InicioOpiniónEl sionismo en Nuestra América y la demorada latencia en combatirlo

El sionismo en Nuestra América y la demorada latencia en combatirlo

Lee aquí el artículo de Ramón Medero.

Quizás sea la diáspora palestina y su descendencia, al menos una buena parte de ella, la que mejor percibe las amenazas y los ataques sionistas en Nuestra América. Ese pueblo disperso a lo largo de todo nuestro continente, pero unido en un mismo propósito libertario, así como también los latinoamericanos que más trayectoria poseen en la militancia y el estudio crítico del “Holocausto” que tiene lugar en Palestina, saben de la presencia del enemigo por la pestilencia que este exhala, por las huellas que deja en su deambular macabro por nuestras tierras o porque advierten la marca en la frente de los oportunistas de oficio o progresistas de hojaldre que caminan torpemente dentro del vórtice de lo maligno, creyendo que la urea sionista jamás les salpicará los pies.

Muchas son las agrupaciones, movimientos, colectivos e instituciones en América Latina y el Caribe que están conformados por verdaderos militantes de la causa palestina, una militancia multiétnica y pluricultural, integrada por personas de todas las edades, por intelectuales, artistas, políticos, profesores, profesionales, obreros y campesinos que desean poner fin al sufrimiento palestino.

Estas organizaciones son más numerosas cada año, logran más unidad, engrosan sus filas y establecen más y mejores medios para la difusión de su campaña redentora. Allí vemos descollar a muchos palestinos o sus descendientes; aunque otros tal vez enmudezcan, aletargados por la impotencia, por no vislumbrar un cambio favorable a mediano plazo o simplemente han sido absorbidos por la cultura posmodernista de la impaciencia, la indolencia, el desencanto, la desacralización, la desmitificación y la controversia por afición. Sin embargo, advertimos cómo, a la hora del debate, muchas personas de origen palestino dictan cátedra en Nuestra América y enseñan a los más inexpertos o desinformados en el tema a construir un discurso crítico, bien argumentado y con referencias históricas sobre lo que significa la ocupación del territorio palestino, el genocidio y el apartheid impuesto por los sionistas. A ellos y ellas mi admiración y agradecimiento. Del mismo modo, muchas y muchos, sin que haya sangre palestina o árabe en sus venas, hacen ingentes aportes a esta causa justa a través de sus ideas y obras.

En Venezuela, por ejemplo, considerado un punto estratégico debido a su ubicación geopolítica, se están desarrollando varias acciones modestas, pero significativas. Por un lado, está en ciernes la construcción de la Plataforma de Solidaridad con la Causa Palestina (PSCP), una propuesta del Foro Itinerante de Participación Popular, organización de larga trayectoria y que está a la vanguardia de esa lucha. Esta iniciativa busca alcanzar la unidad programática y la acción conjunta entre más de cuarenta organizaciones de diversa índole, partidos políticos, personalidades, movimientos y colectivos de solidaridad con Palestina.

Por otro lado, parece cobrar fuerza e impulso la Liga Latinoamericana por el Retorno a Palestina que muchas contribuciones tiene en su haber desde que fue fundada en 2015. Hoy día se muestra muy activa al vincularse con varias organizaciones académicas y comunales, entre las que destacan la Universidad Bolivariana de Venezuela, la Casa de la Cultura del Poder Popular 23 de Enero y la Comuna 5 de Marzo Comandante Eterno de la parroquia El Valle, que han ofrecido sus espacios para la realización de foros, cines foros, exposiciones y actividades culturales en solidaridad con Palestina.

En la mayoría de nuestros países hay iguales o mayores organizaciones y movilizaciones, sobre todo donde la población palestina es demográficamente mayor, como es el caso de Chile, Honduras, Colombia y El Salvador; países que, por cierto, son sede de varias organizaciones sionistas con gran actividad proselitista, comercial, política y de inteligencia, aunque también operan en Brasil, Argentina, Venezuela y otros que poseen importantes poblaciones árabes.

No debemos dejar de lado a los creyentes musulmanes de la Escuela Shía, latinoamericanos o residenciados en Nuestra América, así como las embajadas de la República Islámica de Irán destacadas en cada país, que promueven y participan en la conmemoración del Día de Al Quds, el Día de la Nakba y otras efemérides. Todos estos grupos constituyen enclaves estratégicos, puntales de una misma lucha continental contra el sionismo y por el retorno a Palestina de sus legítimos habitantes.

