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El mar que me regalas

Acabo de disfrutar de la novela El mar que me regalas de Jorge Rodríguez Gómez, quien no conforme con presidir nuestra Asamblea Nacional y ser jefe de nuestra delegación en las negociaciones con los grupos de ultraderecha de los ricos, nos brinda este retrato del alma venezolana de principios de los años 90. Es un retrato duro y violentamente tierno.

La historia que nos entrega Rodríguez es una exploración en la forma de sentir, primero, y luego en la forma de pensar y asimilar de esa sociedad signada por la desesperanza de quienes habían soñado, habían luchado y habían realizado los sacrificios exigidos desde el poder para supuestamente alcanzar unas condiciones de vida que nunca aparecieron.

Por años había funcionado la fórmula de realizar campañas electorales mediante la denuncia de los evidentes robos y despilfarros, para luego asumir el gobierno con políticas de recortes y austeridad para los pobres. Todos los presidentes recibían la presidencia sentenciando: “Hay que apretarse el cinturón” o alguna formula similar para justificar sus planes de recortar la inversión social y entregar más recursos a los poderes financieros internacionales.

Aunque algunos no lo quieren recordar, esa época de los 80 y 90 era una suerte de olla de presión social de un país marcado por severas injusticias, dirigido por una clase social que solo conocía las urbanizaciones y los centros comerciales de su área de residencia. Para ellos, el resto de Caracas era la autopista que les permitía llegar hasta el aeropuerto.

El país estaba tan mal que los estudiosos sociales asomaban a cada rato la posibilidad de una guerra civil o de un estallido social, que de hecho terminó manifestándose el 27 de febrero de 1989, marcando así el fin de una forma de apropiación de los recursos y el poder de la nación, catalogado por algunos como de apartheid social. La expresión concreta del cambio de época fue la victoria popular obtenida por el comandante Chávez en diciembre de 1998.

Rodríguez nos hace sentir de nuevo la carga de esos años sin salida, pero los retrata en la viva contradicción entre los que sueñan y los que oprimen, sin caer en ningún instante en una historia entre buenos y malos, mientras que logra un ritmo que no disfraza realismo ni ahorra poesía.

Es una historia de nosotros, de nuestros sitios, de nuestra música, de la gente que fuimos hace poco y que seguimos aquí, apostando a la solidaridad, a construir juntos.

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