Empates imposibles

Con la euforia y la arrogancia de quien descubre el agua tibia, la oposición (o, más bien, sus opinadores más destacados) han emprendido ahora la moda de la acusación desenfrenada y altisonante contra sus líderes más emblemáticos, como si no fuera eso precisamente lo que hemos hecho desde el chavismo desde hace casi un cuarto de siglo, teniéndolos siempre a ellos mismos, a los opinadores opositores, como los encargados de refutar furiosos todo cuanto decíamos acerca de la inequívoca e insalvable inmoralidad de sus inescrupulosos dirigentes.

Rabiaron hasta más no poder defendiendo a crápulas a los que ahora acusan indignadísimos como si hubiesen sido engañados por gente seria y de solvencia irreprochable. Pero su dolor, por supuesto, no es por la inmoralidad (que por lo general suelen compartir con su dirigencia) sino por haber sido “sorprendidos” de manera tan repugnante por quienes hasta ayer mismo idolatraban como si de redentores del mundo se tratara.

Procurando desesperadamente dividir en bandos claramente diferenciados al sector opositor (por miedo a perder todo en una eventual persecución judicial) ya no solo acusan a esa dirigencia de corrupta, sino que además pretenden endilgarles con la mayor lisura la etiqueta de “chavistas”, tratando de expresarles así su desencanto, pero también, y muy fundamentalmente, el odio que hoy les inspiran.

Una peculiar y pueril forma de buscar empatar un juego imposible de empatar, porque cada vez que acusaron a los chavistas de cuantos delitos se les ocurrió, desde corrupción hasta narcoterrorismo, jamás presentaron ni la más mínima prueba de los infundios con los que han querido desprestigiar a la dirigencia revolucionaria.

La diferencia con esta cáfila de delincuentes que es la dirigencia opositora a la que ahora acusan con tanta furia, son las pruebas irrefutables que los señala incursos en delitos de toda índole. Desde las decenas de videos y grabaciones de audio en las que han aparecido siempre negociando comisiones, hasta las incontrovertibles fotos junto a los mandos narcoparamilitares colombianos y la serie de contratos de toda índole cuya autenticidad es corroborada con las rúbricas de sus firmantes.
Pruebas innegables que ellos mismos, los opinadores opositores, presentan.

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