecen moverse en distintas direcciones. Toda la serie brilla al mismo nivel: de la estética de las pruebas (entre infantiles y perversas).

Finalmente El juego denuncia con sarcasmo lo grotesco de la penosa situación a la que se enfrenta la inmensa mayoría del género humano que vive desde 1953 la postguerra de Corea haciéndole gambetas a sus deudas asumiendo trabajos infrahumanos que demuestran la frágil felicidad abstracta que nunca alcanzarán.

La serie no transcurre en el futuro, pero la estética recargada y la estructura cuadriculada de las pruebas asoman amagos totalitario-fascistas.

La serie va por un rumbo del inconformismo nietzscheano. El espectador entiende por qué El juego del calamar atrapa a los personajes, y ellos desesperan por salir y por qué el juego que les promete salida rápida es una trampa.

 

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