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El oficio de periodista

Lea aquí el artículo de Rafael Rodríguez Olmos

El oficio de periodista es tremendamente difícil hoy día. La confusión en la que se encuentra, es más que indescifrable. Está sometido a ataques desde diferentes ángulos; sumado a dos de los problemas más complejos: uno, su moral y su ética, tienen un serio enfrentamiento con la realidad de los ingresos… y cada vez gana más terreno la imagen de un prócer en un pedazo de papel que sirve para comprar y para tratar de sobrevivir. Y dos, los medios de comunicación tienen propietarios a quienes no les importa la verdad, y la justicia, sino el enriquecimiento, lo que pasa por servir a los intereses de los poderosos.

El periodista de mi generación, encontró en su maestro el guía principal de sus inquietudes. De hecho, mi generación vio una materia conocida como Ética y Legislación de Medios. No sé si aún se imparte en las universidades. Lo cierto es que quienes hicimos reporterismo en esos tiempos, siempre nos encontramos con la dura pared de la moral. No había nada más grave que ser censurado por sus propios compañeros, o ser apuntado por algún dedo en caso de estar uno incurso en algún acto de corrupción. Había, por así decirlo, una especie de vergüenza interna que carcomía la conciencia y obstaculizaba el sueño.

Pero ya en el reporterismo de los noventa, comenzaba a masificarse el rebusque y la venta de la conciencia. Los periodistas emprendían el estudio de otra profesión como salida al mal pagado periodismo, o venderse al mejor postor de los dirigentes políticos, o montar empresas de publicidad y “asesoría”, para salir de la crisis.
Por si fuera poco, el periodismo de hoy es más que complicado, comenzando porque los medios de comunicación impreso, son pocos y tienen una acelerada tendencia a desaparecer, o mudarse rápidamente a la virtualidad para no evaporarse. Eso merma el ejercicio y es peor pagado aún.

Y una complicación aún mayor, es la consideración de que las redes sociales son medios de comunicación. Ahora vivimos en un mundo en donde Instagram te hace creer que sabes tomar fotos, Facebook te hace creer que tienes amigos y Twiter que sabes escribir. Allí es donde el periodista se convierte, o en un mercenario o cae en el funambulismo, para sobrevivir. Ya está muerta la ética, solo queda la batalla para tratar de encontrar un ingreso que le permita, no vivir, sino existir.