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Entre el quetzal y el fénix

Hay aves que pasan a la historia porque tienen un brillo áureo como si hubiesen sido rociadas de polvo de oro. En la Abya Yala, nombre originario de América, el quetzal es el “dios del aire” y símbolo de la bondad y la luz. En las lenguas ancestrales, quetzal significa sagrado, precioso, erigido. Esta ave solía cantar hermosamente antes de la invasión española y dicen los pueblos que cantará otra vez cuando la tierra esté libre de verdad. En la mitología griega, el fénix es un ave de larga vida que se regenera de las cenizas de su predecesor. La muerte del fénix es un espectáculo de llamas y combustión.

El domingo 27 de marzo de 1977, el Orfeón Universitario de la UCV, cual ave fénix renació de la mano de los maestros Raúl Delgado Estévez y Graciela Gamboa. El Aula Magna acogió a un público que desbordó su aforo para sentir un concierto legendario. Un cuatrista lo acompañaba, el maestro Orlando Gámez Arismendi. Yo tenía 12 años de edad y estaba allí al lado de mi padre. Por primera vez lo vi llorar cuando los loros de Pizani entonaron el Himno Universitario.

La voz plural más conmovedora de la universidad es como el quetzal: en el modelado de la naturaleza su troquel es único. Ese día supe que nuestro mundo de azules boinas tiene un cielo lleno de nubes de Calder; unos besos que van en esos barcos graves que corren por el mar hacia donde no llegan; unas sendas de la tarde de oro y rosa bajo el sol postrero; un rey rubio que cruza el azul con su diadema de oro; un llano que, agazapado como tigre en acecho, caza el enorme sol; una vida llena de crepúsculos que nos hacen llorar porque hay soles que pártense y no vuelven jamás y un mar que, como nuestro orfeón caído en las Azores –en la amarga infinitud de su latir sangriento–, siente el color uniforme del olvido.
El ave fénix es símbolo de esperanza, prudencia, memoria y renacer, es un ave milagrosa que siente la muerte y la prepara con serenidad para después resurgir de sus cenizas incólume y vigorosa.

La tradición indígena recuerda al quetzal en una fértil pradera de Petén. Cuentan que en esta tierra apareció cierto día un enjambre de mariposas que revoloteaban caprichosas entre los rayos del sol y al acorde de la música de los pájaros. Fatigadas abatieron su vuelo, se posaron en el lugar más pintoresco y florido, y desaparecieron. Allí, en el mismo sitio, surgió un árbol soberbio, de un raro y atrayente encanto. Y allá, en lo más alto de su copa opulenta, apareció, para coronar su esplendor, el quetzal, como si fuera hecho de las alas de las mariposas desaparecidas. ¿Serán las mismas mariposas amarillas de Mauricio Babilonia o serán aquellas que salen a gozar de la mañana?

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