El mundo sin Redes

Al borde del suicidio. Una huelga de Redes Sociales causaría tal estado de depresión colectiva, que un sector cuantioso de la sociedad pensaría seriamente en la cicuta. Y muchas personas la tomarían.

Las Redes se aproximan a la tarea de suplir la necesidad imperiosa de reestablecer la denominada comunicación primaria, cara a cara, de encuentros íntimos, la que brinda mayores márgenes de libertad para seleccionar de qué y con quién estar y hablar.  

Sobre esa natural condición humana, quienes construyen estos andamiajes tecnológicos desarrollan lenguajes y algoritmos que estimulan y simulan encuentros cercanos de primer tipo, muy orientados a llenar las soledades provocadas por la individualizada masificación de la sociedad de global del consumo y la competencia.  

No obstante, es en el intento por suplir estas necesidades comunicacionales donde las Redes desatan su poder para invadir y desvirtuar los espacios de ocio, en el insaciable empeño por convertirlos en un apetitoso objetivo de altísimo valor comercial, alejados de todo pensamiento reflexivo.

Para las Redes el ocio reflexivo, placentero es el enemigo a vencer. Crear adicción a la pantalla, la tarea. La vorágine de códigos multimedia de múltiples significados impide la estadía gozosa en cualquier paraje crítico. Las Redes son la apoteosis de la Teoría del Vaso de Agua.

La sistemática cascada de signos sustrae entonces para sí misma incluso espacios temporales alejados a este ocio, propios de las actividades laborales. Las Redes son ladronas del tiempo, parodiando al semiólogo Roland Barthes.  

En su libro, El Imperio de la Noticia, el siempre gratamente recordado docente e investigador de la Universidad Central de Venezuela, Héctor Mujica, menciona casos de parálisis de medios masivos de comunicación que revelan las nociones de ocio sobre las cuales descansa la lectura de periódicos.

“Imaginemos ahora este mundo en que vivimos sin diarios, ni revistas, ni semanarios, ni mensuarios, sin radio ni televisión. ¿No sería acaso un mundo extraordinariamente bueno para un suicidio colectivo?”, reflexiona el profesor.

En su disertación, Mujica recuerda a Stöetzel, quien en su texto sobre la función terapéutica de la prensa apunta la recreativa, además de la educativa e informativa.

Este prolegómeno le es útil a Mujica para exponer el estudio realizado por Barnard Berelson, psicólogo social y estudioso de los problemas de la información y comunicación de la Universidad de Columbia.

Berelson aplicó una encuesta para aproximarse a los efectos de la huelga de los distribuidores de diarios ocurrida en Nueva York en 1945. Halló seis funciones de la prensa, una de las cuales señala que el periódico es una tregua, es decir, un factor de reposo, descanso, distracción.

En su trabajo el investigador publicó algunas de las respuestas más significativas: “Cuando leemos, la mente se aparta de las cosas”, dijo un neoyorquino. Otra: “La huelga me dejaba sin nada que hacer fuera de mi trabajo”. Hubo quien respondió: “Me sentía deprimido. No había nada que leer para matar el tiempo”.

Hablamos de los efectos del vacío creado por la prensa escrita en 1945. Hoy, cuando las redes están apropiadas de espacio tiempos significativamente mayores ¿cuáles serían las consecuencias de una parálisis global de esta tecnología?

 

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