No obstante, algo sucede en Nuestra América que no permite insuflar de manera decisiva el alma de todas y todos respecto al indefectible auxilio que toda la humanidad debe prestarle al pueblo palestino para que sean reestablecidos sus derechos, para que alcance su emancipación, expulse a los opresores fascistas, entierre la ideología sionista, conforme un Estado libre y soberano, recupere los territorios expoliados y retorne toda la diáspora a su heredad, a sus olivos. Este es el horizonte de la dignidad. Pero persiste la demorada latencia en avistar el rastro pegajoso del enemigo y advertir su amenaza. Esto le ocurre a muchos latinoamericanos y caribeños acostumbrados a concebir como algo lejano y ajeno todo aquello que acaece allende el mar, incluso lo que tiene lugar dentro de su propia región, sobre todo si es marcadamente distinto a sus códigos culturales, a sus sistemas de valores y creencias, a sus ideologías y doctrinas. Se nos hace pensar, equivocadamente, que los males de cualquier allá remoto, distinto y extraño jamás tendrán repercusión en nuestro contexto. El pluriverso incomoda el ojo y las realidades parecen quimeras.

Esta falsa y peligrosa sensación de inmunidad ha sido transmitida a través de una especie de Programa para el desarrollo de la estulticia en Las Américas o algo por el estilo, ideado por el cuarto fascismo histórico, el sionismo-yanqui, con el fin de infectarnos de ignorancia y obnubilación masiva hacia el mal ajeno y foráneo, aquel que sufren los otros alládonde sea que estén. Es la insensibilidad globalizada, la propaganda cultural prohegemónica que nos empuja a conocer más de Estados Unidos, Mónaco o España que de nuestras naciones vecinas. Si no, cómo se explica que muchos venezolanos, por ejemplo, sepamos poco o nada de Brasil, no hablemos el idioma portugués o que su cultura se reduzca a una torpe caricatura, esa misma imagen multicolor, erótica y bullanguera que rebota como icosaedro truncado (figura geométrica del balón de fútbol) en la cabeza del turista nórdico promedio. En cambio, en las reuniones familiares, se habla con total propiedad y conocimiento acerca de las cursilerías y extravagancias monárquicas del Reino Unido y Noruega o de las farandulerías de la gran pantalla.

Incluso, este maquinal embeleso por lo fútil cuenta con instrumentos propios que contribuyen a extender esa moratoria de la conciencia. Nos referimos a una especie de Atlas de lo ignorable, de lo invisible, de lo ausente en las noticias, la memoria o el análisis. Porciones de mar y tierra que podríamos hasta delimitar geográficamente dentro de aquellas latitudes mayores a los 30 grados Este y longitudes septentrionales por debajo de los 45 grados Norte, hasta más allá de los 30 grados Sur, en los confines más australes. Se trata de la ignota terra, el incognito mundi, donde se ubica buena parte del Sur Global, cuya realidad se configura en nuestra mente como un arcano, una silueta difusa, espejismos de una hipotética humanidad, donde las almas y los eventos que las mueven se perciben fugaces, leves, insustanciales, y los sufrimientos o alegrías nos llegan como meros ecos, apenas retratados en brevísimas noticias radiales o televisivas.

Desde esta perspectiva de lo extraño, todo es anormal, y lo es aún más si la brújula vira hacia el Este. De modo que esa extrañeza provoca que veamos, sin inmutarnos, el giro que da ante nosotros ese mapamundi de lo descartable. Hemos llegado al confín que la ignorancia infundida ha impuesto a nuestro intelecto y ahora la flácida tolerancia nos agobia. Lo que se ubica más allá de este exiguo horizonte imaginativo es, por tanto, ajeno y distinto, extraño y temible. Si los alfabetos se enrarecen, las consonantes se mal ubican en las sílabas; si la vestimenta, el clima, el credo o las liturgias son demasiado distintas, entonces la imagen de esa realidad se muestra como la nieve o ruido blanco de las frecuencias analógicas de los televisores, incodificable, ilegible, fuera de sintonía.

Pese a ello, si lo ajeno y lejano nos alcanzara tan solo un instante y nos moviera al asombro, esto posibilitaría el deseo de conocimiento, el intelecto. Entonces encontraríamos la llave de ese arcano mundo. Veríamos con más claridad y menos latencia la cola de la sierpe sionista y lloraríamos inconsolables por el dolor palestino, por los niños, las madres y ancianos masacrados casi a diario por el gran genocida impune que es Israel, el cuarto fascismo histórico junto a Estados Unidos. De modo que la tarea es tan grande para nosotros los latinocaribeños que no basta con despertar del letargo inducido, sino que debemos aguzar los reflejos, agavillarnos para el bien y derrotar a un forajido descomunal, acostumbrado a dar zancadas de siete leguas en nuestras tierras.

Puede leerse también en Nuestra América Segundo Paso.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí